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Esperanza Ruiz

Elogio del conspiracionismo

«Debemos distinguir entre las ‘magufadas’ y la duda legítima con respecto de lo que motiva algunos acontecimientos o decisiones»

Opinión
Elogio del conspiracionismo

Tingshu Wang|Reuters

Desconozco si «Guillaume de Rouville» es pseudónimo o la identidad real de un periodista independiente. Ni siquiera me queda claro si esto último es cierto. Lo del periodismo, digo. Que va por libre queda fuera de duda. Creó hace bastantes años su propio sitio en internet que bautizó con el provocador nombre de «El tonto del pueblo» («L’idiot du village»). Lo hizo, según él, cansado de los medios generalistas que no analizan en profundidad determinados sucesos y se limitan a reproducir comunicados y versiones de estos que se transforman en «doxas». Esto es, en opiniones destinadas al consumo masivo que acaban siendo universalmente aceptadas aunque su relación con la realidad sea muy superficial.

Bajo el título El genio del conspiracionismo, de Rouville escribió en la primavera de 2020 una de las mejores piezas que se haya producido con respecto de este fenómeno que tanto inquieta en el ámbito político y periodístico occidental. Se trata de un fino análisis que sigue el sistema tradicional de presentar una conclusión, en este caso doble, a la que el autor llega a través de un desarrollo basado en lo que él entiende como las ventajas del pensamiento «conspiracionista». Estas serían cinco: metodológica, psicológica, conceptual, moral y predictiva.

Según de Rouville, el anti-conspiracionismo estaría encerrado dentro de la «infalibilidad demócratica». El hecho de que gran parte de la población sea incapaz de concebir que sus gobernantes puedan hacer el mal intencionadamente, aunque lo disfracen de bien; o el hecho de concebir la democracia liberal como una especie de dogma de fe laico que, de no creer en él, nos condenaría a las tinieblas exteriores del populismo, encajona el pensamiento independiente.

Aunque esto del conspiracionismo contemporáneo esté inventado, por lo menos, desde el asesinato de John F. Kennedy, en Europa llevamos unos años de lucha incesante, incluso en sede parlamentaria, entre los defensores de la oficialidad y las llamadas «teorías alternativas». Se promulgan leyes, se destinan fondos a sitios como «Conspiracy Watch» y se crean (risibles) alianzas entre medios generalistas, como Le Monde, y corporaciones tecnológicas, como Google, con el fin de indicarnos, a través de un semáforo virtual, si el sitio que visitamos es, o no, de confianza. De confianza para ellos y los que están en su órbita ideológica, se entiende. Por razones obvias, esta iniciativa terminó en un fracaso estrepitoso. Quizá, lo más sorprendente es que después de infantilizar de tal manera a sus lectores, todavía haya alguien que compre el diario Le Monde.

No obstante, una aclaración es fundamental: se debe distinguir entre lo que se conoce vulgarmente como «magufada» y la duda legítima con respecto de lo que motiva algunos acontecimientos o decisiones políticas. Si las ventajas del análisis que hace de Rouville son verdaderamente eso, ventajas, es porque exigen una cierta capacidad intelectual y un trabajo previo de información y contraste, con todo lo que ello implica. De ahí lo de la ventaja metodológica del «conspiracionismo». Esta tarea es algo que muchos medios generalistas han ido abandonado en favor de propagar lo que sea del interés de la propiedad real del periódico o la emisora de turno, o lo que le garantice su supervivencia financiera a golpe de subvención o favor político.

Ahora, hablar de reptilianos, selenitas e illuminatis; obsesionarse con Georges Soros, Richard Kalergi o delirar con el trasfondo de la derrota de Donald Trump; teorizar «grandes reemplazamientos» como si nada; centrar la pandemia exclusivamente en grafenos o redes 5G e, incluso, confundir el marxismo con el liberalismo más rampante, es hacer el caldo gordo a toda una serie de instituciones y personajes que buscan el desprestigio de aquellos que prefieren no comulgar con ruedas de molino.

Entiéndaseme, lo anterior no hace necesariamente buenos a ciertos filántropos o aristócratas centroeuropeos. Tampoco pretende señalar la superioridad de unas doctrinas políticas y económicas sobre otras. Y, por supuesto, no invalida el hecho de que exista un grave problema migratorio, unas «cloacas del estado» o unos señores a los que les guste reunirse secretamente para imponer sus hojas de ruta. Sin embargo, la amalgama y las palabras policía son el arma de predilección contra el pensamiento libre y mejor no dar al adversario las herramientas necesarias para el castigo.

De un tiempo a esta parte, hemos asumido la utilización de términos como «negacionista», que evocan sociopatía; como «antivacunas», que proyectan en nuestra mente la imagen de algún tipo de sectarismo o fanatismo religioso; como «bebelejías», o incluso «magufo» (empleado sin razón aparente). Esas palabras no representan más que una visión deformada de la realidad y una ausencia flagrante de argumentos. El «punto godwin» de estos últimos dos años queda resumido en tales conceptos que, en primer lugar, pretenden avergonzar al que renuncia a ciertas doxas y, en segundo lugar, rehuyen la contradicción.

Es emocionante ver la llamada izquierda liberasta, sobre todo la sección espectáculos Malasaña-Chueca-Aravaca, mano a mano con la otra cara de la misma moneda: el liberalismo à la carte. Ambos, como un solo hombre, han defendido salvoconductos que se han probado inútiles para controlar la expansión del virus, pautas siempre incompletas, cortapisas pseudosanitarias y grandes corporaciones farmacéuticas poco transparentes. En estos casos se ha comprobado la ventaja predictiva del pensamiento conspiracionista. Cuando unos anunciaban el futuro previsible, los otros vendían humo.

Sin embargo, la causa conspiracionista no solo se alimenta de la pandemia. Terrorismo islámico, magnicidios, guerras… La política es el acuerdo discreto y la estrategia de comunicación, o de intoxicación. Algo que el conspiracionismo aspira a superar en su búsqueda, a veces errática, de la verdad. Desgraciadamente, es difícil entender lo que nos rodea acompañados de aquellos que, por un lado, nos dicen que en esto de la cosa pública no hay soluciones simples y, por otro, nos cuentan que la realidad es más simple de lo que parece.

Decía Gustave Le Bon en La psicología de las masas que los individuos tienen necesidad de opiniones ya formadas. El éxito de estas es independiente de la parte de verdad o error que contengan. Dependen de su prestigio.

Por eso estamos ante el gran desafío del siglo XXI. En un mundo ultra tecnificado y derrapando hacia el transhumanismo, el conspiracionismo es el gran reto político e intelectual de nuestro tiempo, pero, sobre todo, es un humanismo. Y es que el deseo de entender para interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor, y mejorar nuestra adaptación al medio, es casi una cuestión de supervivencia.

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