THE OBJECTIVE
Andrea Mármol

Ficciones que nos hicieron adultos

«Lo trágico es que existan la esclavitud, el racismo o la homofobia, no que los genios que hacen arte y literatura la retraten para ayudarnos a comprender la maldad que hay en el mundo»

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Ficciones que nos hicieron adultos

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Pertenezco a una generación afortunada y la aseveración no es un acto de soberbia sino de absoluta humildad. Nuestras dificultades han sido, en general, menores a las de nuestros padres y estas a la vez menores a las de nuestros abuelos. Si, en todo caso, para alguien no ha sido así, es más fácil comprobar nuestra suerte colectiva no en base a las adversidades sino a lo opuesto: gozamos de una libertad que no hemos tenido que conquistar y prácticamente solo a través de testimonios de terceros, lecturas o ficciones nos hemos asomado a ese mundo con derechos civiles diezmados.

Me explico. La primera vez que topé con la palabra censura no pudo ser menos épica ni digna de ser relatada: el libro de texto de Literatura Castellana de primero de secundaria ilustraba ejemplos de la censura durante el franquismo en el cine. Aparecían un par de carteles protagonizados por mujeres a las que el filtro censor les subía el escote y les deshacía la raja de una falda. De pronto aquella silueta que se adivinaba parecía mucho más desafiante que cualquiera de los infinitos desnudos que a nuestros doce años habíamos visto ya en decenas de películas junto a nuestros padres o en casa de algún amigo. Como tantas otras cosas, la censura moralista nos llegaba de oídas y quizás de ahí nuestra incapacidad como generación para apercibirla con toda su gravedad ahora que amenaza con volvernos a incordiar.

Otro ejemplo menos conocido es la canción Fiesta de Joan Manuel Serrat: todavía hoy, en plataformas musicales, aparece con el título oficial la versión censurada y para acceder a la original hay que especificar: «sin censura». El régimen censuró las banderas ‘lilas, rojas y amarillas’ que evocaban a la tricolor, sustituyó ‘magrear’ -gracioso verbo- por ‘abrazar’ y fulminó el ejercicio de la prostitución de la letra. También quisieron esconder que «gentes de cien mil raleas comparten su mujer y su pan». Esto último seguramente hoy sería objeto de censura y reprobación por otros puritanos que sin lugar a dudas encontrarían otras nuevas y buenas intenciones mejor fundadas para acabar aniquilando la obra con un resultado similar al que consiguió la censura de los setenta en una canción a la que quita su gracia.

Ayer murió, a los 104 años, Olivia de Hallivand, la gran estrella del Hollywood clásico que nos quedaba tras la pérdida de Kirk Douglas este mismo año. Recordada, entre otras muchas cosas, en los obituarios como participante destacada en la famosa Lo que el viento se llevó (1939), el presente la despide con plataformas multinacionales eliminando el film de la parrilla, o bien alertando al espectador de la inconveniencia del mismo: «Niega los horrores de la esclavitud». La actriz que interpretó a la criada de la protagonista fue la primera mujer afroamericana galardonada con un Oscar, pero para ello parece que no cabe nota aclaratoria previa, por lo que la censura es doble: no solo se dificulta el acceso a una obra maestra del cine sino que se obvia cómo contribuyó la empresa cinematográfica a normalizar situaciones hasta la fecha inconcebibles.

Ridículo. Patético. De chiste. Existe la tentación de despachar con una risotada la nueva inquisición sobre las ficciones que nos han ayudado a conocer y comprender el mundo, pero precisamente por la utilidad de estas es por lo que deberían asustarnos y mucho estos tics autoritarios. Si Lo que el viento se llevó niega la esclavitud, cualquier novela respetable niega la dignidad o la bondad humana una media de cinco veces por capítulo. Cualquier pretexto moralista es suficiente para fulminar una escena de ficción no paritaria, denigrante o sencillamente inmoral. No quedará una página escrita cuyo contenido no pueda ofender a nadie. Parece como si los censores, a falta de una realidad verdaderamente cruda ante la que rebelarse, tomaran la ficción como escaparate de revancha. La literatura y el cine no son telediarios. Las palabras y acciones de sus personajes no tienen la misión de cambiar el mundo sino de ayudar al espectador a comprenderlo.

A nuestra generación no se nos puede seguir malcriando. No nos hagan creer que detectar estereotipos en la ficción equipara nuestra tarea histórica como sociedad a la lucha por derechos civiles básicos que ganaron nuestros padres y abuelos. Lo trágico es que existan la esclavitud, el racismo o la homofobia, no que los genios que hacen arte y literatura la retraten para ayudarnos a comprender la maldad que hay en el mundo. La maldad humana, los errores y la barbarie deben ser reconocibles a través de la ficción para poder enfrentarlos en la realidad. El recorrido de la venda en los ojos no solo es escaso sino frustrante. Intenten, si no, educar a un hijo haciéndole creer que un abrazo y un magreo son equivalentes. Suerte. «»

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