The Objective
Carlos Mayoral

La palabra se quiebra en Venezuela

«Venezuela es una tierra herida, pero su palabra busca la regeneración. Volverá la calma y, con ella, la reconstrucción»

Opinión
La palabra se quiebra en Venezuela

Imagen creada con IA.

La tierra se agrieta bajo el noroccidente del país en un doblete sísmico devastador. El mismo suelo al que tantas veces recurrió la literatura venezolana para cantar a su geografía hoy sepulta vidas y estrofas. De Sor María Josepha a Rafael Cadenas. Cuentan que cuando el terremoto de 1812 redujo a ruinas la naciente Primera República, Simón Bolívar desafió los escombros pronunciando su frase más mística y lapidaria: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca».

Para un país cuya historia civil y literaria se ha cimentado sobre las fallas tectónicas, la elección de esas palabras no fue casual. No se trata de soberbia política, sino del eco trágico de una nación que sabe que su geografía es tanto musa como verdugo. El Libertador no le hablaba a un enemigo humano; le hablaba a la misma tierra que hoy, en un violento suspiro de 39 segundos, ha vuelto a fracturar el alma de Venezuela. Un doblete sísmico que ha derribado paredes, pero que, sobre todo, ha dejado miles de sillas vacías y un luto difícil de narrar.

En este territorio caribeño y andino que tanta literatura ha donado a nuestras letras, la inspiración siempre ha sido telúrica. La llanura indómita, la costa indomable, el tiempo suspendido de sus poetas. De algún modo, esta herida abierta en el noroccidente es también un golpe en el centro de su memoria escrita.

Sor María Josepha de los Ángeles es quizás la voz más remota que se refugió en la oración y el verso para dar sentido a la catástrofe de su tiempo. En su poema El Terremoto, donde retrata la devastación colonial de Caracas, describe el desconsuelo de ver el hogar deshecho: «¿Qué corazón habrá que no se mueva a compasión, viendo tanta tristeza, tanta desolación?». Por desgracia, la sismicidad cíclica mancilla hoy de nuevo esa misma frágil normalidad. Casi proféticas resultan las visiones poéticas que a lo largo de los siglos han advertido sobre la inestabilidad de este suelo.

De alguna manera, las palabras tendrán que sostener los techos caídos cuando el polvo termine de asentarse: Venezuela es una tierra herida, pero su palabra busca la regeneración. Volverá la calma y, con ella, la reconstrucción. Al pasear por la historia, uno se da cuenta de que la literatura venezolana se recrea siempre en el contraste de su naturaleza hermosa pero feroz. Es imposible no pensar en Andrés Bello cantando a la agricultura de la zona tórrida, o en la prosa monumental de Rómulo Gallegos, quien en Doña Bárbara describió una tierra que devora y exige sacrificios humanos. Pero el siglo XX y el XXI no han hecho más que heredar ese miedo latente.

«En esta simbiosis entre tragedia y poesía, el país se niega a quedar sepultado bajo las cenizas»

El eterno Rafael Cadenas, premio Cervantes y cumbre viva de sus letras, nos enseñó a buscar la resistencia en el lenguaje, incluso cuando todo lo exterior se desmorona. En esta simbiosis entre tragedia y poesía, el país se niega a quedar sepultado bajo las cenizas y el polvo de los bloques colapsados.

Volvamos al presente para reflejar el desamparo que este sismo despierta en sus creadores. Si la palabra es un bálsamo contra la intemperie, nadie como Cadenas para vestir la vulnerabilidad de un pueblo que hoy duerme en las calles, temiendo a las réplicas. Su poesía nos recuerda que el ser humano queda desnudo ante la fuerza cósmica, pero conserva la dignidad del testigo. Pronto cesarán los temblores, los rescatistas apagarán las alarmas críticas y detrás seguirán los versos de tantas voces que le han cantado al país en sus horas de sombra. Todavía más interminable resultará el empeño de reconstruir ese rincón caribeño al que ni la peor sacudida tectónica puede arrebatarle su identidad.

La literatura es a menudo una puerta para escapar de la realidad, pero en Venezuela, hoy, es el único refugio que queda en pie. Tantos buscaron sentido en sus letras en el pasado, y tantos seguirán abrazándose a ellas para levantar lo que la tierra decidió tumbar.

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