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Obsolescencia programada o la muerte lenta de la enseñanza pública

"Que parezca un accidente lo que no es sino la decisión planificada, buscada y deliberada de matar la enseñanza pública sin que se note"

Foto: Feliphe Schiarolli | Unsplash

10 de noviembre de 2019, día de las elecciones, en torno a mediodía. A esas horas, yo ya he votado. Soy de los madrugadores convencidos de hacer del voto mañanero un servicio público, en la medida en que contribuye a elevar los datos del avance de participación que a las 12 ofrecerá el Ministerio del Interior.

Acompaño a mi pareja a votar. Su colegio electoral está en un instituto de secundaria situado en pleno centro de Madrid. Colas discretas en el exterior del edificio, ambiente distendido y ganas de culminar el ejercicio del derecho de sufragio con el vermut de la una si encontramos sitio por los bares del barrio.

Entramos en el centro con la liturgia que exige el día. Convenientemente identificada sección y mesa en los listados de calles y apellidos, avanzamos por pasillos y aulas, mientras se apodera de mí la desconcertante sensación de lo familiar. Tenga o no algo que ver la magdalena de Proust en ese instante, el caso es que a la regresión que experimento, y que me transporta a mi propia infancia, la sucede una reflexión que me acompaña desde hace una semana y pico. Algo no cuadra si un centro de educación secundaria del año 2019 le resulta tan reconocible a alguien que terminó la EGB a comienzos de los 90.

No tengo críos y soy de los que se deja caer por los colegios cuando toca ir a votar en elecciones. No estoy, por tanto, familiarizado con cuestiones escolares más allá de lo que me cuentan amigos y conocidos que se ganan la vida en estos menesteres.

Por eso me desconcierta la obsolescencia de las aulas por las que voy deambulando con curiosidad mientras mi pareja va sorteando trabas hasta llegar a las urnas blanca y salmón, situadas sobre un pupitre verde-manzana que parece llevar ahí desde que Javier Solana fuera ministro.

El deterioro se percibe en un cúmulo de pequeños detalles.

En los rodapiés caídos y no reemplazados. En las ventanas enmohecidas. En las humedades y en los desconchados de la pared, cubierta por un gotelé amarillento cuyo rugoso tacto percibo en la esquina de mi frente, según se va a la sien, y que guarda la memoria de coscorrones de la infancia. Se aprecia en los oxidados pomos sueltos de puertas de madera tan fina como el cartón, de esas que uno podría atravesar con facilidad a poco que se lo proponga. Es fácil intuir que el edificio tenga por sistema de calefacción una ineficiente caldera de gasoil. Y en la sala de juntas de los profesores, mesa de reuniones, estanterías y sillas se ofrecen a la vista como retales depositados por aluvión desde recónditos negociados dispersos de la administración, que alguien ha ido acumulando con desgana. No sé si este breve catálogo de pequeñas miserias estéticas será lo suficientemente indicativo de algo más profundo. Para mí, sin duda lo es.

Este colegio está en pleno centro de la capital del país, no en un barrio deprimido, aunque ello en modo alguno sería excusa. Está en el corazón mismo de una ciudad que presume de concentrar un alto porcentaje de la riqueza que cada año se genera en España. Es un edificio antiguo, seguramente catalogado con algún grado de protección cultural. Pero ello no es excusa para que la dejadez, con la que algunas administraciones maltratan lo público, sea tan escandalosamente obvia.

Cuando una infraestructura educativa se nos hace reconocible con tres décadas de distancia, hay algo más que lento e imparable deterioro. Hay algo más que mera imprudencia o ineficiencia en la asignación de recursos: hay intencionalidad, dolo, como se dice en derecho. Desidia inducida, decadencia material para que lo público, especialmente en la educación, se convierta en un sistema subsidiario para clases bajas y pobres; casi de beneficencia para salvar la cara al tenor de la letra –que no al espíritu– del artículo 28 de la Constitución garante de este derecho fundamental.

Recuerdo a todos los amigos maestros y profesores que, entregados a la causa de la enseñanza pública, batallan cada día contra administraciones como la Comunidad de Madrid y su modelo de obsolescencia dolosa y programada en la educación pública. Ellas y ellos son el auténtico factor diferencial. El último bastión para la defensa de un sistema público que algunos han decidido liquidar lentamente mientras invocan con fines arteros la palabra “libertad”. Sin hacer mucho ruido en la batalla del relato.

El rodapié caído y nunca reemplazado; la ineficiente caldera de gasoil; las humedades en las paredes; los vetustos pupitres y el gotelé amarillento. Que parezca un accidente lo que no es sino la decisión planificada, buscada y deliberada de matar la enseñanza pública sin que se note. Pura obsolescencia programada.

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