THE OBJECTIVE
David Mejía

En defensa de Biden

«Los propagandistas del Kremlin no ejercen repitiendo las mentiras de Putin, sino sembrando la confusión: ‘Todos mienten’; ‘la expansión de la OTAN fue un error’»

Opinión
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En defensa de Biden

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden. | Reuters

Yo tampoco estoy libre de pecado: confieso que el día de su investidura sugerí que su primera medida sería cambiar la bañera por un plato de ducha. La edad de Joe Biden, que en noviembre cumplirá 80 años, ha sido motivo de mofa desde que tomó posesión. No es que la edad esté reñida con la lucidez -ya quisieran algunos ministros postadolescentes tener la lucidez de Felipe González o Herrero de Miñón- pero a Biden le hemos visto ceder al sueño en la Asamblea de Naciones Unidas y es legítimo temer que en otro achaque de somnolencia su frente aterrice en el botón nuclear.

Esta caricatura de Biden, que como toda caricatura se relaciona oblicuamente con la realidad, está desluciendo el mérito de su reacción ante la guerra. Porque Biden está sabiendo equilibrar dos responsabilidades pesadas: la condena sin matices de la invasión de Ucrania y la prevención de una guerra nuclear (sí, una manera de prevenir una guerra nuclear es asegurar a tu enemigo que estás dispuesto a librarla), y no es fácil mantener este equilibrio. La decisión más acertada de la administración Biden ha sido filtrar sistemáticamente informes de su inteligencia en un intento, primero, de disuadir a Putin y, después, de desconcertarlo.

La precisión de la información americana en anticipar los movimientos de Putin ha frustrado su intención de dominar los tiempos y, por tanto, la narrativa del conflicto; se informaba de los planes rusos antes de que estos pudieran hacer público un pretexto que los justificara. Además, la anticipación ha posibilitado un rápido cierre de filas de los aliados ante Moscú y un margen para acordar una respuesta en forma de sanciones o envío de material. El escepticismo inicial de los aliados era justificado (basta recordar los fiascos de Afganistán y, sobre todo, de Iraq), pero la realidad ha dado la razón a los americanos. Y será esta labor la que permita contrarrestar la propaganda futura y responsabilizar a Rusia de sus actos.

Para quienes ven en Biden una momia con cargo y en Estados Unidos el eterno enemigo, el mérito pasará desapercibido. Porque los propagandistas del Kremlin no ejercen repitiendo las mentiras de Putin, sino sembrando la confusión: «Todos mienten»; «no justifico la invasión, pero tiene una explicación»; «la expansión de la OTAN fue un error»… En resumen, los propagandistas se dedican a sembrar dudas para no discutir sobre lo indudable: que las vidas de millones de ucranianos están amenazadas, sin justificación moral, por un sátrapa. Todos mienten, de acuerdo. Pero lo prioritario ahora no es quién miente, sino quién muere. Y esto lo ha entendido hasta Biden.

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