Tres terremotos
«La incapacidad del Gobierno venezolano ha profundizado el dolor con la punzada de una certeza que ya nadie puede ocultar: que Venezuela es un Estado fallido»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Un terremoto es mucho más que una sacudida por el desplazamiento y choque de colosales capas tectónicas, más que un rugido ronco e intimidante o una grieta que surge de las profundidades. Es, sobre todo, un expediente trágico, un extravío, una conmoción que marca la vida y el destino de una nación. Para los griegos de la antigüedad, Poseidón, el agitador de la tierra (Enosichthon), era el dios que regía los terremotos. Cuando la deidad se enfurecía, golpeaba el fondo de los mares con su tridente, lo que provocaba temblores, seísmos y maremotos. También la historia de Venezuela puede leerse como el resultado de la ira divina, el castigo por no haber sabido propiciar con reciprocidad los dones del señor de las profundidades. Cuando la tierra tiembla, se estremecen las estructuras psicológicas, sociales y políticas.
El terremoto de Caracas, el 26 de marzo de 1812, fue un desencadenante de la caída de la Primera República de Venezuela, declarada tan solo un año antes. El sismo, ocurrido un Jueves Santo, destruyó Caracas, La Guaira y otras ciudades —San Felipe, Barquisimeto, Mérida— que estaban bajo el dominio de las fuerzas libertadoras. El colapso de las viviendas, los hospitales, las iglesias y los cuarteles provocó una gran zozobra. El bloqueo de las principales vías de comunicación, el desplazamiento masivo de población, la destrucción de la economía y de las fuentes de impuestos e ingresos de la nación, generó un caos abrumador.
El Libertador Simón Bolívar salió al paso con la famosa frase: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca», pero la gente atemorizada, confundida y desamparada buscaba orientación a través de la oración, pedía la protección de Dios. La narrativa religiosa prevaleció sobre el frágil discurso político y la incertidumbre y el trauma quebraron la confianza en el proyecto republicano. En los púlpitos derruidos, en las calles, encima de los escombros, curas con sotanas negras predicaban y anunciaban el castigo divino por haber traicionado al rey Fernando VII. La coincidencia entre el terremoto y la Semana Santa reforzó la interpretación providencialista con la que el clero realista presentó la catástrofe como una condena celestial contra la causa independentista. Francisco de Miranda capituló el 25 de julio de 1812.
Siglo y medio después, el 29 de julio de 1967, otro terremoto sorprendió a Venezuela. Esta vez, fue en un país que vivía un sueño de progreso y modernidad extraordinario, impulsado por la riqueza petrolera. A pesar del optimismo, de las magníficas autopistas y los desplantes de concreto armado, el colapso repentino de los edificios y los centenares de muertos en Caracas y el litoral central, dejaron a la población atrapada entre el pánico y la incertidumbre. Pero más allá del sentimiento de vulnerabilidad urbana, la población interpretó el desastre como un fenómeno natural que podía ser superado.
La intervención del Estado, la confianza en la ingeniería y la ciencia, la fe en que el país tenía los recursos para superar las adversidades, hicieron que el sistema democrático saliera parcialmente fortalecido. La tragedia impulsó reformas en los códigos técnicos de construcción, en la ingeniería antisísmica y promovió una mayor supervisión y control de las autoridades. La sociedad venezolana confió en que el futuro estaría asegurado mediante la planificación urbana, la educación y las políticas públicas adecuadas.
«Ocurre en una Venezuela psicológicamente agotada tras décadas de una destrucción institucional sin precedentes»
El terremoto del 24 de junio de 2026 ocurre bajo circunstancias totalmente diferentes. Primero, porque fue un inusual «doblete sísmico», compuesto por dos fuertes temblores, uno de magnitud 7,2, seguido de otro de 7,5, producido por el violento roce lateral entre la placa del Caribe y la placa suramericana que fracturó múltiples segmentos del sistema de fallas. El doblete y las réplicas subsiguientes produjeron una devastación nunca vista y representan un desafío distinto porque ocurre en una Venezuela psicológicamente agotada tras décadas de una revolución socialista que produjo un deterioro económico, una disminución del nivel de vida, una migración masiva y una destrucción institucional sin precedentes, tras el saqueo de las arcas públicas más colosal de la historia de las naciones.
Al momento de escribir este artículo, todavía desconocemos el número cierto de fallecidos, el asombroso número de edificios caídos o la magnitud del daño económico, pero estamos, sin duda, ante una tragedia colectiva de dimensión ciclópea que será difícil remontar en muchos años. El terremoto no solo ha generado un nuevo trauma en una sociedad vulnerable, sino que ha reactivado heridas acumuladas durante demasiado tiempo. El miedo ha dejado de ser una reacción frente a un movimiento circunstancial de la tierra para convertirse en una sensación permanente, en inseguridad existencial. El ser humano no puede soportar tanta realidad.
El doblete sísmico ha puesto de manifiesto la extraordinaria disposición de ayuda y solidaridad de la sociedad venezolana. Individuos y comunidades enteras organizan rescates espontáneos, comparten alimentos y habilitan refugios improvisados. La diáspora venezolana desempeña también un papel importante mediante campañas internacionales de ayuda económica y humanitaria. La catástrofe ha destacado los vínculos comunitarios y familiares capaces de sostener respuestas colectivas. Pero también ha hecho evidente la debilidad de la acción individual cuando faltan los medios institucionales. Millares de motorizados intentando llevar sus limitados recursos a las zonas afectadas se convirtieron en obstáculos para que los equipos de auxilio internacional pudieran también llegar con la maquinaria y herramientas adecuadas.
Todo desastre natural pone a prueba la legitimidad de los gobernantes. La rapidez de la asistencia, la transparencia en el manejo de los recursos y ayudas, la coordinación internacional, la capacidad de reconstrucción pueden acentuar o disminuir la confianza ciudadana. Las fallas en la planificación urbana, la falta de calidad de las infraestructuras o el desvío de fondos de la inversión pública quedan al descubierto. En nuestro caso, la falta de acción de los organismos de respuesta rápida para la gestión de catástrofes, el cuerpo de bomberos, las unidades de rescate, las fuerzas armadas, los órganos de protección civil, sanidad y seguridad ciudadana, no sólo ha hecho evidentes la incapacidad del Gobierno o la debilidad de las instituciones venezolanas, sino que ha profundizado el dolor y el duelo colectivos con la punzada de una certeza que ya nadie puede ocultar: que Venezuela es un Estado fallido.
Los efectos de los terremotos o los huracanes pueden ser traumáticos y dolorosos, pero, como bien señalan los estudios psicológicos sobre el trauma, la interpretación que le damos a los hechos es siempre el determinante de la superación y la cura. Las catástrofes naturales redefinen las relaciones entre ciudadanos e instituciones, modifican las narrativas con las que las sociedades interpretan su historia, y transforman los mitos que rigen la memoria colectiva. Los sismos de 1812, 1967 y 2026 constituyen tres momentos de la historia de Venezuela. A cada uno su idiosincrasia, pero, ante la ira de un dios que hace temblar el subsuelo, solo cabe la certeza de que la única alternativa para una sociedad es su capacidad para reorganizarse y reconstruirse manteniendo la esperanza.