The Objective
Hugo Pérez Ayán

La ficción del colectivo LGTB

«Tener en común una orientación sexual, o apartarse de lo que históricamente era la norma, no implica compartir intereses, valores, identidad ni proyecto político»

Opinión
La ficción del colectivo LGTB

Ilustración de Alejandra Svriz

Cada año en junio se repite la misma historia. Calles, balcones y cuentas institucionales se engalanan con miles de banderas arcoíris, casi con más efusión que en cualquier festividad regional o nacional, dando por hecho que quienes son bisexuales u homosexuales se sienten necesariamente representados por ellas. Muchos ya no. Y no porque les moleste que otras personas celebren o reivindiquen el «Orgullo», sino porque rechazan la idea de que su orientación sexual los convierte por defecto en miembros de una comunidad con una misma identidad, símbolos e intereses.

Si el objetivo perseguido durante décadas por miles de personas ha sido dejar de ser ciudadanos de segunda, su colectivización en un sujeto político diferenciado del resto de la sociedad parece ir en la dirección contraria. Entonces, cabe preguntarse si es compatible la normalización con mantener una identidad política permanente basada en la orientación sexual.

No se puede negar, por supuesto, que sin el empuje de años de reivindicaciones y protestas como las que siguieron a los disturbios de Stonewall —cuya conmemoración tiene lugar precisamente en estas fechas— no se hubiera alcanzado en Occidente la plena igualdad jurídica de todos los ciudadanos independientemente de su condición sexual. Una premisa que ni siquiera es necesariamente exclusiva del «progresismo», sino que es también obligada por pura coherencia desde una perspectiva liberal y desde el propio humanismo de raíz cristiana.

La cuestión es que, alcanzados estos objetivos en la inmensa mayoría de naciones europeas y americanas, el Orgullo se ha convertido bien en una festividad llena de estereotipos que se retroalimentan de forma deliberada; bien en una ocasión de la izquierda para exigir que se reconozcan sus pretensiones más ideológicas, muchas veces mezcladas con proclamas marxistas e identitarias que nada tienen que ver con la verdadera igualdad.

Así, por una parte, el Orgullo se ha convertido en un evento del que difícilmente pueden sentirse partícipes quienes no comparten las proclamas de la izquierda más radical. Pero incluso su dimensión festiva resulta cada vez más difícil de conciliar con el objetivo de la normalización. Una celebración construida sobre estereotipos, una estética frecuentemente hipersexualizada y una permanente exhibición de la diferencia difícilmente puede transmitir la idea de que homosexuales, bisexuales o transexuales son, sencillamente, ciudadanos como cualquier otro.

«La propia sopa de letras que compone sus siglas revela su inconsistencia»

Respeto profundamente a quienes disfrutan de las carreras de tacones, las carrozas o las macrofiestas, pero sospecho que cada vez más personas viven su orientación sexual completamente al margen de ese imaginario. No porque renieguen de ella, sino porque no sienten la necesidad de convertir un rasgo personal o de su vida privada en el eje de una identidad pública y colectivizada.

Precisamente, tal vez el mito que deba superarse al fin es el de que existe un «colectivo LGTBIQ+». Tener en común una orientación sexual, o simplemente apartarse de lo que históricamente había sido la norma, no implica compartir intereses, valores, identidad ni proyecto político. La propia sopa de letras que compone las siglas revela esa inconsistencia: la homosexualidad y la bisexualidad describen una orientación afectiva y sexual; la transexualidad hace referencia a la identidad de género; la intersexualidad, a una condición biológica. Reducir a una persona a cualquiera de esos rasgos significa ignorar todo aquello que realmente configura su identidad: su familia, su profesión, sus convicciones, sus amistades o sus proyectos vitales. Tienen mucho más en común con quienes comparten esos ámbitos de su vida que con millones de personas cuya única coincidencia con ellos es la orientación sexual, o ni siquiera eso.

Paradójicamente, cuanto más insiste el activismo identitario en multiplicar las diferencias, más empeño pone en agruparlas bajo una misma bandera. Se añaden sin cesar nuevas categorías, cada una más estrambótica que la anterior, hasta rozar, en ocasiones, la parodia y, al mismo tiempo, se pretende que todas ellas formen parte de un mismo colectivo identitario. La contradicción es evidente. Esta obsesión por crear enseñas o añadir franjas de colores para cada nuevo particularismo no hace sino agravar el problema de fondo: la insistencia en que para ser respetado hay que pertenecer a un nosotros diferenciado.

Al final, elevar una cuestión personal a la categoría de bandera solo sirve para levantar una frontera donde debería haber una ciudadanía común. Se ha llegado incluso a situarla al mismo nivel que enseñas oficiales, como si la pretendida «comunidad LGBT» constituyera un sujeto político distinto del resto de la ciudadanía.

«La normalidad llegará cuando nadie espere que una persona homosexual, bisexual o transexual tenga una identidad política predeterminada»

Es así como llegamos a la contradicción de fondo. Resulta imposible avanzar hacia la normalización de la diversidad sexual si lo que se fomenta, ya no solo desde el activismo, sino también desde las propias instituciones —muchas veces incluso las gobernadas por la derecha—, es una forma de identitarismo que divide la sociedad entre una ciudadanía «común» y un supuesto colectivo LGTB. La normalidad llegará el día en que nadie espere que una persona homosexual, bisexual o transexual tenga una identidad política predeterminada o deba reconocerse en una determinada estética, unos símbolos o unos estereotipos.

Aspiremos a una sociedad en la que cada cual sea libre de vivir y expresar su sexualidad como prefiera, sin necesidad de una bandera que lo convierta en miembro de un supuesto sujeto político diferenciado. La verdadera normalización consistirá, precisamente, en dejar de ser una categoría aparte para ser, sencillamente, un ciudadano más.

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