El gendarme mundial
El ataque de Trump contra Irán está en una línea histórica. Desde 1801, EEUU ha actuado como un gendarme mundial

El Philadelphia embarrancado en Trípoli. Su destrucción por un comando de Marines causó la admiración del Papa y del almirante Nelson.
«Desde los palacios de Moctezuma / hasta las playas de Trípoli / libramos las batallas por nuestro país».
Esos son los tres primeros versos del himno de la Infantería de Marina de Estados Unidos, los famosos Marines de tantas películas. Fue adoptado en la segunda mitad del siglo XIX, adaptando una música de Offenbach y con letra de autor desconocido. Es precisamente esta letra lo que nos intriga. La referencia a «los palacios de Moctezuma» está clara: en 1846-48 Estados Unidos libró contra México la guerra más ventajosa de su historia. Fue casi un paseo militar que culminó con la humillante conquista de la capital mexicana por los Marines, y México tuvo que ceder a Estados Unidos California, Arizona, Nuevo México, Texas, Utah, Nevada, y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. México perdió la mitad de su territorio y Estados Unidos casi dobló el suyo.
¿Pero qué quiere decir «hasta las playas de Trípoli»? Trípoli está en Libia, en el lejano Mediterráneo. En 1986 el presidente Reagan ordenó a la aviación norteamericana bombardear Libia en represalia por un atentado terrorista en una discoteca de Berlín detrás del cual podía estar Gadafi, y en el que 81 víctimas eran soldados norteamericanos. En 2011, durante la presidencia de Obama, fuerzas americanas integradas en una operación de la OTAN atacaron Libia y provocaron la caída del régimen y finalmente la muerte de El Gadafi, el dictador que había estado incordiando a Occidente durante 42 años.
¿Pero qué tenían que ver los Marines con Libia en el siglo XIX? En realidad, todo, pues se puede decir que los Marines iniciaron su andadura en «las playas de Trípoli», en los primeros años del siglo XIX: Tripolitania, junto a Túnez y Argelia, eran lo que se llamaba «regencias» del Imperio otomano, es decir, Estados vasallos de Constantinopla con gran autonomía de gobierno. Los tres países vivían de la piratería, con la que habían incordiado a los países cristianos de la Europa mediterránea desde el siglo XVI. Recuérdese que Cervantes fue capturado por los piratas berberiscos y estuvo cautivo durante cinco años en Argel, hasta que se pagó su rescate. También Marruecos, un sultanato independiente, participaba en las depredaciones.
Estados Unidos era un país de comerciantes, y sus buques mercantes llegaron desde el inicio de su historia al Mediterráneo. No importaba lo lejos que estuviese de América, el Mare Nostrum era un escenario de intenso tráfico comercial del que no toleraban ser excluidos los norteamericanos. Durante los años de la Guerra de Independencia, la alianza de los rebeldes americanos con la monarquía francesa les proporcionó protección frente a la piratería, pero cuando el conflicto terminó por el Tratado de París (1784), el escudo protector dejó de funcionar.
El 11 de octubre de 1784 un corsario marroquí apresó al bergantín Betsey: el primer barco de bandera norteamericana víctima de la piratería berberisca. Los americanos solicitaron ayuda al Gobierno español, que obtuvo de Marruecos la liberación del buque y la tripulación, pero que dio un consejo al embajador americano en París, Thomas Jefferson: «Paguen a los piratas». Jefferson negoció efectivamente el pago de unos «impuestos» para asegurar la libertad de navegación norteamericana, sin embargo, con el paso del tiempo llegó a la conclusión de que ceder al chantaje de los Estados piratas no era práctico ni decente, pues seguía habiendo apresamiento de buques americanos, cuyas tripulaciones se convertían en esclavos.
El problema era que al terminar la Guerra de Independencia en 1783, tanto la Armada como el pequeño Cuerpo de Marines fueron disueltos para evitar gastos. Durante los años finales del siglo XVIII los barcos mercantes norteamericanos no tenían a nadie que los protegiese, hasta que en 1794 se decidió reconstruir la US Navy. Cuatro años después, en 1798, el Congreso creó de nuevo el US Marine Corps.
Cuando en el año 1800 Jefferson se convirtió en el tercer presidente de Estados Unidos, decidió suspender los pagos a los Estados berberiscos y actuar militarmente contra ellos si fuera necesario. El bajá o regente de Trípoli, Yusuf Karamanli, le pondría la ocasión en bandeja. Era costumbre en Trípoli que cuando se daba un cambio de soberano en un país extranjero, sus embajadores hicieran «regalos diplomáticos» al bajá. Al enterarse del cambio de presidente en Washington, Yusuf reclamó un regalo de 225.000 dólares, y cuando recibió la rotunda negativa de Jefferson, el bajá ordenó cortar el mástil de la bandera norteamericana que ondeaba a la entrada de su consulado.
Esa era la fórmula tradicional de declarar la guerra en aquellas latitudes, con lo que el 10 de mayo de 1801 dio comienzo lo que los historiadores americanos han llamado Barbary Wars, las guerras Bárbaras, aunque sería más correcto decir las guerras Berberiscas.
La Philadelphia
En realidad fue una serie de conflictos menores que duraron hasta 1815, aunque la primera guerra Bárbara —de 1801 a 1805— alcanzaría importancia en el plano simbólico, mucho más que en el material. Jefferson envió una pequeña fuerza formada por tres fragatas y una goleta para bloquear el puerto de Trípoli y apresar buques adversarios. El Congreso no llegó a declarar la guerra, como exigía la Constitución, pero autorizó las operaciones militares para proteger el libre comercio y las tripulaciones norteamericanas.
Como suele suceder con estas guerras menores en las que no se quieren emplear todas las fuerzas de un país, el conflicto se prolongó en el tiempo y fue requiriendo una implicación cada vez mayor. La US Navy iría mandando barcos y más barcos, sin que se viese el final de la primera guerra Bárbara. Además, el adversario no era manco y era capaz de hacer daño a los americanos.
El peor tropiezo de la fuerza expedicionaria lo sufrió la fragata Philadelphia, uno de sus mejores buques. Armado con 36 cañones y con más de 300 hombres de tripulación estaba al mando de un oficial de alto rango y prestigioso: el comodoro Bainbridge. Esto no impidió que cometiese un error de navegación y embarrancase ante el puerto de Trípoli. El comodoro y sus 300 hombres fueron hechos prisioneros y sufrirían casi dos años de cautiverio, y los tripolitanos usaron el barco varado como batería flotante.
La única forma de paliar la humillación sería dar un golpe de mano para destruir la Philadelphia, una operación propia de fuerzas especiales. El 16 de febrero de 1804, tras la puesta del sol, el capitán de la Armada Decatur, logró entrar en el puerto de Trípoli haciéndose pasar por un barco mercante de Malta bajo bandera británica. Llevaba como piloto un siciliano de origen español, llamado Catalano, que hablaba árabe y logró engañar a los centinelas, de modo que pudo llegar hasta el Philadelphia, que fue abordado por la fuerza de asalto, 80 voluntarios, la mayoría de ellos del Cuerpo de Marines.
Aunque no utilizaron más que sables y picas, los americanos se apoderaron fácilmente del Philadelphia, matando a 20 berberiscos y haciendo que el resto se tirase al mar, sin sufrir más bajas que un herido. Luego, le prendieron fuego a su antiguo buque y lograron salir indemnes del puerto de Trípoli.
Esta atrevida acción tuvo una inesperada repercusión mediática. El almirante Nelson la calificó como «el acto más audaz y atrevido de nuestro tiempo», pero aún más entusiasta se mostró el papa Pío VII, que declaró: «En una noche, los Estados Unidos, aún en su infancia, han hecho más para humillar y vejar a los bárbaros anticristianos de la costa africana que todos los Estados europeos en un largo periodo de tiempo».
Pese a este éxito de imagen, la guerra seguía estancada, y el presidente Jefferson decidió resolverla por un método que tiene ahora absoluta actualidad: derribar al régimen de Trípoli y cambiar a su dirigente. Para ello recurrió a William Eaton, un antiguo militar, que luego había sido cónsul de Estados Unidos en Túnez. En realidad era un aventurero, un espía, o lo que ahora se llamaría un contratista. Eaton encontró al candidato para sustituir al bajá Yusuf, su hermano Hamet, que vivía exiliado en Alejandría.
Eaton reclutó un pequeño ejército de 500 mercenarios —la mayoría árabes—, aunque el nervio de esa fuerza lo ponían 70 soldados de fortuna griegos, y le entregó el mando a un teniente del Cuerpo de Infantería de Marina, Presley O’Bannon, que llevaba con él a otros ocho marines. Partiendo de Alejandría hicieron una marcha de 500 kilómetros a través del desierto, hasta llegar a la ciudad libia de Derna, un puerto la costa Este. Aunque la guarnición de Derna era superior en número —800 hombres— y contaba con refuerzos cercanos, algunos dirigentes locales se mostraron dispuestos a aceptar a Hamet Karamanli como su nuevo soberano.
Eaton ordenó tomar Derna al asalto, y el teniente O’Banon, con sus ocho marines y los griegos, fue la punta de lanza que se apoderó de la ciudad y plantó sobre ella la bandera norteamericana. Fue la primera vez en la historia que esa bandera se alzaba en territorio extranjero, de modo que la insignificante batalla de Derna se convirtió en un mito fundacional de la hegemonía de Estados Unidos en el mundo.
Aunque la participación material del Cuerpo de Marines fuese numéricamente reducida, pagó un alto tributo, pues la mitad de ellos fueron bajas, dos muertos y dos heridos del total de ocho hombres. La leyenda de los Marines estaba en marcha. El bajá Yusuf se asustó ante la ofensiva terrestre americana y cedió el poder a su hermano Hamet, el hombre de Washington. Este le regaló su espada, una cimitarra llamada «de mameluco», al teniente Presley O’Bannon, creando así un símbolo. Desde entonces, los oficiales del US Marine Corps usan en las paradas espadas de mameluco, y sus hombres cantan «hasta las playas de Trípoli».
Todos los elementos de la actual conmoción internacional provocada por Donald Trump estaban ya configurados en aquella primera puerra Bárbara.
