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Juan Marqués

Los dos extremos de la literatura personal

«Se está poniendo demasiado de moda eso de que «como no se me ocurre nada que contar ni que escribir, pues tengo un hijo y ya tengo un libro seguro»»

Opinión
Los dos extremos de la literatura personal

Pia Pera y Emanuele Trevi, fotografiados por Rocco Carbone hacia 1990|Fotografía cedida por Sexto Piso

En la literatura debería ocurrir como en las comisarías: cuando alguien acude a una a denunciar algo se le escucha, por supuesto, pero hay alarmas o protestas que, con la ley en la mano, no se pueden tramitar. «Lo siento pero aquí no hay caso», habría que decir a quien venga con determinados proyectos de novela o con asuntos que necesita contar apremiantemente. «Adelante, escríbalos, le vendrá muy bien y le servirá para aclararse o reponerse, pero esto no va a pasar a sala, esto no lo va a ver ningún juez, esto no se puede publicar».

No soy tan obtuso como para ignorar que en la literatura el tema es poco, lo que cuenta es el tono, y sobre todo la mirada, la sensibilidad, la agudeza… caminos que llevarán a cierta trascendencia, por inane que sea el argumento. No necesito que se me explique la grandeza que puede haber en lo aparentemente vacío, porque soy bastante talibán en eso: considero mucho más divertido un paseo de cinco horas por el Retiro que todo lo que pueda haber en Netflix, y cuando digo divertido me refiero literalmente a eso: no digo interesante, ni enriquecedor, ni útil, ni sanador, ni eufemismos así. Digo divertido: me lo paso mucho mejor caminando sin rumbo por donde sea que con la que proclaméis mejor serie del año (y, por cierto, es cuando menos extraño que los escritores, en las redes sociales, comenten con mucha más frecuencia películas que libros).

Por la misma razón, siempre estaré más dispuesto a leer ochocientas páginas en las que Pla o Umbral cuentan una tarde mirando por la ventana de su casa que el cuento más «trepidante» y «sorprendente» del mundo, si en éste sólo importa lo que se cuenta, no el cómo. Y por ello nunca me podrá parecer nada mal que la gente cuente historias «pequeñas», cercanas, suyas, aunque sí que me molesta el mimetismo, que todos hagan lo mismo, y me escama que se convierta en tendencia, en moda, en algo que reclaman y buscan las editoriales. Antes alguien escribía sus novelas, o rodaba sus películas, o grababa sus discos, o ganaba sus campeonatos… y si llegada la madurez contaba con un número relevante de admiradores, pues escribía sus memorias. Ahora no, ahora los veinteañeros debutan con sus memorias (lo cual puede estar muy bien, como en Panza de burro, o Feria, o Vozdevieja, o Los nombres propios…) y luego ya se verá, habrá que ver qué tienen que contar en su segundo libro (y quien diga que sí, que sí, pero que lo que sucede es que esas «memorias» están novelizadas, y que son ficción, y que hay que leerlas de otro modo…, es que no ha entendido nada de las memorias de, digamos, Baroja o Carrillo o Semprún y, con ello, nada sobre la relación de la literatura con la realidad).

Dos libros muy recientes de la misma editorial, la madrileña Sexto Piso, sirven para mostrar de una forma radicalmente opuesta los extremos a los que puede llegar la literatura testimonial. Por un lado, un señor de 1983 (es decir, que en absoluto es tan joven como para que haya que pasar por alto sus patinazos) llamado Mauro Libertella ha escrito Un futuro anterior (precioso título), en el que al cabo nos cuenta que ha tenido una hija con una chica con la que se veía mientras ella salía con un amigo suyo y entonces… Es decir, que no le ha pasado absolutamente nada relevante y no tiene mucho que contar, pero no puede evitar infligirnos esa «novela», que de verdad acaba resultando enigmática de tan insignificante. Claro que otro escritor podría haber escrito una obra maestra con materiales idénticos (una obra maestra que, en todo caso, hubiera resultado algo aburrida, de alto alcance literario pero poquísimo vuelo vital, algo tan triste como es siempre lo que sólo es buena literatura y nada más).

Se está poniendo demasiado de moda eso de que «como no se me ocurre nada que contar ni que escribir, pues tengo un hijo y ya tengo un libro seguro»

Claro que en el libro hay cosas bien vistas, reflexiones generales sobre la juventud o la desorientación que pueden tener cierta lucidez… pero está todo al servicio de un libro que, filosóficamente, es poco menos que impublicable. No he leído los libros anteriores del autor, y no puedo valorar cómo funciona este título en su cadena de producción, pero la sensación es la de que ahora se ha mostrado dócil a lo que parece la melodía obligatoria de estos años: ¿qué es lo que hay que hacer, qué es lo que toca? ¿Libros confesionales en los que –a la manera de Annie Ernaux y tantos otros franceses– se confunda la «honestidad” con el impudor o el exhibicionismo?, ¿crónicas personales en las que se pretenda colar los atentados a la propia privacidad –y a la ajena– como si fueran teselas de una historia trascendente que en realidad sólo lo es para el interesado?, ¿libros en los que se incida en el malentendido fatal de que «la verdad» es «lo real» o en los que poder contemplarse a sí mismo con arrobo, sobrevalorando la propia experiencia? Bien, pues aquí va el mío, especialmente inane, especialmente narcisista, especialmente bochornoso. Y algo más: se está poniendo demasiado de moda eso de que «como no se me ocurre nada que contar ni que escribir, pues tengo un hijo y ya tengo un libro seguro«. Un porcentaje alarmantemente alto de los libros que llegan responden a esa fórmula, e incluso hay escritoras que en el quinto mes de su embarazo no sólo escriben un libro sobre su experiencia particular, sino que ensayan toda una teoría sobre la maternidad y pontifican sobre cómo educar. No importa: es algo que, como todo lo provisional, pasará.

En el otro extremo –y llegamos, por fin, al que quería ser el tema de este artículo– está Dos vidas, de Emanuele Trevi, que, cuando toque hacer balance, podría ser para 2022 lo que Otra vida por vivir fue para 2019: es decir, una revelación deslumbrante, un librito diminuto pero inmenso, una lección de literatura y, con ella, de civismo, de verdadero amor a lo que importa. La sencillez máxima del título ya anuncia el espíritu del texto, que, por inteligente y realmente sentido, es sencillo solo en cierto modo, y en realidad es de una clara espesura significativa, vital, autobiográfica, muy frondoso y duradero en lo que tiene de aportación intelectual efectiva.

Las dos vidas del título son las de Rocco Carbone, de quien no sabía una palabra, y Pia Pera, escritora a la que Errata Naturae está recuperando (se acaba de publicar El huerto de una holgazana, tras exhumar el año pasado Aún no se lo he contado a mi jardín), pero da exactamente igual quiénes sean y su mayor o menos relevancia social o literaria. Trevi podría haber escrito sobre alguien tan grande como Natalia Ginzburg o sobre un hermano suyo rotundamente anónimo y sería lo mismo: lo hermoso es el modo en el que habla de sus amigos, y sus complicidades, y sus conversaciones, y sus peleas… y lo que hace con todo ello en digresiones, notas al margen, comentarios aparte, distracciones. El clima que se crea en este libro es extraordinario, y se levanta todo un tiempo, un ambiente, varias formas de entender la búsqueda creativa. Quiero decir que aquí no importa nada el chismorreo, ni la sociología literaria, ni tal o cual nombre. Aquí importa la vida, la parcelita de existencia que le tocó a Trevi en aquel tiempo, encarnada mejor que nadie por esos dos amigos ahora fallecidos, a los que se homenajea y se recuerda en un libro tan profundo como limpio.

Éste sí es un libro sincero pero no malicioso, crítico pero no «juzgador», honesto pero honrado, y en el que se entiende que querer a los amigos y recordarlos con afecto no pasa por aplaudirlos sin más, sino ante todo en tratar de comprenderlos, en hacer el esfuerzo de pensar su vida en perspectiva y ante todo en celebrar esos años en que les fue concedido estar juntos. Aquí no hay «novelizaciones» ni trampas, no es un libro timorato porque es un libro lleno de cariño, se permite entrar en la intimidad de su amigos (e incluso conjeturar sobre sus problemas mentales) sin que ninguno de ellos –seguro– pudiera haberse ofendido o molestado. Y aun así, como sucede siempre en las mejores obras literarias, el tema es lo de menos, aprovecha para hablar de cien cosas más, y lo hace siempre con inteligencia y buen talante, con algunas heridas pero con un enorme amor por la literatura, que sólo puede ser reflejo de su apego a todas esas cosas a las que sirve y canta este tipo de literatura, no de uno mismo y sus complejos y sus supuestos intereses y justificaciones, sino de nosotros y nosotras, de lo mejor que somos o, mejor, de lo mejor que podríamos ser.

Libertella es Libertella, y está bien. Trevi somos todos. Es por ahí por donde podemos empezar a enfocar y entender la cuestión.

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