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Juan Marqués

Noche cerrada

«No hay nada que ‘romantizar’ en aquellas escaramuzas que a corazón abierto trataban de declarar que la guerra por otro tipo de sociedad seguía viva»

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Noche cerrada

Me gustaba mucho más el título original, La noche de los Cuatro Caminos, pero es lo único de aquel volumen de 2001 en Aguilar que prefiero a este Madrid 1945 de hoy, presentado ahora en uno de esos flamantes volúmenes que Andrés Trapiello, con la complicidad tipográfica de Alfonso Meléndez, domina por completo en Destino. De hecho, de todos los libros del autor, el que con más claridad reclamaba una actualización era éste. No sólo por todo lo que sucedió desde su publicación (esas reacciones, esas llamadas telefónicas, esas imperfecciones descubiertas, esas lagunas o esas casi epifanías de las que hemos ido sabiendo en buena parte gracias al Salón de Pasos Perdidos, el colosal diario de Trapiello), sino porque el tono de aquel era excesivamente novelesco, tenía un enfoque explícitamente narrativo que ahora en buena medida se ha retirado, dejando sólo lo mejor, esa atmósfera como ‘modianesca’ en la que, «para que no te pierdas por el barrio», se mueven los desesperados personajes.

Detesto el concepto de libro-objeto, no tanto por ser una tautología sonrojante sino más bien por lo contrario: reducir los libros a «objetos» es no entenderlos, y por supuesto están pensados para quienes no leen. Pero quienes ya hemos pasado por las últimas ediciones de Las armas y las letras o por Madrid anhelábamos algo parecido, editorialmente hablando, para la versión seguramente definitiva de esta desoladora historia que, nítida hasta lo doloroso, vuelve a nosotros desde una larga y sangrienta noche madrileña en el corazón de los años 40. Si el valleinclanesco Madrid de 1920 era «absurdo, brillante y hambriento», el de un cuarto de siglo después no tenía ninguna gracia, y si la tenía era una gracia culpable. El retratado en este formidable libro era un Madrid mal abrigado, deprimido y peligroso.

«Claro que había más ‘Españas’ en Madrid en ese momento, pero probablemente ninguna más ‘humana’, precisamente por ser la más ‘animal’»

Si era en el Rastro de Madrid, un lugar donde terminan tantas cosas, donde comenzaba el mencionado Salón, es en la Cuesta de Moyano donde se exhumó la historia de este grupo de hombres que, decididos a seguir plantando batalla al régimen franquista, y sin mucho ya que perder varios de ellos, asesinaron en la sede de Falange del barrio madrileño de Cuatro Caminos a un joven afiliado y al conserje, un herido de guerra, acción no precisamente gloriosa que, lejos de erosionar en absoluto la dictadura, más bien visibilizó la necesidad que por aquellas fechas, en vísperas del final de la Segunda Guerra Mundial, tenían los españoles de pasar página a su propia guerra de una maldita y resignada vez, ya estuvieran vilmente felices, simplemente conformes o comprensiblemente asqueados con el nuevo estado de cosas.

Alfonso Riudavets, el librero donde comienza la historia que ha rescatado Trapiello. | Juan Marqués

En un país serio se le habría hecho ya un solemne homenaje civil a don Alfonso Riudavets, o se le hubiera dado alguna medalla al mérito en el trabajo a ese barojiano y veterano librero que, tras algunos tiras y aflojas, acabó cediendo a Trapiello el deteriorado cartapacio del que ha salido este libro, en el que, por encima o por debajo de las fichas policiales de los implicados, obtenemos un retrato-robot general de la España de la primera posguerra. Pero el mérito es de Trapiello: el estudio de esos documentos, la búsqueda de los que lo complementaban y la reconstrucción no solo del proceso o del atentado, sino de toda la época, del contexto, de los antecedentes o de las directrices y contraórdenes que lanzaba el desmembrado pero incombustible Partido Comunista… Claro que había más ‘Españas’ en Madrid en ese momento, pero probablemente ninguna más ‘humana’, precisamente por ser la más ‘animal’, en el sentido de la más instintiva, la más acuciante, la más en vilo.

«Todos los protagonistas de este libro, tanto los abstractos como los físicos, son trágicos»

Conozco a varios historiadores a los que les encantaba La noche de los Cuatro Caminos. Ahora les gustará aún más, pues Madrid 1945 viene enriquecido con una vasta iconografía: muchísimas fotos de época (algunas tan impresionantes como las de los desfiles nazis por Madrid en 1943, tras un relevo del embajador alemán), la reproducción de periódicos y archivos militares, curiosidades, o los propios cuadernos donde Trapiello iba levantando o afinando la historia preceden a un apéndice documental donde se transcribe parte del sumario que llevó a casi todos los participantes a la pena de muerte.

Todos los protagonistas de este libro, tanto los abstractos como los físicos, son trágicos. La dictadura, el crimen, la muerte, las torturas, el hambre, el frío, la miseria, la clandestinidad, el miedo, la desconfianza, la violencia, las purgas, las delaciones, la tristeza, el fanatismo, la sumisión, el dolor, las orfandades, la ausencia de libertad… Los pequeños hilos de esperanza o compañerismo o compromiso son, cuando menos, ambiguos, y la historia de amor que lo cierra no es un broche venturoso sino más bien amargo. Y sin embargo este libro tiene luz, y desde luego ilumina en parte la profunda noche española de los años 40. Por utilizar ese detestable verbo de moda, no hay nada que ‘romantizar’ en aquellas escaramuzas que a corazón abierto trataban de declarar que la guerra por otro tipo de sociedad seguía viva. Y, desde luego, no hay nada que agradecer al régimen que nos ‘protegía’ de esos guerrilleros, y que en aquella década fue especialmente cruel.

La belleza solitaria del extrarradio de Madrid convivía con la negrura esencial de todo. En aquel tiempo y en estas páginas. Cualquier clase de alegría parecía imposible, cualquier forma de redención quedaba lejos. Pocas veces hemos podido verlo tan claro.

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