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Nuestra Señora de la Lectura Lenta

Foto: Wikimedia Commons | Wikimedia

En una clase de ESO el profesor ha abierto las puertas del infierno y ha invitado a un grupo de adolescentes a adentrarse en lo inesperado. Si la ortodoxia pedagógica intenta rebajar la cultura al nivel del alumno, este profesor subversivo —arquitecto de formación— anima a sus alumnos (que, según el lenguaje pedagógicamente correcto, siguen una diversificación curricular) a ponerse de puntillas, para ver todo aquello que no es grande por estar cerca de nuestras narices, sino porque nos hace grandes. Los retó a leer una adaptación en prosa del viaje de Dante por el Infierno, ascendiendo así a una de las cumbres de la imaginación occidental. El camino no fue siempre cómodo, pero la perspectiva que conquistaron desde la cima, compensó sobradamente su esfuerzo.

Ahora que se nos anima tanto a salir de nuestra zona de confort, ¿por qué nutrimos a nuestros alumnos con un monorégimen de lecturas confortables?

Los cristianos hemos mostrado gran interés por poblar el infierno de hipérboles y truculencias, mientras que el cielo nos ha quedado minimalista y funcional. Tanto es así, que el habitualmente ecuánime Tomás de Aquino, decidió abrir de par en par las ventanas que dan al patio trasero del cielo para que los bienaventurados puedan disfrutar ocasionalmente del espectáculo del “sufrimiento de los malditos”. Al asomarse al alféizar que da al averno, lo que más impresionó a los adolescentes fue el fragmento del Canto III de la Divina comedia, aquel en el que Dante se venga de los indiferentes, que son los que se mueven ambiguamente entre el bien y el mal cuidando de no manchase las manos ni con compromisos, ni con ideas propias. Tienen vedado el acceso tanto al cielo como al infierno, así que corren atolondrados y desnudos en pos de una bandera blanca sin escudo, en tierra de nadie.

“El texto es tan universal —me confiesa el profesor— que llega a tocar a los alumnos. Reconocen que las palabras de Dante pueden explicar su experiencia, contienen algo relacionado con su vida. No son palabras muertas. Tienen vida y sentido, les hablan a ellos. Viven la experiencia de encontrarse con una gran obra del pasado que, por ser grande, no caduca. Dante habla de problemas propios de la condición humana, de nosotros. Nos ayuda a entendemos mejor a nosotros mismos. Ilumina lo que somos. Ha habido capítulos más difíciles, pero hay que transitar por esa dificultad para entender que no hemos sido creados para vivir como brutos, sino para seguir la virtud y el conocimiento. Estamos hechos para conocer. Y el conocimiento siempre es una experiencia afectiva. Ver a un alumno con dificultades de aprendizaje disfrutar del conocimiento es presenciar algo sagrado, es presenciar el corazón de la educación. Gracias a una obra aparentemente complicada, siempre cogidos de la mano, han podido salir de la selva oscura”.

El profesor se llama Michele Fumagalli. Trabaja en un centro educativo cerca de Vic, y está a punto de publicar en Plataforma un libro titulado Silencio, se enseña.

Poco antes de enviar este artículo, me llega un correo de B, una querida amiga parisina que, conociendo mi devoción por Nuestra Señora de la Lectura Lenta, me llama la atención sobre la Anunciación más extraña que nunca se haya pintado, una pequeña tela de Tiépolo del Palacio de los duques de Villahermosa, en Pedrola. Philippe Sollers le dedica un suspicaz comentario en su Dictionnaire amoureux de Venise. B. concluye su mail citando a Ezra Pound: “Debemos leer para acrecentar nuestro poder. Todo lector debiera ser un hombre intensamente vivo. Y el libro, una esfera de luz entre sus manos”.

No existe —aún— la advocación de Nuestra Señora de la Lectura Lenta, pero estoy en ello. En mi opinión, la riquísima iconografía de María leyendo nos ofrece un mensaje que eleva la lectura a la dignidad del sacramento: “Leed, porque mediante la lectura, el verbo se hace carne”.

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