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María Jesús Espinosa de los Monteros

Agosto con Fassbinder

«El dolor, en Fassbinder, siempre es una vena que conecta casi fatalmente el pasado y el presente de los seres humanos»

Opinión

Agosto con Fassbinder
AP

He pasado buena parte del agosto repasando la obra de Rainer Werner Fassbinder, director del Nuevo Cine Alemán sin el que no podría comprenderse, entre otros, el cine de Pedro Almodóvar. Su personal y riquísima obra se vertebra, fundamentalmente, a través de las coordenadas que ofrece el melodrama. Muchas veces, los alcances de un gran film llegan hasta otros grandes films. La íntima influencia de Un año con trece lunas en obras – por ejemplo- como La ley del deseo o Todo sobre mi madre es definitiva. No sólo en su argumento similar, también en una propuesta estética singularísima. No en vano, tanto Fassbinder como Almodóvar tampoco tendrían sentido sin Douglas Sirk, cuyas películas fueron una enorme fuente de inspiración para ambos.

Un año con trece lunas es una de las primeras películas que aborda la transexualidad desde la sordidez absoluta pero también desde una dolorosa contemporaneidad, fijando algunos de los obstáculos y luchas que hoy siguen vigentes. La película, estrenada en la década de los setenta presentaba a una mujer transexual que tenía una hija de un anterior matrimonio y que sobrevivía como prostituta, adicta a la pasión que vivía con Anton, su chulo. Toda la obra puede entenderse como una maquinaria destructiva del amor, como un cúmulo de las miserias individuales explotadas en la confrontación con el otro.

La obra es rica en elipsis y todo aquello que no vemos en pantalla es lo que sujeta la trama: la relación turbulenta entre Elvira y Anton, su amante; el pasado y origen de Elvira que desvela la monja en la escena mítica del convento; los motivos por los que un hombre se ahorca en una oficina; la fascinante escena del matadero que bien puede entenderse como una metáfora de lo que sufrirá su propia carne si, finalmente, decide operarse los genitales. El dolor, en Fassbinder, siempre es una vena que conecta casi fatalmente el pasado y el presente de los seres humanos.

Pocas veces una misma persona había ocupado tantos espacios en la construcción de un film como lo hace Fassbinder en Un año con trece lunas: dirección, guión, fotografía, cámara y montaje. Este exceso de responsabilidades por parte de una sola persona debe vincularse necesariamente con el carácter personal del film. En toda su obra, de hecho, los límites entre experiencia vital y experiencia artística son muy difusos:

Sólo nos interesa y nos afecta un texto -fílmico, literario, musical, sonoro, televisivo- cuando produce en nosotros un cierto desgarro que nos mueve a hablar de él con los demás -compartiendo sobremesas tras el cine o información en redes sociales- y con nosotros mismos. Conforme más nos impresiona una obra, más discurso generamos en torno a ella. Esta columna es un ejemplo de ello.

Este ha sido un verano de ese tipo de resistencia, de retornar a lo más puro, de volver allí donde algo nos tocó y nos convirtió en sujetos apasionados, ajenos a pantallas y a virus. Admirar y pensar el arte nos devuelve la dimensión más íntima del lenguaje, aquella en la que tratamos de explicarnos a nosotros mismos, en medio de este colosal caos.

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