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David Mejía

Los toros

«La decisión no viene motivada por el dolor infligido al animal por banderillas y picas, ni por la estocada mortal ¡sino por sus nombres! Ya saben, pueden seguir matando toros mientras los nombren como es debido»

Opinión
Los toros

Paco Paredes|EFE

El infantilismo de la izquierda oficial ha provocado un envalentonamiento de la derecha en distintos frentes. El primer síntoma de la pérdida de complejos es la aparición de los fantasmas: la derecha ve comunistas en todos los ministerios, melindres de la corrección política en las facultades, bobos en cada causa. Hay gestos que no ayudan: posar con el emblema de la RDA, manipular  fotos de Lorca, defender la vida de tu mascota por encima de la de tu vecino, decir “niñes”, esas cosas.

El problema de las buenas causas, sean los derechos de los animales o la defensa de la identidades sexuales, es que palidecen en las bocas (y los Tweets) de los zoquetes; el peor enemigo de una buena causa es un mal embajador.

Ana González, alcaldesa de Gijón, ha prohibido las corridas en la ciudad, indignada con los nombres de dos toros lidiados en la última feria: “Nigeriano” y “Feminista”. Repito: la decisión no viene motivada por el dolor infligido al animal por banderillas y picas, ni por la estocada mortal ¡sino por sus nombres! Ya saben, pueden seguir matando toros mientras los nombren como es debido.

Se ha dicho que la indignación con los nombres es una excusa para culminar una prohibición ya decidida. Puede ser, ¿pero no creen que el veto a los toros se defendería mejor apelando al maltrato del animal y no a la naturaleza supuestamente ofensiva de sus nombres? Cómo no van a envalentonarse los defensores de la tauromaquia ante la paupérrima calidad de estos argumentos.

La tauromaquia no es esencialmente de derechas, claro, pero la izquierda taurina tiene tan pocos adeptos como la derecha antitaurina, ya me entienden. Lo importante es que los argumentos habituales a favor de la tauromaquia son irrelevantes desde el punto de vista moral: existe mucha afición; genera empleo; es nuestra cultura; el toro se extinguiría; las gallinas también sufren; es un arte; Lorca y Hemingway la defendían…

La pregunta solo es una: ¿qué estatuto moral otorgamos a un mamífero? Porque solo si consideramos que el toro carece de estatuto moral alguno, se llame Islero o Nigeriano, podemos justificar su sufrimiento y sacrificio en aras del disfrute de unos pocos. Y claro, las consecuencias lógicas son evidentes: ¿cómo justificar los derechos de otros mamíferos? ¿Qué nos impide torturar a un perro, un caballo o un delfín?

Habrá quien alegue que, por supuesto, podemos torturar animales, siempre que no sean de la especie humana. Pero entonces nos sale al paso una pregunta aún más inquietante. La formularé de la mano de Peter Singer: ¿cómo justificar la atribución de igual valor a todas las vidas humanas mientras que al tiempo atribuimos a la vida humana, sea cual sea su condición, un valor que es superior a toda vida animal? Denunciar que un toro se llama “Feminista” sin duda más fácil que plantear un debate sobre el criterio de valoración de la vida humana.

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