THE OBJECTIVE
Miguel Ángel Quintana Paz

Lecciones que hace 80 años aprendimos mal

«Qué lecciones profundas (sobre la Verdad, la Nación o el Mal) no hemos sabido aprender, o aprendimos mal, durante nada menos que 80 años tras el Holocausto»

Opinión
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Lecciones que hace 80 años aprendimos mal

Foto: Michael Sohn

Como cada año, el final de enero nos trae unos días de recuerdo del Holocausto. Y es que fue también a finales de tal mes, pero en 1945, que unos cuantos soldados rusos llegaron por primera vez hasta las alambradas de Auschwitz. Primo Levi, uno de los escasos supervivientes de aquella fábrica de un millón cien mil cadáveres, nos lo contó así:

«No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez que les sellaba la boca y les retenía la mirada sobre aquel espectáculo horrible. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irremisiblemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla».

No se restringió a aquellos militares soviéticos, claro está, tal sentimiento de vergüenza. El mundo entero se conmovió: junto al propósito de que no volviera a suceder nada así, inquietaba el interrogante de cómo era posible que hubiera sucedido algo así. Sociólogos, psicólogos, historiadores, politólogos, filósofos… dedicarían las décadas siguientes a escudriñar tal asunto. Pues investigar Auschwitz era, en realidad, investigar lo más íntimo del ser humano: ese lugar del alma del que emana la crueldad absurda del guardián con un recluso, pero también la generosidad no menos absurda de un escuálido prisionero con otro.

¿Cabe hallar algún hilo conductor por en medio de esa maraña de explicaciones, palabras, estudios, artes que ha suscitado el Holocausto? Vamos a intentar ofrecerla aquí, según un criterio muy sencillo: diferenciar entre las lecciones equivocadas (que hemos aprendido) y las lecciones acertadas (a menudo por aprender) que en estas ocho décadas nos han legado.

«Muchas personas de izquierda consideran nazi todo aquel que se ubique dos centímetros a su derecha»

Cierto es que, al hablar de lecciones erradas, es probable que a más de uno le venga a las mientes enseguida esa única enseñanza simplona que tantos han parecido extraer del nacionalsocialismo, y que cabría resumir en la siguiente máxima: «Llama nazi a todo aquello que te disguste». O peor aún: «Llama nazi a todo aquello que sea contundente». Así, se te tilda de un «nazi de la gramática» si le recuerdas a alguien que los pronombres demostrativos no necesitan tilde. Y muchas personas de izquierda consideran nazi todo aquel que se ubique dos centímetros a su derecha en el espectro ideológico. Los neologismos «feminazi» (para una feminista radical) o «faminazi» (para un defensor radical de la familia) comparten igual lógica.

Con todo, lo que pretendemos aquí es remontarnos hacia la fuente desde la que manan semejantes derivas. No nos fijaremos tanto, pues, en si usamos con desaliño esta o aquella palabra, sino en qué lecciones profundas (sobre la Verdad, la Nación, o sobre el Mal mismo) no hemos sabido aprender, o aprendimos mal, durante nada menos que 80 años tras el Holocausto.

1. Verdad

En su libro El retorno de los dioses fuertes, R.R. Reno expuso hace cinco años un iluminador balance de lo que había sucedido con la idea de «Verdad» desde la posguerra europea hasta nuestros días. El profesor norteamericano mostraba que, bajo la aparente pluralidad de escuelas de pensamiento florecidas durante tales decenios, un mismo diagnóstico subyacía al liberal Hayek y al racionalista Popper, al socialdemócrata Rawls y al existencialista Camus, a la herencia del sociólogo Weber y a las propuestas del posmoderno Vattimo.

El diagnóstico era sencillo: el nazismo, la II Guerra Mundial, la Shoá, habían sucedido todos ellos porque algunas personas se habían tomado demasiado en serio la verdad. Y es que, según este balance, la gente que cree que existe la verdad resulta tremendamente peligrosa. Empiezas pensando que una cosa es verdad y acabas prendiendo fuego al parlamento de tu país o encerrando a todos los que de ti discrepen. Los nazis eran, según este análisis, señores muy convencidos de sus verdades; de hecho, este convencimiento era su problema, y no tanto las tesis concretas que defendían. El Occidente democrático y tolerante de posguerra estaba dispuesto a tolerar todo tipo de ideas, pero no tanto que se sostuviesen con demasiada fe; para ese Occidente democrático y tolerante es la firmeza, y no tanto las ideas concretas, la que resulta peligrosa.

El resultado de este modo de ver las cosas es que a Hans Kelsen había que darle razón: la democracia solo podía florecer si todos éramos un tanto relativistas. Y si no dábamos demasiada importancia a una idea u otra: dejemos que la lotería del voto mayoritario decida cuál es la que triunfa. Cierto es que luego, en tu ámbito privado, podrás creer en la Biblia, en que la Tierra es plana o en que tu caniche es el ente más importante del mundo; pero en el instante en que salgas por la puerta de tu casa, todas esas creencias personales debes amortiguarlas, relativizarlas, debilitarlas: el «pensamiento débil» de Vattimo te recomendaba proceder así.

«Un pueblo con convicciones más débiles no es un pueblo menos totalitario»

¿Cuál es el resultado de este diagnóstico? Como cuando ingerimos un medicamento inadecuado, lo cierto es que nos ha dejado más frágiles, más enfermizos, más incapaces de arrostrar los retos que nos abordan hoy.

Bien lo sabemos en España. Tenemos un Gobierno que avanza en la deconstrucción de nuestra Constitución, y apenas tenemos certidumbres fuertes desde las cuales enfrentarlo con contundencia. De hecho, se nos insinuará, ¿por qué «sacralizar» la Constitución, o nuestro sistema político? ¿No resulta un tanto «nazi» empeñarse rotundos en mantener cositas como el Estado de derecho o la división de poderes? Que ahora andemos en estas nos corrobora el error de la lección aprendida tras 1945. Pues un pueblo con convicciones más débiles no es un pueblo menos totalitario: es justo el tipo de pueblo domeñable con el que sueñan los totalitarios.

La misma conclusión cabe entresacar si miramos a Davos o tantas y tantas organizaciones internacionales. Klaus Schwab, presidente del Foro Económico Mundial, ya ha avanzado explícito que debemos caminar hacia un mundo donde la intimidad importe aún menos (es decir, no importe ya nada). Solo así se nos podrá controlar mejor cuán respetuosos somos con el medioambiente, con la Agenda 2030 y con el nuevo Evangelio (García-Margallo dixit) de este mundo sin evangelios.

¿Hay alguien que se haya alzado contra este inmenso proyecto de control? Es difícil hacerlo cuando no tienes principios firmes que defender contra él; y no tienes principios firmes que defender porque, paradójicamente, se nos ha enseñado entonces tú serías el verdadero nazi.

Cabe reconocer, en todo caso, que algunas voces ya vieron venir el error de todo esto. Algunas voces ya nos avisaron de que la enseñanza a extraer de Auschwitz no residía en debilitar nuestro aprecio por la verdad, sino justo en lo contrario: en que debíamos fortalecerlo. Y son voces que lo vieron muy pronto.

«A los totalitarios no se les combate solo con tolerancia o diálogo, sino agarrándonos a unas cuantas verdades»

Hannah Arendt nos advertía ya en 1951 que «el sujeto ideal del dominio totalitario no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino personas para quienes la distinción entre hecho y ficción (…) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (…) ya no existen». Algunos años antes incluso, un profesor judío alemán que había escapado en 1939 a los Estados Unidos, Walter Kotschnig, nos precavía con igual idea: a los totalitarios no se les combate solo con tolerancia o diálogo o apertura de mente, sino también agarrándonos fervientes a unas cuantas verdades con que combatirlos. Lo sintetizó él mismo en una expresión que ha acabado haciendo fortuna: abre tu mente, pero que no se te caigan los sesos.

Por desgracia, muchos sesos se han caído al suelo debido al lábil aprecio por la verdad que ha caracterizado estos últimos 80 años. Y de ahí brotan buena parte de nuestros males.

2. Nación

Otra enseñanza errada que aprendimos tras 1945 consistió en demonizar la primera mitad (lo nacional) de la ideología que tantos males había acarreado, el nacionalsocialismo (curiosamente, no se extrajo análoga moraleja para su segunda parte, la que alude al socialismo). Así, en los últimos años hemos asistido en Occidente a una constante erosión de las soberanías nacionales, bajo la excusa de que eran ellas, las naciones, objetos tan peligrosos para la felicidad humana como el virus del Ébola o las bombas de neutrones.

Si las naciones nos habían llevado a la II Guerra Mundial, la mejor salvaguarda contra algo semejante era debilitarlas, integrarlas, olvidarlas, denostarlas.

Quizá sea España, de nuevo, uno de los parajes del mundo donde esta lección mal aprendida haya proliferado con mayor exuberancia. Recordemos que, ya desde antes de 1978, nuestra nación soporta el desafío de dos secesionismos que no se han parado en barras a la hora de recurrir al crimen y el asesinato. Y bien, ante esos asedios, ¿cuál fue la respuesta mayoritaria de nuestros intelectuales «antinacionalistas» (Savater, Espada, Trapiello, Ovejero…) hasta hace bien poco? Pues consistió en criticar las naciones nuevas que se querían constituir (País Vasco, Cataluña…), pero nunca reivindicar (¡era de mal gusto hacerlo!) la nación española así amenazada. Al secesionismo se le ha combatido reivindicando la Constitución, reivindicando la concordia, reivindicando la Unión Europea, reivindicando a los ciudadanos libres e iguales… pero nunca reivindicando justo aquello que el separatismo quiere romper, que es la Nación. ¿Y si probásemos a hacerlo?

Poco a poco se va logrando, bien es verdad. Partidos (como Vox), intelectuales (como José María Marco), fundaciones (como la Fundación en Defensa de la Nación Española)… han cobrado en solo el último lustro una repercusión creciente, impensable hace solo un par de años más. A la fuerza ahorcan, diría el castizo: y es que, tras el intento de golpe catalán de 2017, muchos españoles captaron que lo que les atribulaba entonces no era tanto que se rompiera su Constitución ni su Estado de derecho, sino su España.

«Hubo países que nunca se creyeron el cuento aquel de que las naciones eran las culpables de la Segunda Guerra Mundial»

Con todo, una cosa es darse cuenta de que la nación no es tu enemigo —contra lo que algunos han querido aleccionarnos tras 1945 (y otros tras 1978)—; y una cosa muy distinta es ser capaces de recuperar tu soberanía nacional. Hay países que nos llevan en ello sobrada delantera porque hubo países, bien es cierto, que nunca se creyeron el cuento aquel de que las naciones eran las culpables de la Segunda Gran Guerra. Miremos a Polonia, uno de los Estados más pujantes de la actualidad (han triplicado su PIB en lo que llevamos de siglo): para ellos estuvo siempre claro que enfrentarse a los nazis, y luego al totalitarismo socialista, iba de la mano de reivindicar su atribulada nación. O miremos al propio Stalin, que cuando hubo de movilizar a su población contra la invasión alemana no echó mano de apelaciones al marxismo científico ni a la clase obrera mundial, sino al alma rusa y su tierra ancestral.

Cierto es que hoy nuestro combate no nos enfrenta a un Hitler ni a un Brézhnev; pero sí hay otros muchos poderes (ya hemos citado a Schwab; citemos también las inmensas megacorporaciones transnacionales, u organizaciones mundiales cada vez más impositivas) ante las cuales cada uno de nosotros, solitos, bien poco podremos hacer. Decía Ramiro Ledesma Ramos que solo los ricos podían permitirse el lujo de no tener patria. Hoy añadiríamos que solo los sumisos pueden permitirse el lujo, cuando tantos poderes aspiran a dominarnos, de despreciar ese ámbito, la nación, en que aún podemos influir con nuestra voz y nuestro voto. En que aún divisamos (más o menos) quiénes son los que nos gobiernan. En que aún podemos organizarnos y resistir.

3. Mal

Conocer los horrores del Holocausto conmociona hasta tal punto, como ya conmocionó a aquella soldadesca rusa de Primo Levi, que a menudo ello ha conducido a una conclusión equivocada: a la idea de que todo mal debe resultarnos horroroso. Esta es la tercera y última lección errada que vamos a sopesar aquí.

Sí, sin duda a cualquiera puede horripilarle que Amon Göth, comandante del campo de Plaszow, practicara el tiro al blanco desde la terraza de su residencia con los internos allí recluidos. O que Josef Mengele practicara a los suyos vivisecciones en el quirófano de Auschwitz-Birkenau.

Y, sin embargo, como nos recuerda de nuevo Hannah Arendt, el rasgo más preocupante del «mal, durante el Tercer Reich» era que «había perdido la característica mediante la cual la mayoría de la gente lo reconoce: la característica de ser una tentación». El mal estaba tan normalizado, tan integrado en la vida cotidiana de aquellos alemanes, que se presentaba con una cara mucho peor que la del terror: la del tedio, la de la monotonía. Ejecutar a disidentes, trasladar a masas de judíos hasta los campos, quemar sus cadáveres para no dejar huella, humillar a los inferiores, arrasar territorios, subyugarse ante los caprichitos del Führer: todas esas y otras muchas malignidades se habían vuelto tan corrientes, tan triviales como el sol que sale por la mañana o se pone al atardecer. Y nadie se horroriza demasiado por ninguna de esas cosas.

La enseñanza de todo ello, pues, la resumió bien Primo Levi: «Existen los monstruos, pero su número es demasiado bajo como para resultar de veras peligrosos. Más peligrosos son los hombres corrientes, los funcionarios dispuestos a creer y actuar sin plantear preguntas». Varias décadas más tarde, en su estudio dedicado a la psicología del mal (titulado, justamente, Evil) Roy Baumeister corroboraría tal tesis: la mayor parte del mal no la cometen ni los sádicos ni los ambiciosos (Arendt diría que no la comete ni un Yago ni un Macbeth), aunque sean esos los males que nos resultan más conspicuos. La mayor parte del mal la comete la gente normal, haciendo cosas normales, en sociedades que han normalizado ese mal.

«Pensemos si de veras nos estorba una idea de verdad fuerte para librar las batallas que nos quedan por vivir»

¿Cómo escapar de todo ello? La respuesta, inspirada de nuevo en Arendt, nos sirve tanto para evitar esa lección mal aprendida, como las otras dos que hemos sopesado antes en este artículo. Reflexionemos, simplemente reflexionemos.

Pensemos si de veras, como nos han malenseñado, nos estorba una idea de verdad fuerte para librar las batallas que nos quedan por vivir. O si más bien, por el contrario, nos fortifica.

Pensemos si vivir en una nación es un engorro o, más bien, algo que nos protege en este mundo ancho y ajeno.

Pensemos si el mal prefiere mostrar su crueldad desnuda o más bien envolverse en ropajes de lo normal y respetable.

Pensemos. Y entonces, parafraseando a Hannah Arendt, quizá descubramos que no existen pensamientos peligrosos para nuestro establishment, sino que pensar mismo les es peligroso.  

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