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Jaime G. Mora

Cómo ser Fran Lebowitz

«Lebowitz vive en Nueva York desde los años setenta y se ha convertido en su apologista más cáustica»

Opinión
Cómo ser Fran Lebowitz

Christopher Macsurak|CC BY 2.0

Tiene razón Fran Lebowitz cuando dice que en el metro es donde ocurren las cosas más inverosímiles de una ciudad. Basta con levantar la vista y mirar a la gente a los ojos. Así se puede uno fijar en las chicas que en mitad de un temporal de nieve no renuncian a ir con los tobillos al aire, aunque se pongan de color rojo amputación, en quienes saltan al vagón como en los cien metros lisos para poder sentarse y en los que aprovechan para comer de tupper con la boca abierta. Desde luego que el metro es el mejor zoológico de la ciudad. Lebowitz, que se ha ganado la vida sacando punta al estilo de vida de los neoyorquinos, nunca lo coge enganchada al WhatsApp –no tiene móvil, prefiere ir esquivando a los zombies con los que se cruza– ni con un libro entre las manos, y eso que acumula miles en su apartamento. Es incapaz de tirar un solo libro, por muy malo que sea. Se pone enferma cuando ve alguno en la basura: «Para mí es como tirar a un ser humano. […] Bueno, aunque hay muchos más seres humanos a los que tiraría». A las visitas que recibe en casa les dice que se lleven los libros que quieran; es su única manera de librarse de ellos. En el metro, cuando ve a alguien leyendo –generalmente es gente joven–, le gusta fijarse en los títulos. Uf, ¿Elísabet Benavent? Bueno, al menos lee. Así habla Lebowitz. Pasa de un tema a otro con una agudeza y una gracia incomparables y termina volviendo al tema inicial para rematar con el chiste definitivo: «El Dalai Lama sólo necesitaría hacer un viaje en metro para convertirse en una persona rabiosa».

Lebowitz vive en Nueva York desde los años setenta y se ha convertido en su apologista más cáustica. A la ciudad le dedicó dos libros cuando estaba recién llegada y todavía no era tan perezosa como para dejar todos sus escritos a medias. En Vida metropolitana, publicado cuando tenía 27 años, recogió sus primeros escritos y tuvo tanto éxito que dos años después repitió en Breve manual de urbanidad. Desde entonces ha sido incapaz de terminar un nuevo libro. Su anunciada novela sobre millonarios y artistas se ha convertido en una leyenda que tiene más interés que muchos de los bestsellers que han triunfado en estos cuarenta años de bloqueo. «Me encantan las fiestas», le dice a Martin Scorsese en Supongamos que Nueva York es una ciudad, el documental centrado en la vida de la humorista que el director neoyorquino ha rodado para Netflix: «Me gustan más que a ti, que solo te veo en algunas. Por eso tú has grabado tantas películas y yo sigo sin terminar mi novela». A quienes le criticaron las tres horas y media de duración de El irlandés, Scorsese les ofrece ahora un producto más ligero, siete episodios que no llegan a la media hora y en el que extracta las conversaciones que ambos tuvieron sentados a una mesa antes de que la pandemia lo volviera todo del revés. Ella habla y habla, sobre el arte –«Si te lo puedes comer, no es arte. Es un bocadillo»–, sobre los ricos –«Siempre me sorprende, cuando he estado en aviones privados, estar en ellos. Yo no invitaría a nadie. ¿Qué sentido tiene tener un avión privado si hay otras personas en él?»– o sobre su infancia –«Pasábamos el día en la calle. No es que nuestros padres quisieran que nos diera el aire, es que no querían vernos». Scorsese, mientras tanto, escucha y ríe sin parar. ¿Qué otra cosa se puede hacer, salvo querer ser como Fran Lebowitz?

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