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Andreu Jaume

El fracaso en la plaza del Macba

El individuo que promociona el mundo virtual del siglo XXI ya no conoce apenas la experiencia colectiva ni la introspección solitaria

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El fracaso en la plaza del Macba

MACBA.|europa press

En un poema memorable, Parque de Montjuich, Carlos Barral describió Barcelona como «una ciudad discreta, noble, hospitalaria. / Rectilínea y sin plazas. Tal vez interesante». Barral estaba dando voz en esos versos a un argentino de paso por la capital catalana, un punto de vista que le permitió imaginar cómo se veía su propia ciudad natal desde fuera. La ausencia de plazas –y de parques– es una característica de Barcelona que suele llamar la atención del visitante y que quizá sea elocuente con respecto al alma de los que determinaron su trazado moderno. Como es sabido, el plan inicial del político e ingeniero Ildefons Cerdà preveía un ensanche con patios abiertos y ajardinados, algo que hubiera suplido la falta de plazas y de espacios destinados al ocio común. La obsesión por el negocio –nec otium, sin ocio– acabó cerrando esos interiores y frustrando la posibilidad de tener una ciudad mucho más abierta al cielo. Antes, el gobierno de Isabel II había descartado el proyecto, ganador del concurso municipal y diseñado por Antoni Rovira, que imaginaba un ensanche radial, inspirado en el Ring de Viena y con la plaza de Cataluña como epicentro. Duele soñar lo que hubiera sido la ciudad según aquel plan. 

Debido a esa serie de condicionantes históricos, las pocas plazas que hay en Barcelona son casi todas accidentales y a menudo imposibles, fruto muchas veces de delirantes lógicas viales, carriles ampliados, rondas con trombosis, cuadriláteros sobrantes y sin árboles. La teoría de la «plaza dura», en un lugar cuyo clima pide a gritos la sombra del follaje en primavera y en verano, es otro ejemplo de la filosofía que ha inspirado la evolución de la ciudad. Si uno se pasea por el Raval, no tardará en cruzar la llamada plaza del Macba –en realidad plaça dels Àngels–, pensada sólo para dar perspectiva y aplauso al lamentable edificio de Richard Meier que el alcalde Maragall adjudicó por capricho a un solar vacante tras un viaje a Nueva York. Con el paso de los años, el museo ha ido perdiendo protagonismo y prestigio, pero en cambio esa plaza, destinada al turismo más que a la ciudadanía, se ha transformado en un ágora habitada por skaters –que aprecian la calidad del suelo, al parecer única para su deporte–, vagabundos, estudiantes, raperos, bailarines o gimnastas. Los olvidados por la planificación urbana y la especulación han tomado el espacio y lo han convertido en expresión de su forma de estar en el mundo, proponiéndose sin saberlo como celebración del resto que habitan, como residuo palpitante de una humanidad acosada por la tecnificación y el comercio. 

La reflexión viene al caso por el excelente documental de Eva Garrido, Fail Better, coproducido por Filmin y estrenado el pasado 2 de mayo en el festival D’A de Barcelona. Con una admirable economía de recursos y un lenguaje visual sobrio y maduro –Herzog y Wiseman se encuentran entre sus influencias–, la directora, que en Inquietos (2020), su primera obra, se había adentrado en el zoo de la misma ciudad para interrogarse acerca de la relación entre hombres y animales, se introduce ahora en esa plaza para observar qué hacen y qué piensan las gentes que la frecuentan, en su mayoría jóvenes que bailan, juegan, tocan el bongo, beben y fuman. Hay bailarines excelentes que utilizan la fachada acristalada del museo como espejo para ensayar sus coreografías. Se oye hablar en varias lenguas, pero no importa tanto la variedad cultural que se refleja como la ausencia de identidad que todos parecen compartir, unidos, aunque sólo sea durante un rato, por una comunidad horizontal. Durante la pandemia, la juventud que aparece ha utilizado el espacio como lugar de desahogo y encuentro, antes de ser desahuciada cada noche por la policía. El acierto de Eva Garrido en su forma de rodar estriba en que no aprueba ni condena lo que ve, simplemente registra lo que ocurre todavía y a ras de suelo, sin ocultar la banalidad o la ingenuidad, el desamparo o la acedia. No hay planos cenitales ni apenas contrapicados, sino que la cámara se mantiene a altura humana. No se ve el cielo. En la sinopsis publicitaria, se habla de que «el film se va haciendo a sí mismo y dibuja un mapa: lo que está en juego es una utopía, otro mundo posible donde no quepan la competitividad y la urgencia, donde el juego y la palabra vuelvan a tomar el poder». Y hay ahí una contradicción, tal vez un error: la utopía –ouk tópos– es el no lugar, la negación del momento y su hipóstasis en un futuro que está siempre por cumplirse, una de las maldiciones de Occidente contra las que el documental se rebela. 

Quien mejor teorizó sobre ello en nuestro país fue Rafael Sánchez Ferlosio, cuya obra ensayística –y aun narrativa– gira siempre en torno al conflicto entre bienes y valores, entre el carácter y el destino, entre la efusión de felicidad y la tiranía  del argumento. Para ilustrar ese pleito nuclear, Ferlosio, en más de una ocasión, glosó la tabla derecha de El jardín de las delicias, el tríptico de El Bosco, en particular el detalle que muestra a unas cuantas figuras, niños y adultos, calzados con botas de cuchilla y deslizándose felices por la superficie de una laguna helada. Eran los skaters de la época. Esa imagen constituía para Ferlosio la mejor representación de lo que él llamaba los juegos anagónicos y anómicos, opuestos al agón y al nómos que destruyen la felicidad cuando alguien  susurra al oído de los patinadores ociosos: «A ver quién es más veloz». En God&Gun (2008), comenta el escritor al respecto:

«Creo que el modelo de los que, a falta de otra expresión mejor, designo como ‘deportes deslizantes’, tomado de entre los juegos anagónicos y anómicos, puede servir para ilustrar de un modo empíricamente perceptible los rasgos propios de aquel ‘tiempo distenso’ en el que cada instante está en sí mismo y no en función de un antes y un después –tal como en el ejemplo del patinador he subrayado que disfruta, durante el ejercicio, del ejercicio en sí, y por lo tanto, dentro de él, no fuera, no en función de algo exterior al ejercicio mismo– y que es el tiempo del corazón quedo, colmo, concorde con su propio contenido en un ahora autopresente, no ensartado en un vector de sentido, como una lanza que lo atravesara, no dirigido hacia ningún futuro, o, en una palabra, el tiempo sin sentido de los bienes y la felicidad. A este tiempo, cuyo ahora se desliza por un todavía y cesa en un ya no, le di hace ya más de cuarenta años el nombre de ‘tiempo consuntivo’. Al tiempo contrapuesto, que corre, sin ahora, por un todavía no y se cumple y corona en un ya, le di, a su vez, el nombre de ‘tiempo adquisitivo’».

La juventud de hoy en día, abandonada por la educación pública, adiestrada en la utopía de la realización laboral y la producción, en esa verticalidad acróbata que Peter Sloterdijk ha denunciado mejor que nadie y que se resume en el acoso mercantil del «tú puedes», del «querer es poder», del «conquista tu futuro» y de toda la falsa metafísica de la superación personal, la salud de gimnasio y el éxito social, está más que nunca atenazada por ese «tiempo adquisitivo» que se opone a la fiesta del saber, el estudio y el arte y que fomenta un olvido tecnificado en aras de la inversión. El individuo que promociona el mundo virtual del siglo XXI es un sujeto masificado que sin embargo ya no conoce apenas la experiencia colectiva ni la introspección solitaria. De hecho, internet puede verse como la última manifestación del mito judeocristiano de la salvación –secularizado en el marxismo–, que niega este mundo y promete el paraíso en otra dimensión, desgarrados los occidentales, como vio también Sloterdijk, entre la doctrina de la Edad Dorada de la cultura grecorromana y la expulsión edénica del Antiguo Testamento. 

Fail Better se abre con unos versos de Wislawa Szymborska que dicen: «Hasta donde alcanza la vista, aquí reina el instante. / Uno de esos terrenales instantes / a los que se pide que duren». No podía haberse elegido mejor epígrafe para esta bella y arriesgada reflexión acerca de lo que Parménides llamó el ser único y continuo, ingénito e indestructible, una trascendencia efímera en la que no hay un más allá celestial sino tan sólo un pobre y desnudo más acá terrenal. Eva Garrido dedica el documental a sus dos hijos, Valentina y Nicolás, en edad de empezar a jugar en la plaza. Como madre –y esa es quizá su apuesta más difícil–, la directora se revuelve contra la mentira, denunciada ya por Nietzsche, de que «el hijo es más que los dos que lo engendraron», es decir, que el presente es algo insatisfecho, inacabado y en  última instancia vacío que los jóvenes siempre tienen la obligación de redimir. En ese aspecto, el título inequívocamente beckettiano celebra el fracaso reiterado como forma real de existencia, libre de las constricciones y las ideologías que han hecho del mundo un campo de batalla.  Y el adagio del concierto en sol de Ravel que abre y cierra la película se convierte, por obra y gracia de toda la generosidad desplegada, en la mejor traducción musical de esa verdad. 

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