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José María Albert de Paco

La diana móvil

«Destituida Cayetana, el escalafón de la radicalidad experimentará en breve un deslizamiento, y los redactores de política, con independencia de si el diario es socialdemócrata o no, redoblarán sus invectivas contra Isabel Díaz Ayuso».

Opinión

La diana móvil
QUIQUE GARCIA EFE

Destituida Cayetana, el escalafón de la radicalidad experimentará en breve un deslizamiento, y los redactores de política, con independencia de si el diario es socialdemócrata o no, redoblarán sus invectivas contra Isabel Díaz Ayuso. No en vano, se trata de la dirigente del PP que está haciendo valer el discurso más orgullosamente desinhibido contra el mainstream izquierdista, que en España se articula en torno al intento de desvertebración del pacto constitucional. Por de pronto, su determinación le podría valer una moción de censura, tal como acaba de anunciar el Delegado del Gobierno en Madrid, que no hace ni tres días consintió una manifestación chamánica en el centro de la ciudad. ¡Así se ejerce la moderación! He dicho ‘los redactores’ porque en la prensa se produce un fenómeno que desbarata el corpus del periodismo, de suerte que mientras que los Bustos y Latorres pesan las palabras hasta lo infinitesimal, los Junqueras y Lamets no tienen el menor reparo a la de cortar las noticias con «giros al centro», «triunfos de la moderación» y otras estricninas.

Paradójicamente, tampoco Pablo Casado está a salvo de que le endilguen, más pronto que tarde, el escapulario de derechista feroz, pues a poco que franquee el umbral de lo que La Sexta considera admisible, será acusado de «recuperar su perfil más intransigente», «volver a las andadas» o «acercarse a Vox». Los titulares que jalonan la trayectoria del conservadurismo operan a modo de módulos prefabricados desde que El País alumbró en 2001 el seminal «el PP se queda solo», acechando el realismo mágico, puramente sinestésico, de una soledad de 10 millones de votantes. Por lo demás, José Luis Martínez-Almeida, al que sigo con atención desde que Emilia Landaluce empezó a ensalzar como azote del carmenismo, no debe de ignorar que su popularidad (merecida, en cualquier caso) obedece fundamentalmente al plácet que le ha otorgado la biempensancia, siempre necesitada de un Gallardón al que poner como ejemplo de político ejemplar al que, eso sí, «no votaría nunca», según ese paternalismo que osa arrogarse la elección de que lo que conviene, o no, al votante popular. Que esos salvoconductos los extiendan gentes que no aspiran sino a desmantelar lo que llaman el régimen del 78 da la medida del atolladero en que se halla España.

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