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Teodoro León Gross

Viaje al centro, pero ¿de quién?

«El discurso moderado de Feijóo ha provocado algunos ironías previsibles: ¡Otro viaje al centro del PP! ¡Y van…!»

Opinión
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Viaje al centro, pero ¿de quién?

Alberto Núñez Feijóo. | EP

Alfonso Guerra usó la expresión aznarista del viaje al centro para una humorada vitriólica marca de la casa –«El PP lleva años viajando al centro y todavía no han llegado; ¿de dónde vendrán, que tardan tanto?»– y desde hace dos décadas los virajes del PP a menudo acaban caricaturizados con ese dardo. Y hasta ahí es lógico.  Eso sí, a la espera de comprobar la determinación centrista de Feijóo, asombra la autoridad moral, o más bien la petulancia presuntuosa, con que algunos portavoces socialistas, y sus antenas mediáticas, desdeñan ese centrismo del PP como las viejas aristócratas olfateaban a las arribistas burguesas que trataban de parecer nobles y les bajaban no el pulgar, sino la comisura de los labios con cara de asco. Ya es de traca que en el PSOE se atribuyan alguna autoridad para decidir quién puede acceder o no al centrismo, no ya como si tuvieran derecho de admisión, sino como si el club fuera suyo. Poner en cuarentena el centrismo de Feijóo vale, pero hacerlo en nombre de Sánchez es, como diría el castizo, para mear y no echar gota.

Feijóo, va de suyo, tendrá que demostrar el vigor de su talante, confirmando o no las expectativas que le avalan desde Galicia, pero definitivamente lo que no tiene un pase es tomar a Pedro Sánchez como una referencia del moderantismo. Ni en martes de carnaval. Eso, más que voluntarismo líquido, es una mascarada chusca. Y así lo ha acreditado Sánchez desde su «no es no» a Rajoy en 2016, como genuino patrón del noesnoísmo que anuló el espacio central. Sánchez no sólo formó Gobierno con Unidas Podemos, una coalición de comunistas y populistas de corte bolivariano entre otros espacios adyacentes, sino que permitió que vetaran incluso el diálogo con Ciudadanos por considerarlo tóxico. Ahora llaman fachas a los de Vox, pero antes llamaban fachas al PP e incluso a Ciudadanos. Más allá de ellos, todos fachas, como apunta Savater en Solo integral. De hecho, Sánchez siempre ha actuado para favorecer el auge de Vox, a sabiendas de que eso le favorece al mermar al PP dándole además a él la posibilidad de presentarse como la esperanza para frenar a la extrema derecha.

La elección de Feijóo parece sentirse entre los suyos como una oportunidad de fijar sólidamente la posición del centroderecha, sin la volatilidad de Casado. Ya se verá dónde acaba el deseo y dónde empieza la realidad. Pero la apuesta por un eje dominante Galicia-Andalucía, con Madrid como reino de taifa bajo control de Ayuso, ya resulta significativo: Juanma Moreno es el presidente más centrista del partido, a menudo bordeando la socialdemocracia. Es decir, la primera alianza de Feijóo es un envite moderado, y a partir de ahí ya se verá su coherencia y su consistencia. Casado era capaz de alternar el discurso memorable frente a Vox en la moción de Abascal con la foto de Colón.

Lo de Sánchez, en cambio, está sobradamente acreditado después de una  mayoría con la extrema izquierda y los nacionalistas radicales: Unidas Podemos, los secesionistas de Esquerra, el nacionalcatolicismo del PNV, el legado abertzale de Bildu, y otros retales. El último socialdemócrata con autoridad en el PSOE, Rubalcaba, bautizó esa fórmula como Frankenstein. Lo formidable es que los portavoces del Frankensteín anden dando lecciones de integridad. Claro que llamar portavoces a Felipe Sicilia y Adriana Lastra sólo es un formalismo. Más bien ejercen de portacoces.

Por sintetizar a esos portacoces, Sicilia define la elección de la ejecutiva de Feijóo sosteniendo que «ha primado el silencio sobre la capacidad, ha primado el silencio cómplice ante los supuestos casos de corrupción que rodean a Ayuso, que es la corrupción de siempre, la corrupción de la Gürtel…»; y Lastra añade: «Y ponen de lema de su congreso ‘Lo haremos bien’. Bueno, tampoco es tan difícil unir los puntos, ¿eh? Lo que quieren es seguir trincando pero que esta vez no los pillen. Eso es lo que quiere el PP». He ahí a las vestales de las esencias del centrismo saludando la llegada de Feijóo.

En España se necesita bascular hacia el centro, y se necesita que lo hagan sus dos grandes partidos pues, en definitiva, son los que mueven los ejes del tablero. Ya se verá si había motivos para la esperanza en que Feijóo tome la iniciativa, pero, eso sí, cualquier esperanza en Sánchez está ya caducada. Meses después de la oferta a Ciudadanos en primavera de 2016, él mismo se arrepintió del pecado en el confesionario de Évole. Y desde ahí todo ha sido apoyarse hacia la extrema izquierda, guiado por el «con Rivera no, con Rivera no» que se coreaba en Ferraz tras ganar en 2019. Ese es el estado de las cosas.

Sánchez pertenece a ese perfil político de quienes, según la definición de Jan-Werner Müller, profesor de políticas en Princeton, no representan el centrismo sino el autocentrismo: «Solo obedecen al imperativo de obtener la reelección». Y esa reelección pasa por la polarización radicalizada hacia los extremos, por dar relevancia a los nacionalistas dispuestos a actuar contra el Estado, por favorecer a la extrema derecha para debilitar al rival… Sí, todo esto es malo para España, pero bueno para su reelección.

Y entretanto, a dar lecciones fascinantes de centrismo.

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