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Rebeca Argudo

¿Nos importa la verdad?

«Que el dedo acusatorio de una víctima sea determinante e inhabilite cualquier otra consideración es un disparo a la libertad de expresión»

Opinión
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¿Nos importa la verdad?

La Manada. | The Objective.

Acabo de terminar el libro de Juan Soto Ivars y me ha dejado una sensación desoladora. El libro es magnífico y el tema me parece de gran importancia. De hecho, he regalado ya tres. Pero me ha dejado el mal sabor de boca de sentirme impotente ante una injusticia. Una que, además, nos puede salir muy cara a todos. Y no sé si achacarlo a la mala fe, a la desidia, la cobardía, la rabia o la codicia. O a todo, a veces junto y otras por separado, dependiendo de si a quién enfoco es a los medios, a ciertos periodistas, a la justicia, a la víctima o a su abogada. A modo de introducción y leve pincelada informativa, por situar: el libro de Soto Ivars relata el caso conocido como el del tour de la manada, un bulo mediático lanzado por el colectivo ultrarracionalista Homo Velamine y que criticaba mediante una acción sarcástica la indecente instrumentalización que los medios habían (habíamos) hecho del caso de La Manada.

Los miembros del colectivo lanzaron una web, con aspecto de agencia de viajes, en la que se ofrecía un falso tour por Pamplona visitando los lugares en los que se había desarrollado el drama. Tres días más tarde, cuando ya todos los medios habían picado el anzuelo y, sin contrastar la información, la habían publicado, se sustituyó en la web el tour que nunca existió como tal por capturas de pantalla de la cobertura informativa y un comunicado en el que se desmentía la oferta, se explicaba el propósito y se analizaba el impacto. Cinco meses más tarde, son denunciados por la abogada de la víctima de la violación de La Manada y Anónimo García, cabeza visible de Homo Velamine, será arrollado por un demencial proceso judicial.

La verdad aquí, y es una, es que el tour nunca existió y que la intención de Anónimo García nunca fue hacer daño a la víctima. Y sobre lo contrario a eso, es decir, sobre la mentira de afirmar que el tour es real y que la intención de Anónimo era provocar dolor y humillar, descansa la denuncia que le tiene inmerso en un proceso judicial por lo penal. Y lo grave no es eso, no es que la abogada de la víctima decida presentar esa denuncia falsa. Lo grave es que esa denuncia haya tenido recorrido. Y aquí es donde este caso debería hacer que nos sintiésemos todos interpelados. Porque podemos pensar que Anónimo fue desconsiderado, grosero, cruel, hiriente… Podemos emitir el juicio moral que consideremos correcto ante lo que hizo. Que nos desagrade y que nos repugne. O todo lo contrario. Pero que la justicia haya considerado (aún después de todas las veces que él ha expresado cuál era su intención y qué ocurrió) que Anónimo García es culpable, que lo que él explica no tiene ningún valor y que lo único a considerar en ese proceso penal es el dolor (supongo que real, no tengo por qué dudarlo) de la denunciante, provocado exclusivamente por esto y no por ninguna otra exposición de su caso (en un momento en que ese caso era lo más, por no decir lo único, que aparecía en la conversación pública), es muy peligroso. Muy peligroso para todos.

«Hay a quien le conviene que no se separe el juicio moral del penal»

Porque el mensaje es que cualquier víctima, por el mero hecho de serlo, puede situarnos fuera de la legalidad si se siente ofendida por nuestra aproximación a su caso, más o menos creativa, más o menos crítica, más o menos objetiva. Lo que dice cuando no tiene en cuenta los hechos y solo las emociones de una de las partes es que la condición de víctima convierte a esa parte en poseedora de la verdad absoluta, de la razón. Que el dedo acusatorio de una víctima es determinante e inhabilita cualquier otra consideración. Y eso es un disparo a la libertad de expresión y de creación, una puerta abierta para la inseguridad jurídica de los que nos dedicamos a la palabra. 

El problema, creo, es que hay a quien le conviene que los dos debates que aquí se presentan, se confundan. Que no se separe el juicio moral del penal. Y podemos pensar, no es incompatible, que es una putada lo que le pasó a esta chica, pero también lo es lo que le está provocando ella (o su abogada) a Anónimo. Es compatible que nos parezca mal crear una web con un falso tour sobre un caso como este y que eso no signifique que deba ser enjuiciado penalmente, que pierda su trabajo o que vea su futuro hipotecado. Me parece, y me indigna, que el hecho de que frente a él quien se siente sea una víctima de violación convertida por este esquizofeminismo imperante en un símbolo intocable haya sido determinante para que Anónimo se vea solo en esto y no importe. Mejor le habría ido cantando raps contra la corona o la guardia civil. 

Creo que hay que defender la libertad de expresión y de creación frente a todo ataque, más aún en los momentos incómodos y en los temas controvertidos, allá donde se ven cuestionadas y puestas a prueba nuestras convicciones especialmente. Y si quien está enfrente es la víctima de la Manada, como si es mi madre, y hay que situarse en contra, pues se hace. Que aquí no hemos venido, precisamente, a caerle bien a nadie. 

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