Argemino Barro

Tiranía a la americana

«Si el asalto al Capitolio tuvo algo bueno, es el habernos dejado una imagen poderosa, nítida como las que emanan de los clásicos, de Trump arengando a la turba en un último esfuerzo por sacrificar la voluntad popular»

Opinión

Tiranía a la americana
Foto: BRENDAN SMIALOWSKI| AFP
Argemino Barro

Argemino Barro

Corresponsal en Nueva York de 'El Confidencial' y otros medios españoles. Interesado en populismos y autoritarismos. Autor de 'El candidato y la furia, sobre el ascenso de Donald Trump', y 'Una historia de Rus: Crónica de la guerra en el este de Ucrania'.

Ahora que el ciclo de Donald Trump parece haberse cerrado, tómense, si gustan, cinco minutos. Hagan como esos nuevos estoicos que se sientan cada mañana en un rincón de su cuarto, con los ojos cerrados, y hacen un pausado inventario de sus vidas: del momento en el que están. O como quienes leen la sección de esquelas para empezar el día con sobriedad y perspectiva.

Estados Unidos ha resistido el embite de un potencial autócrata. Quizás dentro de algunos siglos, el final de la presidencia de Trump se lea como un pasaje de Tucídides o de Diodoro Sículo. Un panorama de confrontación y desorden en el que un aristócrata marginal, clamando contra la élite de la que proviene, «aspira a la tiranía».

Porque Donald Trump ha aspirado a la tiranía: a un gobierno pirata, contra el veredicto claro de las urnas.

Tómense cinco minutos y piensen en los últimos meses. Las 30.500 mentiras que ha dicho Trump durante su mandato fueron coronadas por la mayor de todas ellas, la del supuesto robo de las elecciones. Una treta para la que Trump fue preparando a sus seguidores durante todo el 2020, ligando el voto por correo con el fraude y pregonando que estas serían «las elecciones más corruptas de la historia de EEUU».

El pasado 3 de noviembre decenas de millones de personas acudieron a votar convencidas de que los demócratas cometerían tongo. Cuando esa noche Trump se proclamó ganador, a cuatro días de que terminase el recuento, una buena parte de los electores lo vio como algo legítimo y normal. Habían sido amaestrados.

Esta fue la gran prueba de las instituciones democráticas, el momento en el que dieron el do de pecho: los 60 jueces conservadores y progresistas que tumbaron los intentos de subvertir los resultados, el Tribunal Supremo, los gobiernos de los 50 estados, los liderazgos de ambos partidos, los medios de comunicación, el Ejército y finalmente el Congreso, mal que bien, cumplieron con su deber. No es poco.

Honor en especial a los cargos republicanos de estados como Georgia. A personas como Gabriel Sterling o Brad Raffensperger, que, a la hora de la verdad, pese a las presiones personales de Trump y a las amenazas de muerte a ellos y a sus familias por parte de la turba, antepusieron la ley al líder que ellos mismos habían votado.

Siempre buscamos los factores sistémicos del populismo: la globalización, la desigualdad, la alienación cultural o el alejamiento de las élites urbanas del sentir del pueblo. En este caso, sin embargo, tenemos que tirar por la vieja vía pop de la psicología del líder, como si la historia se pudiera contar a través de una persona.

Las condiciones estaban ahí, pero quizás solo Trump fue capaz de explotarlas. Alguien con una probada capacidad magnética, bregado en la televisión y en la prensa amarilla, vendedor de libros sobre el éxito y consumado manipulador de percepciones. En suma, una criatura sedienta de fama. Lo que Platón llamó, en La República, un “zángano”. Un hombre insaciable que arroja de sí mismo cualquier matiz “hasta quedar purificado de moderación”.

Siempre me han interesado los zánganos y sus colmenas autocráticas, como si fueran reminiscencias de una era primitiva: una forma de retornar, en nuestras sociedades complejas, al bosque de los peligros y las lealtades irrompibles, a los tótems y a los jefes mesiánicos. O a lo mejor son casos, simplemente, de abusones con éxito; matones que han logrado aprovechar las carencias sociales para multiplicar el número de sus víctimas.

Siempre me han fascinado. En 2006 vi a Fidel Castro en la Plaza de la Revolución de La Habana, en el que sería su último discurso del Primero de Mayo. La plaza estaba llena de vallas de metal que separaban a los asistentes como si fueran ganado. Estos habían sido convocados por sus respectivas empresas estatales para reunirse a las seis de la mañana y acudir a loar al dictador. A la hora y pico de discurso, plagado de autocomplacencia y de datos de producción probablemente falsos, un chico que estaba a mi lado le gritó: «¡Pero cuándo te vas a callar, mi hijo!».

Volví 11 años después. Durante un largo viaje en autobús, entre La Habana y Santiago de Cuba, un médico cubano que había vuelto del extranjero para visitar a su madre resumió en dos palabras lo que había sucedido en la isla: «Murió feliz».

Nadie sabe qué pasaba por la mente del moribundo Castro, pero la interpretación del médico me pareció deslumbrante. Fidel Castro había muerto feliz. Satisfecho. Realizado. El paisaje lúgubre que vimos en el trayecto, las calles de barro, el menudeo, los edificios destrozados como si acabara de haber una guerra, nunca importaron a Castro, que de niño retaba al sol a ver quién parpadeaba antes. Él era un zángano y absorbió todo el poder, todas las voluntades, todas las decisiones. En este sentido, cumplió su misión.

En 2012 estuve a unos pasos de Aleksandr Lukashenko, el dictador de Bielorrusia, mientras este y su hijo colocaban una corona de flores al pie de la llama eterna de Minsk. Era el Día de la Victoria y la dinámica me recordó a la de Cuba. Los allí presentes habían sido invitados por sus respectivos empleadores a acudir a loar al dictador. Como dicen allí: dovrovolno prinuditelno, «voluntariamente obligados».

Las últimas elecciones fraudulentas de Bielorrusia no colaron. El pueblo se echó a las calles. Las manifestaciones desbordaban a diario las ciudades y los pueblos. La policía se lanzó sobre la gente como un perro de presa. Los detenidos eran forzados a reconocer su culpa frente a las cámaras, en alguna oscura mazmorra, llenos de magulladuras, con una voz distorsionada indicándoles lo que tenían que decir. Estos, sin embargo, fueron los afortuntunados. Otros aparecieron ahorcados en el bosque.

El neurocientífico James Fallon, que lleva 30 años estudiando la psicología de los dictadores, ha detallado lo que siempre hemos sabido: que la vida de los zánganos gira en torno al narcisismo y la paranoia. Son personas en guerra con la realidad, tan incapaces de empatizar o de reconocer un error como de volar o de respirar bajo el agua.

En 2017, dos docenas de psiquiatras y otros expertos en salud mental publicaron una carta abierta diciendo que Donald Trump representaba un peligro para el país y para sí mismo. El presidente mostraba una “creciente falta de contacto con la realidad, marcadas señales de volatilidad y comportamiento impredecible, y una atracción hacia la violencia como forma de proceder”, escribió Bandy X. Lee, psiquiatra forense y editor de la carta.

Los firmantes creyeron adecuado saltarse la llamada «regla Goldwater», que recomienda no diagnosticar a un sujeto sin dar los pasos clínicos necesarios. Entre ellos, pruebas psicológicas y entrevistas cara a cara.

Dos años después, una carta parecida era firmada por 350 psiquiatras y otros expertos en salud mental. En ella advertían una «furia narcisista» en el presidente. «Lo que hace a Trump tan peligroso es la fragilidad de su sentimiento de valía» (4), escribieron. «Es incapaz de admitir la responsabilidad de cualquier error, fallo o fracaso. Su reacción por defecto en esa situación es acusar a los demás y atacar a la percibida fuente de la humillación».

Nunca sabremos qué habría pasado si el Congreso hubiera cedido a las presiones de Trump y de la muchedumbre. O si este hubiera sido realmente reelegido, o si hubiera perdido por un margen mucho mayor: y no del 1% de los votos en un puñado de estados, un hecho que, según el periodista Jonathan Swan y su granular reportaje de los últimos días de la Administración Trump, lo lanzó al delirio.

Si el asalto al Capitolio tuvo algo bueno, es el habernos dejado una imagen poderosa, nítida como las que emanan de los clásicos, de Trump arengando a la turba en un último esfuerzo por sacrificar la voluntad popular.

Lukashenko y Castro pudieron abrirse camino en sistemas endebles, incompletos, recién nacidos. Una serie de instituciones temblequeantes en las que se movieron como una navaja en un bloque de tocino. Pero en Estados Unidos, casi dos siglos y medio de tradición democrática habían refrozado los fundamentos. Y estos aguantaron el tipo. Tómense el minuto que queda, si gustan, para darles las gracias.

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