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Opiniones libres de algoritmos

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Toma de tierra

Foto: Toomas Tartes | Unsplash

Una de las primeras frases que aprendió a decir fue “¿Cuánto falta?”. Sus padres solían llevarlo de excursión y en ese hábito cifra Erling Kagge su kilómetro cero. Cumplidos los 55, este editor noruego ha hilado su experiencia andante en Caminar, una deliciosa invitación al paseo, al mensurable gozo de soñar erguido, acompasando los pasos y las ideas, y proyectando esa fricción, por la que el cuerpo pasar a ser mente andariega, sobre el horizonte mismo; sobre esa montaña, ves, a la que hemos ido aproximándonos hasta dejarnos engullir por ella: ¡y pensar (¡pensar!) que hace nada estábamos ahí abajo! (No hay nostalgia más punzante que la que surge de la certeza de avistar el pasado; volver la vista atrás, en su más recto sentido.) Bien sabe Josep Maria Espinàs (que ha dejado, ay, de llegarse a Lázaro a la hora del almuerzo) que el simple acto de interpelar al paisaje poniendo un pie delante del otro, es desentrañar el mundo. Sobre ese y otros aspectos discurre Kagge, y no sólo a partir de sus vivencias, sino también de la indagación en el campo de la neurología, cuyos últimos hallazgos validan las observaciones que, sobre este punto, nos legaron filósofos como Montaigne, Kierkegaard, Heidegger…

Sí, andar despeja la mente, infunde optimismo y estimula la creatividad (con incrementos de hasta el 60%, según un estudio de la Universidad de Stanford). En momentos de bloqueo, a Kagge nada le proporciona tan buenos resultados como bajar a la calle y darse una vuelta. “A veces apenas sirve de nada, pero en otras ocasiones mis pensamientos se liberan y parece que estoy rebosante de soluciones”. No siempre ha reservado a sus caminatas un uso tan funcional. En 2010, al borde del divorcio, emprendió una peregrinación por las alcantarillas de Nueva York de la que dejó testimonio en el reportaje Under Manhattan (del que no hay traducción al español). Tal como explica el autor, ante la certidumbre de que su vida se iba a la mierda, sintió el apremio de sumirse literalmente en ella y, de ese modo, mitigar, siquiera durante unos días, el tormento que le ocasionaba la ruptura. Más hostil que la red de cloacas neoyorquinas fue la ciudad de Los Ángeles, donde desplazarse a pie es un acto contracultural. Yo soy muy dado a desaparecer, a largarme en mitad de las fiestas sin decir nada o muy poco; a escurrirme como una sombra y poner tierra de por medio sin saber exactamente de qué huyo. Siempre he considerado esa costumbre un desarreglo propio de lunáticos, una locura temprana de la que no convenía presumir. Ya no lo tengo tan claro.

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