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Jose Maria Inigo

¿Hasta cuando?

Una vez más los medios de comunicación, todos, prensa, radio y televisión vuelven a hablarnos de los nuevos intentos de saltar la valla de Melilla. La misma imagen de siempre.

Opinión
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Una vez más los medios de comunicación, todos, prensa, radio y televisión vuelven a hablarnos de los nuevos intentos de saltar la valla de Melilla. La misma imagen de siempre.

Una vez más los medios de comunicación, todos, prensa, radio y televisión vuelven a hablarnos de los nuevos intentos de saltar la valla de Melilla. La misma imagen de siempre. Esos pobres desgraciados encaramados al muro de acero tratando de poder saltar engañando a los policías españoles y tocar el “paraíso”. Su camino hasta la valla ha sido, en la mayoría de los casos, un auténtico infierno, desde los países de origen hasta la España africana. Algunos incluso han muerto en el camino. Solo los más fuertes sobreviven en esta guerra contra las circunstancias.
A las puertas de la ciudad española, a pocos metros de su destino, esperan el momento más propicio para iniciar el asalto. Creen que en España les irá mejor que hasta ahora. Atrás han quedado las familias que esperan recibir, cuando logren un trabajo, algunos dineros para sobrevivir.

La espera suele ser larga. La valla y la policía española no ponen las cosas fáciles. Y esta es la situación. Ellos quieren pasar y nosotros, España, no les debe permitir que lo hagan, siguiendo la ley en vigor. Y mientras, eso que se llama Europa, el parlamento europeo, nos deja solos con la responsabilidad de cuidar y proteger la frontera de África con España. Como si fuera asunto solo nuestro y no de todos, teniendo en cuenta de que cualquiera que salte la valla con éxito, puede estar en cualquier país europeo en cuestión de horas, sin documentación, sin dinero, sin nada, con la pena de una vida destrozada solo por haber nacido en el lugar equivocado.

La solución, dicen, está en el origen de estos ciudadanos encaramados en la valla, no en Europa. Pero Europa no hace nada por solucionar el problema. Y mientras España se queda con el marrón, y los propios policías que se las ven y se la desean para cumplir con su deber, aun a sabiendas de que hagan lo que hagan y como lo hagan, recibirán el reproche de la opinión pública que se compadece de esa pobre gente que besa el suelo y da gracias a su dios cuando toca tierra española.

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