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Ricardo Dudda

Los pilares del catalanismo

«El catalanismo, y especialmente el PSC, le hizo los deberes al independentismo, que solo tuvo que poner la voluntad y la logística»

Opinión

Los pilares del catalanismo
QUIQUE GARCIA EFE

Las elecciones del 14 de febrero en Cataluña no han cambiado mucho el panorama dentro del independentismo. Pero dentro del antiindependentismo se ha producido un cambio importante. El PSC ha sustituido a Cs como líder de la oposición. El constitucionalismo pasa del anticatalanismo de Cs al catalanismo del PSC. Cuando sugerí esto en un artículo tras las elecciones, varios usuarios en Twitter me reprocharon llamar a Ciutadans anticatalanista; algunos me decían que le estaba haciendo el juego al independentismo. Creo que confundieron anticatalanismo con odio a Cataluña.

El catalanismo no es sinónimo de amor a Cataluña, ni el anticatalanismo es odio a Cataluña. El catalanismo es un nacionalismo catalán. Es moderado porque rechaza la unilateralidad del independentismo y algunos de sus postulados más supremacistas y xenófobos. Pero no deja de ser un nacionalismo. Y, en cierto modo, es el soporte intelectual del independentismo. Casi todas las reivindicaciones independentistas de los últimos años tienen su origen en el catalanismo: desde la supremacía de la lengua al victimismo. El catalanismo, y especialmente el PSC, le hizo los deberes al independentismo, que solo tuvo que poner la voluntad y la logística.

El catalanismo contemporáneo tiene varios pilares. No me refiero al catalanismo decimonónico, ni a Cambó, ni a la ideología del nacionalismo liberal catalán del XIX. Me refiero al catalanismo en democracia, de finales del XX y el XXI. Es decir, al espacio ideológico que existe y existió en el PSC, la Convergencia previa al procés, Unió, ICV, y luego En Comú Podem; en otras palabras, al establishment político catalán.

El primer pilar del catalanismo es la lengua. No es solo la defensa del catalán; es la defensa del catalán en detrimento del castellano, a pesar de ser la lengua más hablada en Cataluña. El catalanismo defiende la inmersión lingüística, la escolarización exclusivamente en catalán y acepta de buen grado el incumplimiento de las sentencias del Tribunal Supremo que exigen al Govern un mínimo de horas en castellano en la escuela. Todos los partidos que se dicen catalanistas apoyan esto. Decir que el problema catalán no es lingüístico, o que el nacionalismo catalán no tiene que ver con la lengua (como sostienen algunos independentistas) es ridículo. Como ha escrito la lingüista Mercè Vilarrubias, «en España, los nacionalismos son nacionalismos lingüísticos. Si alguien lo dudara, solo hace falta mirar el mapa de España, y verá enseguida que allí donde se habla una lengua distinta del español, allí es donde surgen las pulsiones separatistas».

El segundo pilar es el victimismo. El catalanismo contemporáneo cree que el «Estado español» le discrimina cultural, económica e institucionalmente. La sentencia del Estatut de 2010, que suprimió 14 de sus 223 artículos, es clave en ese victimismo. Hay pruebas de que esa discriminación es falsa (inversiones en infraestructura, representación de personalidades catalanas en la cultura española, capacidad de autogobierno, protección estatal del catalán y de la cultura catalana) pero el catalanismo necesita ese argumento para justificar su particularidad, es decir, para obtener réditos del Estado. El catalanismo es más pragmático que el independentismo porque sabe que puede obtener mucho más por la vía del victimismo que por la de la insurrección.

El tercer pilar es el «hecho diferencial». Para el catalanista, Cataluña es diferente. Y por eso merece un trato diferente. No es una región más. Su trato con el Estado y con el gobierno central ha de ser bilateral, no multilateral. Cataluña no puede acudir como una región cualquiera a las conferencias de comunidades autónomas. Cataluña no es Extremadura o Murcia, que no son naciones. Esta idea encaja con el concepto de España plurinacional, una idea por la cual España no es una nación real (es una construcción artificial o solo un Estado) pero Cataluña y otras nacionalidades históricas sí lo son. El catalanismo considera que Cataluña se merece más porque es, supuestamente, una nación milenaria. Este es un relato que promueven, aceptan o al menos no cuestionan los partidos catalanistas.

En 2017, Ciutadans ganó las elecciones con un discurso explícitamente anticatalanista: contra la supremacía exclusiva del catalán, contra el victimismo y contra el «hecho diferencial» y el favoritismo. Obtuvo 36 diputados. Hoy tiene 6 diputados. La oposición al catalanismo hoy está desmembrada y perdida. Ciutadans ha perdido brutalmente su liderazgo. El PP tiene tres diputados pero no es algo muy sorprendente: lleva años bastante perdido y sin saber cómo diferenciarse. Y Vox ha irrumpido con 11 diputados y escasa credibilidad: recoge el descontento que ya recogió Cs en 2017 y lo reconvierte en odio. La victoria del PSC, aunque difícilmente conseguirá gobernar, es la victoria del catalanismo y, en definitiva, de quienes piensan que antes del procés todo iba bien en Cataluña.

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