José Antonio Montano

Uno de mis detestados

«También yo he canturreado millones de veces, qué remedio, ‘por un beso de la Flaca daría lo que fuera’ y ‘todo me parece bonito’. Y este triunfo de Pau Donés sobre su detestador me parece ahora bonito»

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Uno de mis detestados
Foto: Enric Fontcuberta
José Antonio Montano

José Antonio Montano

Más escritor que periodista. Desclasado y centrifugador.

Se ha muerto Pau Donés, uno de mis detestados, y la pena es más grande que si hubiese sido uno de mis adorados. No porque me sintiese culpable, pues nunca le deseé ningún mal, sino porque yo “quiero” a mis detestados realmente: quiero que estén ahí, felices y a tope de salud, para que yo pueda ejercer sin sombra mi alegría detestadora.

 

Es una dialéctica rara, quizá poco comprensible, en estos tiempos de literalismos; unos tiempos antiirónicos (por debajo de la carcasa de risitas) en los que alienta la pulsión de aniquilar al contrario. Yo quiero que el contrario siga ahí, sobreviviendo a mis detestaciones y aun haciéndose fuerte con ellas, contra ellas. Él, al fin y al cabo, me hace el favor de poder definirme también en su contra. Lo que me gusta es esa electricidad, que haya nervio.

Por eso me dio mucha tristeza cuando me enteré de su cáncer. El mundo perdió para mí parte de su gracia, y estos cinco años sin chistecillos contra Pau Donés, con un cariño nuevo y melancólico por Pau Donés, han estado, paradójicamente, más alejados de la vida. Esta era mejor cuando Pau Donés daba rienda suelta a su buenrollismo y yo soltaba mis pullas.

Solo un pesimista cenizo, de esos que constituyen en sí mismos un sólido argumento contra la existencia, podría decir en estos casos: “¿Ves en qué acabó tu buenrollismo?”. Pero eso sería no haber entendido nada. La lucha contra la tiranía del buenrollismo no era, ciertamente, para instaurar la tiranía del malrollismo…

Pau Donés me prestó un servicio añadido: lo utilicé para meterme –por fastidiar a sus catecúmenos– con el escritor David Foster Wallace, al que llamé “el Jarabe de Palo estadounidense” por su parecido (bandana incluida) con el español. Ahora los dos están muertos. Se acabó la comedia, el dulce guiñol de los cachiporrazos, y se ha quedado el escenario vacío.

Tal vez no haya mayor homenaje a la vida que las canciones pegadizas: esos estribillos que se adhieren a los minutos con la vocación de persistir, y ahí pueden tirarse una tarde, semanas enteras; forzando una inmortalidad en forma de musiquilla. También yo he canturreado millones de veces, qué remedio, “por un beso de la Flaca daría lo que fuera” y “todo me parece bonito”. Y este triunfo de Pau Donés sobre su detestador me parece ahora bonito.

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