THE OBJECTIVE
Guadalupe Sánchez

Terror pandémico

«Nuestra sociedad se ha embarcado en una deriva irracional e inevitable, que abomina de los datos mientras abraza la sentimentalización y moralización del espacio público»

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Terror pandémico

Dado Ruvic (Reuters)

Les confieso que todo el revuelo mediático e institucional generado en torno a la pandemia me provoca cierto hastío porque desde hace ya varios meses tiene una base mucho más artificiosa que real. 

Quienes a comienzos del año pasado se mofaron de los que advertían sobre lo que se nos vino encima alegando que usaban una simple gripe para criminalizar al feminismo que se manifestó el 8-M no solo no han perdido crédito mediático alguno, sino que han sido elevados a la condición de expertos que, ahora sí, predican el apocalipsis casi a diario desde diferentes tribunas mediáticas. 

El ultimo episodio de terror pandémico lo vivimos el viernes. Esta vez, el jinete del apocalipsis se llamaba ómicron. El fin del mundo se volvía a cernir sobre nuestras cabezas: que si las vacunas no cubren esta nueva variante, que si vuelta a los confinamientos, que si reunión de los ministros de Sanidad… Y eso a pesar de que la doctora descubridora de esta mutación de virus, Angelique Coetzee, aseguró que en Sudafrica no se ha hospitalizado a nadie infectado con ella y que los pacientes que la padecen presentan síntomas muy leves. La instrumentalización del miedo a la muerte, como bien apuntó Pilar Marcos en la columna que publicó en este periódico ayer.

Han pasado de despreciar la mínima prudencia exigible a reivindicar confinamientos y justificar las más burdas restricciones. Aunque hay que reconocerles la habilidad para endilgarle el mochuelo de la responsabilidad por la mala gestión de la pandemia a los no vacunados: toda la presión mediática en nuestro país se centra ahora en un pequeño porcentaje de la población cuya decisión no es relevante a efectos sanitarios ya que, en términos de salud, les perjudica mayormente a ellos.

En España, la tasa de vacunación entre los mayores de sesenta años es altísima, supera con creces el noventa por ciento. Incluso un sesenta por ciento de los mayores de setenta años han recibido ya la tercera dosis. El grupo más nutrido de personas no vacunadas lo encontramos entre los menores de 50 años, aunque en general la gente joven ha respondido muy bien a la llamada de la vacunación a pesar del riesgo bajo que presentan. Casi un noventa por ciento de la población española mayor de 12 años tiene ya la pauta completa.

Gracias a estos porcentajes de vacunación, la presión hospitalaria está en el seis por ciento. Nos teníamos que vacunar masivamente para evitar la saturación de las UCI y de los hospitales. Lo hemos hecho y ha funcionado. Los datos hablan y son incontestables.

A pesar de ello, muchos de los que animaron a vacunarse para recuperar la normalidad claman por la vuelta de las restricciones. En lugar de exportar el éxito de nuestra campaña de vacunas, hemos decidido importar el miedo de países donde la tasa de inoculados es sustancialmente inferior. Su alegato a favor de nuevas restricciones es contraproducente si lo que de verdad se quiere es fomentar la vacunación: decir sí a las vacunas significa decir no a las restricciones en un contexto como el nuestro.

Pero llevan varios meses poniendo el foco en la incidencia y, como he señalado antes, en los antivacunas. El remedio que proponen para combatir estos males vuelve a ser la restricción de derechos, a la que por momentos parecen conferir mayor poder sanitario que a la ciencia. Presentan la libertad y la prosperidad que conlleva como las grandes aliadas de la muerte, así que hay que combatirlas a toda costa. A pesar de la aberración, es un mensaje poderoso que, por desgracia, funciona.

Hasta tal punto es así que muchas de las medidas propuestas que se están implantando con gran éxito de crítica y público no tienen una finalidad estrictamente sanitaria, esto es, para evitar contagios que redunden en hospitalizaciones, sino de «concienciación», cuando no de «forzar a la vacunación». Agota tener que explicar que ni la vacunación es obligatoria, ni se puede usar la limitación o restricción de derechos fundamentales a modo de campaña de sensibilización. Esto lo han dicho y dicen muchos presidentes autonómicos sin despeinarse y, por desgracia, a la mayoría no solo le resulta indiferente, sino que hasta le parece bien. 

También resulta bastante ridículo justificar el pasaporte COVID para los no vacunados afirmando que no existe un derecho a contagiar: ¡como si los vacunados no contagiaran o pudieran contagiarse! La vacuna ayuda a que el vacunado no desarrolle los síntomas más graves de la enfermedad en la gran mayoría de los casos, pero ni inmuniza ni evita que el vacunado contagie. La demagogia subyacente tras este argumento es estratosférica.

Tampoco existe un derecho a saber que el que está sentado en la mesa de al lado en el restaurante está vacunado. Amén de carecer de sustento jurídico, es un razonamiento bastante contradictorio e inconsistente, pues quienes afirman esto deberían evitar los lugares con niños o el trasporte público, por ejemplo. En cualquier caso, la del pasaporte ha demostrado ser una medida inútil para evitar el incremento de contagios en países donde lleva meses implantado, como Italia. Pero somos mucho de importar no solo el miedo, sino también los errores, así que no me cabe duda de que acabará siendo convalidado y normalizado a pesar de su acreditada ineficacia. Parecerá, otra vez, que se hace algo aunque no sirva para nada.

Los amantes de la discriminación y de recurrir a las restricciones de libertades como bálsamo sanador no son los únicos que empapan sus argumentos de demagogia. También se hace desde el llamado entorno «antivacunas», más allá de las chorradas del microchip y el 5G. Ayer hacían circular por las redes un pantallazo con datos ministeriales en base al cual concluían que morían por COVID más vacunados que no vacunados. Dato que es cierto, pero que induce a error si no se añade la correspondiente explicación: un alto porcentaje de los no vacunados se encuentra en los grupos de edad en los que la enfermedad se presenta de forma asintomática o con síntomas leves. En las personas más mayores la vacuna evita el riesgo de complicaciones graves o de muerte, pero no siempre. Decir que mueren más vacunados que no vacunados ocultando la media de edad de ambos es también terrorismo informativo. Lamentable.

En cualquier caso, y como les comentaba al comenzar el artículo, estoy cansada. Nuestra sociedad se ha embarcado en una deriva irracional e inevitable, que abomina de los datos mientras abraza la sentimentalización y moralización del espacio público. Un caldo de cultivo ideal para que los instigadores de las pasiones más inconfesables prosperen y consigan normalizar lo irracional. Hoy es por la salud, mañana quién sabe.

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