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Ana Escartín

El discurso del perdedor

Opinión

El discurso del perdedor
Carlos Barria Reuters

En el ámbito de la lingüística se denomina «género discursivo» a una manifestación oral o escrita que se produce en respuesta a una situación recurrente, que cumple una determinada función social y que respeta una serie de convenciones reconocibles. Si tomamos como ejemplo los géneros periodísticos, de todos conocidos, es fácil comprender que la noticia de portada y la entrevista de la sección cultural responden a necesidades y temporalidades diferentes, y como lectores no esperamos encontrar en ellos los mismos temas ni las mismas expresiones. Esto es aplicable a los demás ámbitos de la vida. Todos estamos más dispuestos a responder a preguntas íntimas en el marco de una consulta médica que en un encuentro en el rellano o en el ascensor. Todos admitimos que en el tiempo muerto de un partido el entrenador se dirija a sus jugadores en un tono que sería inaceptable entre adultos en un contexto diferente. El cumplimiento de las normas discursivas sirve para gestionar las relaciones sociales con arreglo al contexto, y facilita la comprensión mutua y la convivencia. Eso permite a su vez la consecución de un objetivo comunicativo y social: persuadir a los lectores de un periódico, encontrar el remedio a un problema de salud o mejorar el rendimiento de un equipo de baloncesto.

En los últimos días, un género discursivo viene poblando las páginas de los periódicos: el concession speech, en el que el candidato derrotado en las elecciones presidenciales estadounidenses reconoce la victoria de su contrincante. Este ritual, cuyo cumplimiento es facultativo pero forma parte de la cultura política del país, tiene por objeto materializar el inicio pacífico de un nuevo mandato, pero al mismo tiempo permite al derrotado marcharse de manera honorable, gracias al mensaje que transmite su declaración pero también por el mero hecho de pronunciarla. En el mundo del deporte, el reconocimiento de la derrota adopta múltiples formas, que van desde el apretón de manos a los jugadores del equipo vencedor al final de un partido de fútbol, pasando por las entrevistas o las ruedas de prensa posteriores al acontecimiento o las manifestaciones más o menos espontáneas en las redes sociales, hasta el que consituye el ejemplo más cercano a un auténtico concession speech, la declaración pronunciada por el perdedor en una gran final de tenis. Este acto de aceptación del triunfo contrario supone un gran esfuerzo, sobre todo en entornos altamente competitivos, pero al mismo tiempo el derrotado encuentra en él la ocasión de salir airoso de una situación desafortunada, y generalmente se ve recompensado con el reconocimiento del público. Roger Federer y Rafael Nadal son auténticos maestros en ese terreno de juego.

En este tipo de declaraciones, el derrotado suele utilizar estrategias que le permiten, de nuevo en términos lingüísticos, «reforzar su imagen». Por un lado, las manifestaciones explícitas de respeto y reconocimiento al contrincante no solo favorecen a este último, sino que proyectan una imagen positiva de quien las expresa, al hacer gala de humildad, honestidad y juego limpio. En la considerada como la mejor final de tenis de la historia, la del torneo de Wimbledon del año 2008, Federer declaró: «Rafa merece ser campeón. Ha jugado de maravilla«, y regaló una frase digna de un titular: «Es el peor oponente en la mejor pista». Además, recordar los méritos del contrario permite «proteger la imagen» del derrotado, pues evita que se ponga en duda su propio talento. No en vano, esta declaración sirve también para recordar a la audiencia las dotes de quien ha perdido, y confortar al mismo tiempo a sus seguidores. Siguiendo con la final de Wimbledon, Federer concluyó: «Volveré el año que viene».

La prensa está recordando en las últimas horas los discursos más inspiradores pronunciados por los contrincantes derrotados en la contienda por la Casa Blanca. En todos ellos el objetivo supremo es el bien de la nación, en cuyo nombre los candidatos aceptan pacíficamente la derrota. Destaca entre todos la célebre declaración de John McCain tras la victoria de Barack Obama en 2008. Y destaca, entre otras cosas, porque excede las convenciones del género: McCain no solo admite las virtudes de su contrincante, sino que es capaz de escapar a los argumentos clásicos y no duda en reconocer abiertamente la trascendencia de un resultado electoral que le es desfavorable como individuo, pero que constituye un hito para la comunidad. McCain se olvida de sí mismo en el marco de un género que en gran medida consiste, como hemos visto, en confortarse a uno mismo.

No cumplir con el acto convencional de pronunciar un concession speech puede interpretarse como un desafío explícito a ese inicio pacífico del nuevo mandato y, por tanto, como una declaración de intenciones. Por otro lado, desde el punto de vista estratégico, podría parecer un error táctico no aprovechar la ocasión que dicho discurso proporciona para reforzar la imagen del candidato derrotado, si seguimos la lógica de las convenciones del género. Todo parece indicar que, tras su derrota en las urnas, Donald Trump no va a pronunciar ese «discurso del perdedor». Si finalmente lo hace, será una buena noticia, y no solo para los lingüistas. Sin embargo, tal vez a la imagen de Trump le resulta más rentable no ofrecer esa declaración: ni su manida retórica del loser ni probablemente las expectativas de sus seguidores le permiten reconocer públicamente su derrota. Para el trumpismo, esa negativa no es una anomalía, sino precisamente un gesto que refuerza al líder, en una lógica que trastoca abiertamente las convenciones de los géneros.

Hace ya tiempo que Trump desafía con sus tuits y en sus tuits esas convenciones, del mismo modo que desafía otras muchas normas sociales que, como los géneros, garantizan la comprensión mutua y la convivencia. El diálogo es muy difícil con quienes distorsionan la lógica de las instituciones, cuestionan los principios de la ciencia e incumplen las reglas de la comunicación. Hablamos otro idioma.

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