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Rubalcaba y el fin de una era

Foto: Miguel Angel Morenatti | AP

Algunas muertes son algo más que el final de una vida: hay quien se marcha arrastrando tras de sí pedazos de una era, viejos aromas que pronto quedarán reducidos a fotografías distantes y periódicos viejos. No soy el primero en decir que la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba marca el principio del fin de una época. La tristeza y la nostalgia aparecen, cómo no, porque somos más hijos de una época que de una patria. O quizá porque la época es la única patria que importa.

En esta misma cabecera han aparecido magníficos perfiles del que fue uno de los mejores políticos de nuestra democracia, por lo que no veo necesidad de extenderme sobre su dilatada y trascendente trayectoria. Mi intención es reflexionar humildemente sobre el vacío que deja Pérez Rubalcaba, sobre la triste constatación de que el talento político perdido no se sustituye.

Rubalcaba es símbolo de una época dorada de la política española; una época en que la política atraía los mejores talentos. Sus adversarios le odiaban; le llamaban Maquiavelo y Rasputín, motes que solo confirmaban su olfato político y su inteligencia. Esa habilidad para dominar la escena entre bambalinas, sumada a la finura de su verbo, le valieron la admiración de propios y extraños. Su audacia y su precisión oratoria eran un deleite para quienes veneramos el arte de la retórica, y sus intervenciones lucían un vuelo intelectual que ha desaparecido por completo de la arena política española. Pero no era todo astucia y esgrima dialéctica; como buen político despertaba admiración también a niveles más primarios: con Rubalcaba en el ruedo, muchos sentíamos que «la cosa» estaba bajo control. Costaba imaginarle perdiendo un duelo o volviendo derrotado de una negociación. Tan es así, que el que esto escribe se ha preguntado muchas veces dónde estaríamos si aquel lejano noviembre de 2011 se hubiera convertido en Presidente del Gobierno. Lo sé, los contrafácticos son siempre hipotéticos y oportunistas, pero a veces son ineludibles. 

Se recordará a Pérez Rubalcaba como un excelente parlamentario y un fino estratega, pero fue más que eso: tenía músculo ideológico, creía en sus principios y los defendía, algo que es muy importante recordar en un tiempo en que la política se ha alejado más que nunca de la batalla de ideas y se ha conformado con ser un concurso de ocurrencias. Rubalcaba demostró que se podía ser un hombre de Estado sin dejar de ser un hombre de partido. Y tal vez la lección que nos deja es que no hay mejor manera de servir a tu partido que siendo leal al Estado.

Uno de los aciagos efectos de la muerte es que pone el foco sobre los que se quedan. Habrá que pensar, cuando toque, por qué parece tan improbable que la excepcionalidad de Rubalcaba se repita.   

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