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Las alas del ángel

Foto: Carola Melguizo | The Objective

Afirma una estadística realizada en 2016 que un tercio de los británicos cree en la existencia de los ángeles. No sé cómo andará la cosa entre los españoles. El cómico escocés Billy Connolly habla en sus shows de un ángel de la guarda que le ayuda a aparcar el coche, algo que sostenía, con más veras que bromas, un exministro español. Así y todo, su presencia no es tan evidente para otros, que nos limitamos a desaprobar su incomparecencia igual que solo advertimos de las tuberías cuando fallan.

Leyendo Angels, de Peter Stanford (Hodder), no deja uno de toparse con figuras colosales, titánicas, esplendorosas (no es casualidad que Dante usara esa palabra en su Paraíso: splendori significa “espíritus brillantes”). Mis favoritos son Miguel, “comandante del ejército de Dios” en el libro de Josué, aparecido en un sueño visionario del emperador Constantino, que reconoció su figura en un templo pagano del Bósforo y allí mismo le consagró una iglesia; Ridwan, custodio del cielo islámico y a quien los fieles dirigen oraciones para franquear el portón dorado tras el que se oculta la estancia postrera del Hannoh; y Yeiazel, uno de los 72 ángeles de la Cábala según el Zohar, bajo cuya batuta entonan sus himnos los coros celestiales.

El mitólogo Joseph Campbell señaló las semejanzas entre todos ellos. Del Libro de Isaías al Libro de Mormón, pasando por El Paraíso perdido o las Canciones de inocencia y experiencia, sus rostros mutan mil veces sin dejar de ser los mismos. ¿Acaso el ángel de cara ardiente que veía Santa Teresa era el mismo que Muhammad observase la Noche del Destino en una cueva del monte Hira o San Francisco de Asís en una corvadura de La Verna? ¿Eran los ángeles con que John Dee, consejero de la reina Isabel, trató de comunicarse durante tres décadas aquellos que William Blake observaba en los árboles del sur de Londres?

No hay respuesta posible. Tampoco sabemos si fue atendida la angustiada interpelación de Rilke, contenida en la primera elegía de Duino, que rezaba: “¿quién, si yo gritara, me oiría entre las jerarquías de los ángeles?”. En caso afirmativo, es fácil imaginar al compasivo Bruno Ganz de El cielo sobre Berlín posando una mano sobre su hombro. Puede que tuvieran las hechuras del viejo Clarence en Qué bello es vivir aquellos seres celestes que condujeron a su vocación a San Anselmo de Siena o a San Sabino de Asís (escribió Silvia Castellanos que, para crear un santo hacen falta calambures y palabrejas; aliteraciones, también). Quizá sean pensativos como los querubines de Rafael, alegres como los putti que coruscan en torno a la Venus de Botticelli o vulnerables y piadosos como los que derraman lágrimas en la Lamentación de Giotto. Pero de la Victoria de Samotracia al Angelus Novus, pasando por la escandalosa hierogasmia del angelo incarnato de Leonardo o el rejoneador que alancea a Santa Teresa en la estatua de Bernini, una cosa queda clara: no es tanto que conozcamos a los ángeles por la historia del arte, sino que no habría historia del arte, tal y como la conocemos, sin ángeles.

Para Henri Corbin, el mundo occidental perdió a sus ángeles cuando el mecanicismo cartesiano nos escindió en cuerpo y mente, condenándonos a vivir sin rumbo, “en el vagabundeo y la perdición”. De su fascinante epopeya espiritual, más cercana a Jung o a Swedemborg que a la ortodoxia islámica, da cuenta el extraordinario libro de Tom Cheetam El mundo como icono (Atalanta). Siendo todavía un estudiante enfermizo creyó encontrar en la fe de los sufíes y los ismailíes el punto de contacto entre cosmología y angeología. Hasta entonces había buscado en los Upanishads y en Fray Luis lo que los grandes sistemas filosóficos no podían ofrecerle. Después de conocer en la Sorbona al erudito tomista Etienne Gilson emprendió un camino tortuoso, bajo la advocación de Ibn Arabi, que lo llevó a extraviarse por las trochas y las veredas del espíritu en más de una ocasión. Abrigaba la certidumbre de que ningún tipo de comprensión racional lo sacaría de su encrucijada, sino solo una suerte de metanoia que llamó ta’wil. El aleteo del ángel no sería sino una especie de epojé fenomenológica: el momento en que cae el telón y observamos lo que permanecía oculto. Pero, hasta que eso ocurre, no queda sino mantenerse errante, exiliado y al borde del caos. Así es la suerte del místico. La del resto de los mortales no es muy diferente. La liebre, a este respecto, siempre corre más que los lebreles.

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