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José García Domínguez

La biblioteca fascista de Putin

«La particular corriente eslavófila que inspira el pensamiento del presidente ruso está vinculada a los orígenes doctrinales de los movimientos fascistas»

Opinión
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La biblioteca fascista de Putin

El presidente ruso, Vladimir Putin.|DPA

Prueba suprema de la definitiva deriva intelectual de la izquierda que se llama a sí misma transformadora, categoría que nos permite excluir de ese aturdido cajón de sastre a la siempre inofensiva socialdemocracia, es la insólita comprensión que desde ese ámbito, el de la radicalidad anticapitalista militante, está recibiendo la invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin. Anuencia tácita, la de los antisistema, que no deja de resultar simplemente asombrosa cuando se conoce un poco, solo un poco, el pensamiento político profundo del dueño del Kremlin. Porque si algo salta a la vista en la cosmovisión de ese antiguo funcionario de los servicios secretos soviéticos es precisamente su anticomunismo. Un anticomunismo en extremo visceral, pero también muy racionalizado, el de Putin, que volvió a ponerse de manifiesto en el larguísimo discurso sin papeles que pronunció ante las cámaras de la televisión estatal para anunciar el reconocimiento de las dos repúblicas secesionistas proclamadas por sus partidarios en Dombás y Lugansk. 

Cuesta, sí, mucho trabajo entender que alguien deudor del legado doctrinal del marxismo-leninismo pueda mostrarse complaciente con el bando ruso en la guerra. Y es que la muy elaborada coartada histórica con la que pretende legitimar la acción militar al otro lado de la frontera asienta sus cimientos en un ataque demoledor contra los bolcheviques, a los que de modo expresó tildó en esa intervención de traidores a la patria, y, más en concreto, contra Lenin, el padre de la Revolución, a quien tiene por instigador y responsable último de la conspiración antirrusa que habría llevado a los fundadores de la URSS a implantar el llamado derecho de autodeterminación de las nacionalidades en la Constitución comunista de 1924, el germen, a su personal juicio, del proceso de desintegración territorial que sucedió a la caída del régimen en 1989. A ojos del nacionalista ruso Vladimir Putin, los internacionalistas bolcheviques creadores de la URSS, estado en cuyas iniciales no se hacía de modo deliberado mención a territorio concreto alguno, fueron la encarnación política del mismo Diablo. 

El pensador de cabecera del Kremlin, un autor cuyas obras completas se entregan a la totalidad de los altos funcionarios del Estado con la indicación expresa de que deben ser estudiadas, es un teórico fascista eslavófilo, Iván Ilyín, que combatió contra los bolcheviques

Y de ahí lo extravagante de que tanta extrema izquierda aturdida quiera persuadirse de que la Rusia actual tiene algo que ver todavía con la difunta patria del proletariado. Pretensión tanto más enternecedora cuando se acusa recibo de quienes resultan ser los autores de los tratados de filosofía política que el presidente ruso frecuenta con obsesiva devoción casi  mística. En este novísimo mundo nuestro de las redes, el ruido mediático ubicuo y las audiencias cada vez más emotivas e infantilizadas, a Putin se le tiende a presentar como un malvado de cómic, una mente siniestra y ansiosa de acumular poder y territorios sin límite por efecto de una desviada psicología patológica. Pero detrás del expansionismo militar de la Rusia postsoviética hay algo bastante más complejo que los desvaríos megalómanos de un personaje sacado de un guion de la factoría Marvel. Algo que arraiga en la secular tradición eslavófila del país y que imprime su carta de la naturaleza profunda a una de las dos almas rusas (la otra es la pro occidental). 

Léanse, sin ir más lejos, las opiniones sobre Ucrania del Nobel Alexander Solzhenitsyn, el más célebre y celebrado de todos los disidentes soviéticos, y se comprobará, no sin algún asombro, que pensaba al respecto exactamente lo mismo que Putin. Si bien la particular corriente eslavófila que inspira el pensamiento -y el proceder- del presidente ruso resulta ser la vinculada a los orígenes doctrinales de los movimientos fascistas de los años veinte y treinta en el Este. Así, el pensador de cabecera del Kremlin, un autor cuyas obras completas se entregan a la totalidad de los altos funcionarios del Estado con la indicación expresa de que deben ser estudiadas, es un teórico fascista eslavófilo, Iván Ilyín, que combatió contra los bolcheviques integrado en el Ejército Blanco. Un reaccionario en el sentido original y genuino del término, Ilyín, alguien obsesionado con que la depravación y la incurable decadencia moral de Occidente pudiera llegar a contaminar algún día a la Rusia eterna. Nuestra progresía estrábica cree que en Ucrania se combate contra la OTAN, pero el genuino enemigo a batir en esa guerra es la Modernidad.

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