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Juan Marqués

Bukowski en los Sanfermines

«Si alguien enviase hoy a Herralde una novela como ‘Mujeres’ es bastante probable que los de Anagrama avisaran a la Policía»

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Bukowski en los Sanfermines

El escritor Charles Bukowski.

Los de Galaxia Gutenberg convocan a las librerías madrileñas a una comida con Kallifatides en un restaurante griego llamado Krítikos (pero, según me entero después, ese nombre es por Creta, no por la crítica). Le pregunto si la comida es realmente griega, y me dice que sí, que las recetas son las mismas, y que están bien cocinadas, pero que el sabor se ha perdido casi por completo en algún momento de estas últimas décadas. «Estos tomates, estos pepinos, estas cebollas… No sé. La receta es idéntica, pero tú ya nunca podrás probar las salsas de hace setenta años, y no puedes ni imaginar lo que te pierdes». Incurro después en la vulgaridad de preguntarle por el Nobel y, tras un gesto de indiferencia, sonríe: «Aunque lo cierto es que yo vivo a tres calles de la Academia Sueca. Si algún año de éstos andan mal de dinero y quieren ahorrarse el viaje y el hotel…».

Al abrir la bolsa, los cubitos de hielo huelen a Venecia.

Un nestea y unos donetes son mi menú en la playa de la Malagueta, mientras miro de reojo a las francesas y leo de frente, durante horas, a María Victoria Atencia. Anoche cenaba premiadas tapas de foie y vino caro con el alcalde de Estepona y algunos amigos muy queridos, escritores muy admirados, y hoy me veo así, tirado e indolente como un jipi, felizmente solo, saboreando la normalidad alrededor, exhumando de bolsillos olvidados monedas que ya no llegan para una bolsa de drakis. Me he acordado de aquellas dos semanas de agosto en que, siendo aún becario en la Residencia de Estudiantes, me fui a sustituir al portero de la casa de mis tías, en Zaragoza. Hubo un día en que a las siete y media de la mañana recogí y limpié los cubos de basura, fregué a conciencia los cuatro pisos de la escalera, ordené entre enormes y marrones cucarachas el sótano de las calderas y luego me fui corriendo a coger un autobús barato que cuatro horas después me permitió comer con los reyes de España y hablar sobre Unamuno con un ministro de Cultura que había por entonces. Que nunca se termine este vaivén porque me encanta vivir así, me alegra conocer esos extremos, del lodo al lujo, de unas renuncias que jamás son dramáticas a unos salones que me divierten mucho más de lo que me fascinan, y que me atraen en el sentido de la curiosidad omnívora y de un humor muy aragonés, no en el de la admiración acomplejada ni, desde luego, en el del rencor de clase. Vuelvo a Atencia: «Sabré si he de durar lo que queda del día / cuando me sepa –como ahora– sola, / desasistida y sola / y a vuelta de una esquina que da entera al vacío, / en el tierno ejercicio de / aprender a quererte cada vez más deprisa, / porque la historia puede perderse en retrocesos / y el pasado emprender un camino de vuelta / que ya estuviese, inadvertidamente, a punto de alcanzarme: / cuando huye el tiempo lo hace de puntillas»… Hubiera querido aprovechar esta visita para visitarla y entrevistarla, pero no ha podido ser. Y ante ella y entre sus criados, sin ninguna mitomanía por mi parte, sin el menor servilismo, mi corazón trabajador, agradecido, sí se habría postrado.

Malvado es quien se beneficia a costa de la paz de los demás.

Creo que hay que ser comprensivo con los robos de libros. Como dice Manuel Borrás, si alguien roba un libro es porque lo necesita. Pero, añado, sólo es lícito robarlo cuando va a ser leído inmediatamente, o al menos en un tiempo razonable. Si alguien roba un libro y no lo lee en, como mucho, dos o tres semanas, que le corten las manos y le saquen los ojos.

El otro día me traje al barrio a Atxaga para empezar una posible nueva serie de entrevistas y, mientras probaba la ya célebre fideuá de Carmen, contó algo en lo que pensar. Cuando andaba por Reno, en aquel curso en el que ejerció  de profesor invitado, aprovecharon un verano para hacerse la Ruta 66. Experiencia estupenda, claro, pero le sorprendió lo exageradamente uniforme que era todo a lo largo de tantos miles de kilómetros: casi el mismo paisaje, el mismo lenguaje, la misma apple pie en la misma gasolinera, la misma mirada, las mismas indumentarias…, como si esa uniformidad fuera una causa o una consecuencia de la unidad de los States, una identidad común. «En España, decía él, si conduces de Málaga hasta mi casa va cambiando todo cada cien kilómetros. Cambia el paisaje, cambia la gastronomía (y es siempre rica), cambia el idioma (aunque sea el mismo), cambian los rasgos de la gente, cambia el clima, cambia el color de todo, cambia el sentido del humor… ¿Y qué hemos hecho con toda esa riqueza?».

Hoy he ido por primera vez a la redacción de El Mundo y, reunión aparte, he recogido un montón de libros entre los recién llegados y, sobre todo, entre los que tenían arrumbados y descartados por allí. Tienen un armario lleno de libros de poesía retractilados, intactos, desdeñados, perfectos. Nadie acude a él: sólo lo abren para seguir metiendo todos los versos que llegan. Ojalá todos los poetas comprobaran y comprendieran de una vez lo invisibles que son sus hallazgos, lo poco demandadas que son sus genialidades, quizá así podría haber esperanza para la poesía. De vuelta, vengo leyendo Umbilical, de Neuman. Es como lanzarse de cabeza a una piscina llena de miel. Quiero decir que el malestar no es sólo intelectual, es algo físico.

Café con Jordi Amat en la calle Argumosa, justo el día en que Gabriel Ferrater hubiera cumplido cien años. Ayer, en la presentación de su biografía, apenas estaban los presentadores, nosotros dos y cuatro personas más, pero de repente aparecieron Yolanda Díaz e Íñigo Errejón con sus equipos y todo se revolucionó en Blanquerna. Es increíble lo que ha pasado con Jordi, y es estupenda la humildad o, mejor, la serenidad tan catalana con la que él asiste a todo. Hacía varios años que no nos veíamos, tras muchos en los que estuvimos cerca, ayudándonos mutuamente en los proyectos, leyéndonos minuciosamente, dándonos chivatazos sobre su Ridruejo o mi Santa Marina y poniéndonos en contacto con otros cómplices que nos podrían ayudar. En la «familia Mainer» somos como los masones: estamos obligados a auxiliarnos en todo momento, tenemos nuestras contraseñas. Y, mucho más trabajador y disciplinado que yo, es justo que me haya sacado tanta ventaja, algo por lo que me alegro de corazón. No sólo por él, sino por mí: en cierto modo, nos quita presión a los demás. Que uno de los nuestros haya llegado hasta ahí ya justifica a la generación de hispanistas que, pensábamos, iba a «apagar la luz», la última que sabría quiénes fueron Ramón de Basterra o Antonio Espina, quienes ya no íbamos a tener nadie a quién explicar lo que nos explicaron a nosotros, lectores sin ya lectores, «hijos sin hijos». Y me alegra, además, que lo esté haciendo todo fuera de la universidad, donde tan difícil va a ser ya hacer nada importante o, al menos, algo que trascienda (aunque la historia del franquismo que prepara Nico Sesma en la de Grenoble va a ser una lección). Mientras hablamos, se nos acerca una chica cien por cien Lavapiés, gritando bastante alterada: «¡Pero es que es increíble lo franquistas que somos!, ¡estoy hasta el chocho de fachas por todos laos!, ¿os parece medio normal esto?», y nos pone a cinco centímetros de los ojos una moneda de dos euros con un águila. «Pero es una moneda alemana», le explica Jordi, sin apenas inmutarse, y entonces ella remata: «¡No me jodas! ¿Alemana? ¡Ahora sí que me has acojonao!».

Han venido Cristina Almodóvar, Alvar Haro y Carmen Bueno a comer a casa, para agradecerles las preciosas viñetas que han dibujado para los próximos libros de La Veleta, y ha sido una de las comidas más divertidas de todas las que vamos improvisando. La gente ve las fotos que publico en las redes tras esas comidas, casi siempre con escritores, y piensa que se trata de tertulias literarias (la cosa más antipática del mundo), cuando lo cierto es que raramente se habla de libros. Pero hoy ha sido especialmente bonito verles a ellos tres, que no se conocían, hablar de sus cosas, de sus técnicas, de sus galerías, de sus clientes…, un mundo muy desconocido para mí y que me produce muchísima curiosidad. Por lo visto hoy, queda desmentido aquello de que sólo los pintores son peores que los poetas. No, seguimos siendo imbatibles.

Veinte días con los niños. Mis problemas con los nervios y con la paciencia, Uno aspira a lo zen, y más bien se comporta como un energúmeno. Y qué frustrante: somos encantadores con gente que nos da igual y nos portamos mal con gente por la que moriríamos sin dudarlo ni un segundo.

Estoy absolutamente convencido de que, cuanto más dice la gente «qué calor hace», más calor hace.

El otro día, mientras desayunábamos, expliqué a Bruno qué son los encierros de los Sanfermines, y nos reíamos pensando en qué pasaría si no existieran y a alguien se le ocurriera hoy proponer al alcalde de Pamplona un disparate así, iniciando lo que con el tiempo y la repetición se convertiría en una tradición que, como tal tradición, seguiría celebrándose cuando ya el hecho en sí fuera poco menos que impensable, anacrónico, inconcebible. Me gustó ver aquello a través de los ojos de un niño de diez años, que con razón no se podía creer lo que estaba viendo. «Pero, papá, los toros van muy rápido, y van muy nerviosos». «Sí, Bruno». «Y oye, papá, me parece que los cuernos están afilados de verdad». «Sí, mi vida, son toros normales, adultos. La cosa va en serio». «Y la gente corre como loca delante, porque como los pillen…». «De eso se trata, amor, ésa es la gracia». «¿Y nunca ha pasado nada malo?». «Bueno…». Hoy, releyendo a Bukowski en este rincón del Pirineo al que me ha traído Carmen, me he acordado de ello, pues con él sucede lo mismo: si alguien enviase hoy a Herralde una novela como Mujeres es bastante probable que los de Anagrama avisaran a la policía. «Oigan, es que hemos recibido un manuscrito un poco preocupante, no sabemos si…». Bukowski es, en su relativa simpleza literaria, todo un desafío intelectual, porque ya en su tiempo jugaba con los límites. Consigue hacer reír con verdadera brutalidad, de modo que conviene leerle con el mismo espíritu con el que vemos las películas de Tarantino, es decir, pensando que tienen más de cómic que de realismo: ese margen de deformación permite una diversión no demasiado culpable, o nos hace encajar sin demasiado dolor, por ejemplo, el desamparo de algunos de los niños que aparecen en sus textos. Un lector de más de treinta años que siga pensando que Bukowski es lo más de lo más resultará siempre un poco ridículo, pero también se equivocan quienes lo desdeñan sin dedicarle tiempo, sin releerlo, viviendo de la impresión que les causó a los quince años. Lo cierto es que tiene momentos literalmente geniales, cuentos gloriosos (especialmente los que contienen, entre tanta bajeza, algún elemento fantástico, como el genial Hacia arriba sin alas), momentos de una inspiración liberadora, carnavalesca, hipervitalista… Es, desde luego, un escritor único, originalísimo, todo un fundador, sin verdaderos antecedentes y sin seguidores considerables entre los miles de capullos que han intentado imitarle. Quien se haya quedado anclado en la literatura de este hombre es un desdichado, pero me parece totalmente imprescindible haber pasado por ella, y muy aleccionador regresar de vez en cuando.

Y una cosita más: dediqué las mejores horas de los mejores años de mi cancelada juventud a estudiar la literatura de extrema derecha, y desarrollé un sexto sentido al respecto, una intuición que no suele fallar. O, mejor dicho, comencé a leer todo con unos radares muy particulares. Bukowski nació en Alemania en 1920: creo que su famoso nihilismo es genuino, es decir, no es un nihilismo de estirpe filonazi, ni siquiera nietzscheano, pero sí algo que puede ser entendido como consecuencia indirecta (pero no muy indirecta) del derrumbe. Su hedonismo y su egoísmo, tan desaforados, pueden tener algo que ver con la demencia colectiva que vivió su país, y sobre todo con el desastre y el castigo con el que terminó todo. Y su literatura, tan rebosante de manifestaciones apolíticas que yo me creo, puede recibir una nueva luz, bastante inquietante, si se la ilumina con ese foco de 1945. Por ejemplo, cuando «Chinaski» afirma que Knut Hamsun es «el escritor más grande del mundo», creo que simplemente está formulando un juicio literario, perfectamente legítimo porque Hamsun fue realmente un titán de la narrativa, y perfectamente creíble porque, leyendo a los dos, es natural que el californiano disfrutase con el noruego. Pero, recordando fechas y detalles de esa opinión (y de varias otras, como su desprecio hacia Kafka, o su odio por Nueva York…), lo cierto es que asoma una sospecha que tal vez podría rastrearse (lo que quiere decir que seguramente ya se habrá rastreado).

«Lo importante no es Dios, sino hacer caca» (Artaud, citado en un aerolito de Carlos Edmundo de Ory)


Huesca es una ciudad llena de detalles bonitos, pensada con buen gusto, como si la hubieran preparado para una yincana ilustrada. Y tiene tantas librerías como Zaragoza, teniendo doce veces menos de población, lo cual dice mucho de las dos ciudades. He enseñado a Carmen las pajaritas de Ramón Acín, uno de los rincones más especiales de España, y luego Ana ‘Anónima’ nos ha llevado a un paseo al que se han unido Nico y Ana, que andaban por aquí. Un camarero coreano se ha enfadado conmigo con toda la razón del mundo por aludir yo a su origen chino (me lo merezco, por bocazas), y sólo entonces Nico me ha hecho ver que el bar se llama «Seúl», y que en fin, que ya me vale… Con esto culminan diez días en el Pirineo que han sido simplemente sanadores para mí, la desconexión que de verdad necesitaba, leyendo sin parar pero por placer (Bukowski, Baroja, Riezu, Burns Marañón, Gautier, Arranz, Yeats, Rebón…), caminando con chanclas por bosques embrujados y haciendo el dominguero por los ibones, un Mr. Bean de los senderos que evitaba la cerveza, veía el mundial de atletismo y pronunciaba, como mucho, doscientas palabras al día. Marta D. Riezu dice en Agua y jabón que «un escritor sin miedo al fracaso tiene más posibilidades de llegar a sitios interesantes». Nosotros, de momento, volvemos a Madrid.

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