La independencia de EEUU y la Escuela de Salamanca
«Existe una coincidencia —tan profunda como ignorada— entre la doctrina salmantina y el ideario ético-político que legitimó la independencia americana»

Ilustración creada con IA.
La coincidencia de 500 años de la Escuela de Salamanca (1526) y 250 de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) permite constatar la coincidencia —tan profunda como ignorada— entre la doctrina salmantina y el ideario ético-político que legitimó la independencia americana.
Tradicionalmente se ha desdeñado la influencia histórica española, diplomática y militar, y, por descontado, doctrinal, en el proceso independentista norteamericano. Aunque últimamente ha habido valiosos esfuerzos por resaltar el decisivo papel de España, por ejemplo, en torno a la figura tan meritoria de Gálvez, se han olvidado los aspectos doctrinales salmantinos que impregnan la Declaración de Independencia norteamericana, a pesar de su influencia trascendental.
Dos hechos de excepcional importancia demuestran su impacto histórico. Uno, el alumbramiento de la primera democracia moderna, inmortalizada por Tocqueville como modelo paradigmático universal. Segundo, la apertura del ciclo revolucionario que, hasta la mitad del siglo XIX, transformó Europa y América.
La relevancia de estos hechos impulsa a indagar las fuentes doctrinales que inspiraron estos acontecimientos.
En efecto, para legitimar la rebelión e independencia de Inglaterra, las 13 Colonias necesitaban un fundamento ético-político incuestionable. Así, invocaron la inviolabilidad de los derechos naturales y las teorías del buen gobierno y la resistencia a la opresión. Las tres conforman la estructura doctrinal de la Declaración.
La historiografía ha generalizado la referencia a Locke y la Ilustración, ignorando la Escuela de Salamanca. Sin embargo, hay tres hechos irrefutables.
«A la Escuela de Salamanca se debe el primer concepto de soberanía popular»
Uno, la escuela salmantina fue la primera que formuló en la modernidad una doctrina sistemática y coherente de los derechos humanos, superando el ideal renacentista del hombre refinado y culto, para exigir respeto político y jurídico a la dignidad del incivilizado y bárbaro, como los injustamente considerados nativos americanos, condenando toda forma esclavizadora de hecho o de derecho.
Segundo, la teoría del buen gobierno se apoyaba en dos conceptos: origen popular del poder y cesión de su gestión por pacto. A la Escuela de Salamanca se debe el primer concepto de soberanía popular. Frente al despotismo, asociado al derecho divino de los reyes, que propiciaría la Ilustración, los salmantinos situaron el poder en el pueblo. La Naturaleza, al impulsar a los hombres a la convivencia, otorgaba el poder de organizarla. Este no venía de Dios al monarca, provenía del pueblo.
Además, el pueblo conservaba el poder. Solo permitía, mediante pacto, su gestión para protección de los derechos naturales y del bien común. La escuela salmantina sería también pionera en la formulación moderna de este pacto político. Frente a los pactos estamentales del Medievo, el salmantino implicaba a toda la comunidad y no se dirigía a la ficción de crear la sociedad frente a la naturaleza, como harían Hobbes, Locke o Rousseau, sino a organizar la comunidad y limitar el poder.
Tercero, la Escuela de Salamanca fue no solo pionera, sino la más radical en la formulación ética del derecho a la desobediencia, la resistencia, la rebelión o, incluso, al tiranicidio, frente a todo gobierno opresor que la Declaración de Independencia caracteriza, como Salamanca, por «quebrantar los fines para los que fue instituido».
«La Declaración de Independencia reflejará la doctrina de la proporcionalidad ética, característica de la escuela salmantina»
No solo eso: la Declaración de Independencia reflejará minuciosamente la doctrina de la proporcionalidad ética, característica de la escuela salmantina. La rebelión no puede justificarse por causas banales o efímeras, exige causas graves (Suárez: causa gravissima). Así, la Declaración invoca la permanente determinación inglesa de instaurar el despotismo. Para Salamanca, también la rebelión debía ser último recurso. A este criterio acudirá finalmente la Declaración de Independencia: la respuesta a nuestras repetidas peticiones de cambio (redress) solo fueron repetidas injurias.
Llegado este punto, las colonias invocarán no solo su derecho, sino su deber de rebelarse, un deber que Vitoria había formulado como obligación de devolver la salud a la república, Suárez como defensa del bien común y Mariana como acto honesto y virtuoso frente a la depravación tiránica.
A pesar de estas evidentes coincidencias, y otras, omitidas por razón de espacio, se ha prescindido completamente de la Escuela de Salamanca en la lectura historiográfica de la Declaración de Independencia de EEUU, ignorando que las doctrinas que la inspiran fueron formuladas dos siglos antes.
Sin embargo, reconocer la Escuela de Salamanca en la Declaración de Independencia norteamericana es devolver a la genealogía del pensamiento moderno su verdadera doble raíz: el sustrato doctrinal que alumbró por primera vez la democracia y el impulso revolucionario que desencadenó la transformación política de Europa, reconfigurando el pensamiento universal.