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Una carta foral en el bolsillo

Yo no sé si Ganivet quería ser original a cualquier precio, como aseguraba Ortega, o es que, simplemente, no se contentaba con ser uno más

Foto: Retrato de José Ruiz de Almódovar | Wikipedia

Yo no sé si Ganivet quería ser original a cualquier precio, como aseguraba Ortega, o es que, simplemente, no se contentaba con ser uno más. Cuando era un estudiante granadino de bachillerato, su profesor de retórica escribió en la pizarra una columna de diez palabras que debían ser las terminaciones de los versos de una décima y encargó a los alumnos que resolvieran el reto. Todos presentaron sus poemas… excepto él, porque, como alegó en su defensa, para decir tonterías en verso es mejor decirlas en prosa y aún mejor no decirlas.

Ganivet no quería, desde luego, ser un español aspirante, como cualquier otro, a llevar en el bolsillo “una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: Este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana”. Traducida al catalán de Francesc Pujols, la carta queda así: “Arribarà un dia que els catalans, pel sol fet de ser catalans, anirem pel món i ho tindrem tot pagat.”

Ese español que vendríamos a ser usted y yo, querido lector, estaría marcado de forma indeleble –según el Idearium español– por “nuestro carácter jurídico.” “No hay pueblo –asegura– cuya literatura ofrezca tan copiosa producción satírica encaminada a desacreditar a los administradores de la ley; en que se mire con más prevención a un tribunal, en que se ayude menos la acción de la justicia.” Esto no significa que no amemos la justicia, sino que la amamos como Quijotes jurídicos. Por una parte, nada nos parece más ajeno al ideal de justicia que las formalidades legales, la casuística, las excepciones, el recurso. Por otra, nada nos da más pena que un condenado. Todo el empeño que pusimos en condenarlo, se nos transmuta en lástima tras la condena. Viéndolo achicado por el peso de la ley, nos gustaría mandarlo a casa con su familia con la recomendación de que no vuelva a ser malo nunca más.

¿Somos realmente así?

El mismo Ganivet parece darse cuenta de que se ha dejado arrastrar por “nuestro carácter jurídico” cuando se corrige diciendo: “¡Cuántas cosas que en España son piedra de escándalo y que pregonadas a gritos nos rebajan y nos desprestigian, he visto yo practicadas regularmente en otros países de más anchas tragaderas!”.

El hoy casi olvidado, pero genial, Nicolás Ramiro Rico, nos advirtió de que “el supuesto primordial de España como problema es una Europa aproblemática.” Creo que deberíamos convertir estas palabras en jaculatoria y repetírnosla cada día antes de irnos a la cama.

Decimos tantas tonterías en prosa sobre nosotros mismos, que no estaría mal aprender a querernos en verso. Como podía haber dicho el poeta: ya está bien de ese vicio colectivo de andar helando corazones. Fue un republicano con corazón de demócrata-cristiano, Castelar, quien subiéndose a espaldas de su orgullo patriótico, dejó escrito que esa España que tanto decía amar, era la Turquía de Occidente. Y se quedó tan a gusto. No hay que querer tanto a la patria. Ella se conforma con que la queramos bien.

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