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Beatriz Manjón

Suicidio: una catástrofe sin cámaras

«El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. El 2020 ostenta una escalofriante marca histórica»

Opinión

Suicidio: una catástrofe sin cámaras

Para querer matarse, primero hay que haber muerto. Una muerte social o espiritual, un nicho invisible al que nadie lleva flores. Y luego de ese apagón, vienen las ganas de apagarse definitivamente, la tentación de escaparse de uno que no satisface el sueño; porque no hay lugar que nos resguarde de nosotros mismos.

El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. El 2020 ostenta una escalofriante marca histórica: casi 4.000 suicidios, a los que habría que sumar veinte intentos por cada uno consumado. Once personas se matan al día sin que nos prendamos lazos a la solapa ni exijamos medidas para evitarlo, salvo una vez al año, porque hoy empatía y compromiso van de aniversario en aniversario, de día internacional en día internacional.

En su ensayo sobre Van Gogh, Artaud apuntó que nadie se suicida solo. Colabora un sistema de salud mental pobre, menoscabado con la excusa del Covid, que no prioriza la atención en función de la gravedad del trastorno y no posibilita una psicoterapia efectiva; una gestión de la pandemia que ha esquilmado economías y ánimos; un Gobierno que no ofrece salida a los jóvenes, y solo una puerta a los viejos; una Administración que no dota de recursos apropiados a quienes sufren incapacitantes secuelas a cuenta de sucesivos intentos de autolisis; unos medios, más preocupados por la polémica política del día, que añaden losas de silencio; una sociedad vaciada de valores inhábil para responder a esa cuestión que Camus entendía como la fundamental de la filosofía: si vale o no la pena vivir.

El suicidio es una catástrofe sin cámaras, un incendio interior del que no vemos las llamas, difícil de precaver sin un teléfono de emergencia como los creados para el acoso o el maltrato, y un plan nacional con inversión suficiente; sin presupuesto, un plan no es más que un hashtag. Se necesitan campañas que destierren los prejuicios y la culpa: un suicida es un enfermo de dolor, de un dolor parecido a una otitis del alma. A nadie se le ocurriría responsabilizar a quien padece cáncer del sufrimiento de su entorno.

Poco ha vivido quien no ha querido morir alguna vez. En esta vida morir no es difícil, lo difícil es vivir, escribió Maiakovski cuando se ahorcó Serguéi Esenin. Años después lo haría el propio Maiakovski, aunque dejando esta nota: «No se lo aconsejo a nadie». Pero a nadie le falta una razón para matarse: el gatillo de la pobreza, el salto al vacío existencial, el atropello de sentirse extranjero en el propio cuerpo, el veneno de una enfermedad para la que no existe antídoto, esa lenta electrocución que es el paro o el hachazo de la soledad, cuando no es esa fiesta —la más exclusiva— del aislamiento escogido. Por eso también hay, como apuntó Bufalino, suicidas invisibles: «Se continúa vivo por pura diplomacia, se bebe, se come, se camina. Los demás se engañan siempre, pero nosotros sabemos, con una sonrisa interna, que se equivocan, que estamos muertos». Ser incapaz para la muerte no le vuelve a uno capaz para la vida.

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