Pedro Sánchez se inventó el mito del Peugeot para ocultar un Mercedes de 70.000 euros
THE OBJECTIVE publica un capítulo del libro ‘Todos los hombres de Sánchez’, que sale a la venta el 29 de abril

El Mercedes GLC Coupé de Juanma Serrano. | TO
La verdadera historia de Pedro Sánchez no es como se ha contado, empezando por el emblemático recorrido por España de «los cuatro del Peugeot»: el propio Sánchez, José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Koldo García. Esa historia es falsa: el vehículo con el que Sánchez viajaba por España para reconquistar a la militancia del PSOE ni era un Peugeot, ni era suyo, ni iban montadas en él esas otras tres personas.
El sobrenombre del «clan del Peugeot» surgió a raíz de unas fotografías publicadas por El Mundo del vehículo que habían compartido los cuatro para desplazarse desde Milagro (Navarra), el pueblo de Santos Cerdán, a Aldeanueva de Ebro (La Rioja), donde iban a participar en un acto. Lo cierto es que la coincidencia de los cuatro fue una rareza en una campaña en la cual esos pseudobarones del PSOE se repartían los territorios mientras Sánchez viajaba por toda España. Además, ese Peugeot 407 negro era el que utilizaba su mujer, Begoña Gómez, para llevar a sus hijas, Carlota y Ainhoa, al colegio y al resto de sus actividades diarias en Madrid, mientras su esposo iba de federación en federación en la carrera por la secretaría general del PSOE, desde finales de 2016 hasta mayo de 2017.
Ese desplazamiento puntual —Sánchez había pasado el fin de semana en una casa rural con su familia y la de Ábalos— se convirtió en categoría por el impacto mediático de unas imágenes que un fotoperiodista ofreció a varios medios de comunicación al percatarse de su trascendencia tras el estallido del caso Koldo. Se trata del tipo de materiales que se «venden» en los medios y que, a veces, distorsionan una parte de la realidad.
Y la realidad era que ese Peugeot 407 sólo se usó «en un par de ocasiones» para actos del partido, los dos para empezar su carrera hacia las primarias. La primera fue en diciembre de 2013, cuando Sánchez acudió al llamado «kilómetro cero del sanchismo»: Don Benito, en la provincia de Badajoz. Fue invitado por el alcalde, José Luis Quintana, a quien había conocido un mes antes en una conferencia política celebrada en aquellas mismas tierras. «Allí empezó todo», explica su círculo próximo, y allí acudió Sánchez en el coche familiar, el Peugeot negro que, como todo lo que rodea al presidente del Gobierno y líder del PSOE, obedecía más al marketing que a la realidad.
Fue poco después de ese viaje cuando Sánchez empezó a reunirse con determinados perfiles del PSOE para anunciarles su voluntad de concurrir a las primarias contra Eduardo Madina, «el favorito», y José Antonio Pérez Tapias, el líder de la corriente Izquierda Socialista. Sánchez era entonces «el candidato de la derecha», tal como se vendía él mismo en los encuentros privados que mantenía con los medios de comunicación de todo el espectro ideológico.
Una de las primeras reuniones la mantuvo con Juan Manuel Serrano, entonces trabajador de la Federación de Municipios y Provincias (FEMP) y su pareja, Isaura Leal, veterana socialista del extinto Partido Socialista de Madrid (PSM). Sánchez los conocía por su etapa de concejal en el Ayuntamiento de Madrid (2004-2009). Por aquel entonces, el consistorio estaba aún en la Plaza de la Villa, y la FEMP, justo al lado, en la calle Nuncio número 8. Coincidían en los restaurantes durante la comida, y también en Ferraz, ya que ambos estaban vinculados a la Secretaría de Política Municipal. Pedro Sánchez ya integraba el grupo de los llamados «chicos de Blanco», junto con Óscar López y Antonio Hernando, que trabajaba en Ferraz a las órdenes del entonces secretario de Organización, José Blanco.
Paradójicamente, Sánchez era «el patito feo de los tres, el que siempre se quedaba fuera», y el que «tenía una dependencia emocional de los otros dos», sostienen quienes lo conocen bien. Sus coetáneos del partido afirman que «de los tres amigos, el que tiene de verdad talento para la política es Antonio, pero tiene un grandísimo problema que le impide llegar a ningún sitio: que es el más acojonado de los tres. Sin duda, el más determinado, el que tiene un objetivo, lo sigue y lo consigue, es Pedro, más que ninguno. E, igualmente, también es el más cabrón».
En el 35.º Congreso, celebrado en Sevilla, donde Alfredo Pérez Rubalcaba ganó a Carme Chacón por 22 votos, Óscar López se convirtió en secretario de Organización; Antonio Hernando, en secretario de Política Autonómica de Ferraz; y Pedro Sánchez se quedó fuera. Se quebró, hasta el punto de adelantar su vuelta a Madrid el mismo sábado en que se quedó en la calle, sin esperar a la clausura del domingo. Sus amigos de entonces aseguran que «volvió hecho polvo» y que «llegó a la convicción de que, o va a por todas, o se queda sin nada».
Apenas dos años después de ese congreso en Sevilla, Sánchez se estrenó como candidato a las primarias para secretario general del PSOE contra el pupilo de Rubalcaba, Eduardo Madina, tras sondear a perfiles como Juanma Serrano e Isaura Leal: «He pensado que tengo una oportunidad. No tengo nada que perder. Puedo dar el paso». Era diputado en el Congreso desde enero, pero sabía lo que era verse con una mano delante y otra detrás. En dos ocasiones —2008 y 2011— se quedó sin escaño en la Cámara Baja, aunque acabaría entrando más tarde por la renuncia al acta de Pedro Solbes, primero, y Cristina Narbona, después. A Serrano y a Leal, militantes de la federación madrileña, Sánchez les parecía un temerario, pero con la determinación suficiente para luchar por sus opciones.
—¿Tú estás dispuesto a llegar hasta el final? —le preguntó Juanma Serrano, a lo que Sánchez asintió con convicción.
Desde aquel momento, Serrano se convirtió en su mano derecha. Ese apoyo fue clave porque, gracias a la influencia de Isaura Leal en el PSOE madrileño y en el Congreso, pudieron establecer una infraestructura y un equipo para su campaña. También porque el coche utilizado desde entonces para visitar a las agrupaciones grandes, pequeñas y mediopensionistas fue el Mercedes blanco clase C de Juanma Serrano; una berlina recién estrenada que casaba poco con la imagen del «candidato de las bases». Eran conscientes de que no podían «llegar con un Mercedes a las casas del pueblo», así que el modus operandi era el siguiente: Serrano aparcaba a 300 metros de la agrupación y Sánchez hacía su entrada triunfal a pie, frente a las bases. Una imagen fresca, auténtica, que nadie relacionaba con el Mercedes aparcado a la vuelta de la esquina.
Hasta la victoria de Sánchez en las primarias de julio de 2014, los únicos pasajeros de ese coche fueron Juanma Serrano, Maritcha Ruiz Mateos —amiga de Sánchez desde las Juventudes Socialistas y su futura directora de Comunicación— y el propio Sánchez. Más tarde, tras la celebración del Congreso Federal en agosto, se incorporó Verónica Fumanal, experta en comunicación política y promotora de una campaña de «humanización» para el secretario general del PSOE. Fue ella la ideóloga de su entrada en determinados programas televisivos vedados hasta entonces a los dirigentes políticos, como Sálvame o el programa de Jesús Calleja, Planeta Calleja.
Por tanto, la verdadera historia del Peugeot es que en realidad era un Mercedes. Dos Mercedes, para ser exactos, porque era un vehículo supeditado al Plan Alternative, un servicio de renting de la casa alemana que obligaba a cambiar de utilitario a los tres años. El plazo que tenía Serrano para adquirir un nuevo vehículo expiraba en octubre de 2016. ¿Qué había ocurrido por aquel entonces? Nada más y nada menos que la deposición del secretario general, Pedro Sánchez, por parte del Comité Federal del PSOE celebrado el día 1 de aquel mismo octubre. Fue por esas fechas cuando Juanma Serrano sustituyó la berlina clase C color blanco por un Mercedes GLC Coupé de color negro, cuyo precio de venta al público oscilaba entre los 63.000 y los 77.000 euros, y cuya fotografía inédita logré a una semana de entregar este libro. Su propietario, Juanma Serrano, se decidió por ese vehículo tras ver un anuncio de televisión donde el chef Dabiz Muñoz comparaba el emblema de Mercedes con una estrella Michelin y explicaba la importancia implícita de dicha estrella: «Significa que has arriesgado, que eres ambicioso, que siempre quieres más». Una definición perfecta para Pedro Sánchez.
Fue ese coche, y no otro, en el que recorrió los 10.000 kilómetros de la campaña de primarias por toda España. A esa leyenda contribuyó la épica en torno al «candidato de la militancia», alimentada por el propio Sánchez al posar con su coche familiar ante las cámaras para sus entrevistas durante la campaña o las redes sociales. Por ejemplo, Sánchez subió a su perfil de Facebook un selfi protagonizado por el Peugeot, donde él aparecía a un lado, con la joven dirigente Adriana Lastra. Fue la segunda vez que Sánchez usó públicamente el Peugeot, tres años después de la primera.

El «cambio de coche» tuvo lugar mientras Sánchez se encontraba en San Francisco (California), una semana después de su dimisión como secretario general, tras un dantesco Comité Federal que puso el colofón a una semana de forcejeo entre los «pedristas» y los «susanistas», que apoyaban a Susana Díaz, expresidenta de la Junta de Andalucía. El telón de fondo de la batalla fue el «No es no», la negativa de Sánchez a abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy y su voluntad de entablar negociaciones con Podemos y los independentistas. Los críticos internos del PSOE empezaron a organizarse, a forzar renuncias y a lograr que, en la misma semana del Comité Federal, prosperara la llamada «vía Óscar López» —porque se utilizó contra él en Castilla y León—: la dimisión de la mitad más uno de la Ejecutiva, lo que, hasta ese momento, implicaba la pérdida de confianza hacia el líder del partido y, por tanto, su inevitable dimisión, así como la ilegitimidad de un órgano de dirección que ya no era el resultante del último congreso federal. Sin embargo, Sánchez se negó a dimitir, e invocó un artículo de los estatutos internos que le permitía forzar el debate en el máximo órgano entre congresos: el Comité Federal.
El 1 de octubre fue una hecatombe dentro del PSOE. El llamado «Comité Federal de Puerto Hurraco» se convirtió en una «orgía de sangre» que se prolongó más de 12 horas, durante las cuales se intentó forzar una «moción de censura» contra el líder del PSOE votando a mano alzada su destitución. La comparación con Puerto Hurraco, popularizada entre los periodistas del PSOE, se debe al entonces secretario de Organización, César Luena, en honor a Guillermo Fernández Vara, médico forense de profesión, que intervino en las diligencias posteriores a la matanza en Puerto Hurraco (Badajoz) entre dos familias rivales en agosto de 1990. A raíz de la integración de Vara en el sector crítico y su abandono de Sánchez, surgió de la lengua viperina de Luena la siguiente broma: «Otro Puerto Hurraco y, como siempre, implicado Guillermo» porque «estaba con los malos».
