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Paradoja del camorrista

Foto: Kerstin Joensson | AP

Casi todas las familias contienen algún miembro problemático que, por el solo hecho de serlo, recibe un trato diferenciado. Hace menos, pero obtiene más; sus faltas se juzgan con menor severidad; sus demandas gozan de prioridad. Son, en una palabra, receptáculos de atención preferente. Y es que jamás se cansan: nunca dejan de expresar sus demandas, acompañándolas de una gestualidad exagerada o de la amenaza de romper la baraja. Ignorarlos es imposible.

Así sucede, ahora mismo, en la escena internacional. Donald Trump y Matteo Salvini se conducen como actores políticos fuera de norma, ajenos a las normas no escritas de la diplomacia internacional y empeñados a su manera en modificar la conducta de sus colegas. Su estilo causa perplejidad, cuando no vergüenza ajena: Trump sabotea las cumbres multilaterales y Salvini bromea en Twitter sobre la inmigración ilegal. Sin embargo, a veces tienen razón: Europa lleva décadas ahorrando en seguridad a sabiendas de que Estados Unidos cubriría sus espaldas en caso de conflicto, mientras que el fracaso de la política europea de inmigración ha hecho recaer una carga formidable sobre los hombros de Grecia primero e Italia después. He aquí, pues, dos reivindicaciones dignas de atención a las que no se hacía demasiado caso. Solo cuando los camorristas han desplegado su show ha venido a admitirse la razonabilidad de sus demandas y se ha formulado el compromiso -acaso solamente cosmético- de atenderlas. Pero no han sido las razones las que han persuadido a sus interlocutores, sino el puñetazo sobre la mesa.

Hay en esto una amarga moraleja. Ya que para alcanzar esa aparente victoria no solo se ha hecho teatro: Trump está desmantelando gradualmente el orden internacional liberal y Salvini despliega con evidente satisfacción un discurso nacional-populista que incluye la idea de confeccionar censos étnicos. Ganarse la atención de los demás tiene así un precio que pagamos todos. De hecho, el método del camorrista suele conducir al abuso injusto más que a la justa reparación. Tomemos el caso del independentismo catalán: un agravio mayormente imaginario ha desembocado en el intento sostenido por subvertir el orden constitucional; es tal el ruido que la democracia española apenas ha podido atender a otra cosa. De momento, el resultado de esa insistencia es la apertura de un diálogo con el gobierno central para explorar nuevas inversiones y competencias. Todo ello, mientras los extremeños siguen sin una red ferroviaria digna de tal nombre.

Esta paradoja no tiene fácil solución, pues la política carece de un método objetivo para sopesar la razonabilidad de las preferencias y depende, quizá en exceso, de los azares de la movilización o el liderazgo. Solo cabe esforzarse para evitar que se salga automáticamente con la suya quien más ruido haga, para lo que será necesario atender también a quien no hace demasiado ruido. Y eso, como demuestran el ascenso de las políticas de la identidad o la lógica sensacionalista del sistema mediático, nadie sabe cómo hacerlo.

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