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Ignacio Vidal-Folch

Escrivá acierta y los demás yerran

«Es democráticamente insoportable que por nacer en un lugar u otro de España se paguen más o menos impuestos. Urge retirar a los caudillos regionales ese poder»

Opinión
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Escrivá acierta y los demás yerran

El presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla. | Europa Press

Al margen de si es acertada o no, en cuanto a beneficios recaudatorios finales y como estímulo de la actividad económica, la decisión del presidente andaluz Juan Manuel Moreno Bonilla de suprimir el impuesto de patrimonio, siguiendo en esto el antecedente de Isabel Díaz Ayuso para la Comunidad de Madrid, es interesante como reveladora de la inadecuación y de los excesos disolventes del Estado de las Autonomías (cuyos momentos más comprometidos han sido hasta ahora el plan Ibarretxe y el procés). Iniciativas como la de Madrid y Andalucía no hacen sino seguir la lógica de una descentralización que sin duda dio muy buenos rendimientos para la modernización de España pero que ha sido pervertida.

¿A nadie le chirría la desinhibida declaración del señor Moreno de que con la supresión del impuesto de patrimonio aspira a atraer a Andalucía las fortunas catalanas que están hastiadas por los confiscatorios impuestos de la Generalitat; fortunas que, sin embargo, no se decidían a deslocalizarse hacia Madrid porque la capital les producía rechazo, mientras que Andalucía puede resultarles más atractiva? Esto no es así. El dinero, las fortunas, como sin duda bien sabe el señor Moreno, no atienden a sentimientos de simpatía o de repulsa, sino que se mueven –o se inmovilizan— según cálculos de oportunidades y de beneficios. La atracción o rechazo emocional entre Barcelona y Madrid es, intelectualmente, propia de la clase de tropa, de hinchas de fútbol. En niveles de relaciones más abstractas, como las que rige el dinero, se atiende a paradigmas de otro orden.

Por consiguiente, aunque entre los catalanes acaudalados hay también (como en todas partes) muchos fanáticos, me atrevo a profetizar que pocos, o ninguno, de los que vieron oportunidad de acogerse a las exenciones madrileñas, la desdeñaron por supuesta repugnancia a la capital y ahora vayan a hacerlo a las andaluzas. No, por más que la lluvia en Sevilla sea una maravilla y que como el parque de María Luisa no haya otro en el mundo entero. No, aquí lo significativo y alarmante es la hostilidad interregional declarada, como una ocurrencia más de nuestros políticos. El propósito no ya arteramente celado, sino expuesto con desparpajo y candidez por el señor Moreno, y recibido con indiferencia general, de robustecer el músculo económico de la región que señorea… a costa del capital de otra región, en este caso Cataluña.

«Esa declaración de guerra económica alentará la hispanofobia del nacionalismo catalán»

Cabe pensar que esa declaración de guerra económica (que podría tener, admitamos pulpo como animal de compañía, una ligera excusa en tantas provocaciones racistas y xenófobas de la dirigencia catalana al resto de los españoles, especialmente a los andaluces y castellanos) alentará la hispanofobia del nacionalismo catalán, y en este sentido ya ha reaccionado el consejero de Economía de la Generalidad, Jaume Giró: «Es por esto por lo que algunos queremos irnos de España cuanto antes mejor. Las declaraciones de Bonilla o Ayuso ponen de manifiesto que algunos no tienen inconveniente en debilitar a Cataluña para fortalecer a Andalucía o Madrid».

Por otro lado, puede despertar a las castas económicas e intelectuales catalanas y empujarlas a exigir a las autoridades regionales que aflojen un poco el dogal de su codicia recaudatoria, que ellas mismas se pusieron al cuello. Ya ha reaccionado en este sentido el presidente de Foment del Treball, Josep Sánchez Lliure: «Los empresarios catalanes aplaudimos lo que hace Andalucía, hay muchas inversiones extranjeras que no vienen a Cataluña por culpa del impuesto sobre el Patrimonio», y luego ha apuntado a las palabras del presidente andaluz: «No nos gustan sus formas, ni que se abra ninguna guerra territorial».

Moreno y Ayuso (¡menuda majadería, dicho sea de paso, el tuit de Ida felicitando a los andaluces: «¡Bienvenidos al paraíso!», en qué mundo de Yupi vivirá esa señora) en realidad no hacen otra cosa que llevar a su desarrollo y últimas consecuencias la lógica del Estado de las Autonomías, que es un Estado desigual y antidemocrático desde el momento en que consagra las excepcionalidades del País Vasco y Navarra, y que reparte competencias y autoridad con tal dadivosidad que reparte también la soberanía nacional. El nacionalismo catalán ha dado a luz a la horma de su zapato: un nacionalismo madrileño, uno andaluz, y los que vendrán, los que como él, no se preocupen del bien común de la nación, por más que se pongan la banderita en la muñeca y en el collar del perro, sino si acaso del voto de los vecinos de rellano.

Pero en el fondo la reducción a taifas o a cantones es también una victoria del nacionalismo catalán. Resulta democráticamente insoportable que por el hecho de nacer en un lugar u otro de España un ciudadano pague más o menos impuestos. Urge retirar de los caudillos regionales ese exceso de poder. Se precisa una recentralización precisamente en el sentido que apuntaba el ministro José Luis Escrivá que, con otras palabras, dicen lo que acabo de exponer; la prueba de que Escrivá ponía el dedo en la llaga es que a nadie le ha gustado lo que ha dicho. Se preferirán siempre los juegos de tahúr, las triquiñuelas contables, el beneficio cortoplacista, la disensión y la política. Nada nuevo bajo el sol.

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