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Literatura

Philip Larkin, Ted Hughes y la gran poesía inglesa de la posguerra

La editorial Alba reúne en un volumen las voces más destacadas de la lírica británica posterior a 1945

Philip Larkin, Ted Hughes y la gran poesía inglesa de la posguerra

Retrato de Philip Larkin. | Wikimedia Commons.

¿Hay que separar al autor de su obra? El debate es ya cansino, pero un ejemplo de que, en efecto, es aconsejable hacerlo lo tienen en los dos grandes poetas ingleses de la posguerra. Tanto Philip Larkin como Ted Hughes fueron seres humanos repletos de flaquezas, pero si se impusiera su cancelación retroactiva, nos perderíamos dos obras monumentales. Ambos autores encabezan la antología Larkin & Hughes y otros poetas ingleses de su tiempo (Alba), que pretende reunir las voces más destacadas de la lírica británica posterior a la Segunda Guerra Mundial.

De los documentos privados de Larkin en los que husmearon sus biógrafos emergió el retrato de un tipo misántropo, misógino, racista, aficionado al porno y, para colmo —¡vade retro! exclamó el coro progresista— admirador de Margaret Thatcher. Lo de Ted Hughes es aún peor: el feminismo de pancarta lo convirtió en malvado oficial tras el suicidio de Sylvia Plath, de la que no fue un marido precisamente fiel. Le llegaron a hacer escraches con pancartas que lo llamaban asesino. Para no dejarse llevar por el tremendismo, conviene recordar que la poeta americana tenía un historial previo de problemas mentales y tentativas de suicidio. Y merece la pena ver el documental Ted Hughes, Stronger than Death, en el que su hija Frieda —Hughes y Plath tuvieron dos hijos: Frieda y Nicholas— se lamenta con amargura del escarnio al que sometieron a su padre activistas vociferantes que no conocían ni por asomo los detalles de la tragedia. Con todo, que la amante con la que Hughes había engañado a Plath, Assia Wevill —a la que a su vez engañó—, también se suicidara, en este caso matando primero a Shura, la hija de cuatro años que habían tenido en común, no ayudó precisamente a librar al escritor de su aura de endemoniado.  

Larkin y Hughes estaban en las antípodas, tanto en lo personal como en lo poético. Larkin era un tipo huraño, con cara de perro, calvo y con gruesas gafas de culo de botella, que se pasó la vida como bibliotecario en ciudades de provincia y acabó en Hull, donde falleció. Su vida amorosa fue tirando a tristona y en ella tuvo especial relevancia la borrascosa relación con la profesora universitaria Monica Jones. Su poesía es un lamento elegíaco y fatalista, centrado en las miserias cotidianas, las pequeñas mezquindades de la sexualidad reprimida de su tiempo, el paso y peso de los años y la melancolía de las oportunidades perdidas. Hughes, en cambio, era apuesto y magnético, un tipo seductor y visceral, criado en el campo, en contacto con las fuerzas de la naturaleza. Su poesía es telúrica, esotérica y visionaria, hecha de poderosas metáforas y cargada de violencia, sexualidad descarnada y drama.

Les propongo, a modo de ejemplo, la comparación de la primera estrofa de dos poemas. Annus mirabilis de Philip Larkin arranca así: «Las relaciones sexuales empezaron/ en mil novecientos sesenta y tres/ (bastante tarde para mí),/ entre que Chatterley dejó de estar prohibido/ y los Beatles publicaron su primer elepé». Los primeros versos de El reposo del azor de Ted Hughes dicen: «Me poso en lo alto del bosque con los ojos cerrados./ Todo es quietud, no hay quimeras engañosas/ entre mi cabeza ganchuda y el garfio de mis garras,/ ni fantaseo en sueños con matanzas perfectas y festines». Dos mundos, dos tonos, dos poéticas.

Philip Larkin fue el cabeza de cartel del grupo conocido como The Movement, cuya puesta de largo fue la antología New Lines, preparada en 1956 por Robert Conquest. Irrumpieron como una impugnación del vanguardismo del primer Eliot —el de La tierra baldía— y una recusación de la generación de los poetas de los años treinta encabezada por W. H. Auden y que incluía a Stephen Spender, Louis MacNeice y Cecil Day-Lewis (padre del actor Daniel Day-Lewis). Planteaban una vuelta al orden y a las formas clásicas, huyendo del experimentalismo y el elitismo. Manejaban un lenguaje accesible —con coloquialismos que Larkin sabía colocar de forma magistral— y cierto distanciamiento irónico. Pretendían reconectar con el lector común.

Descubrimiento de Thomas Hardy

Philip Larkin, el más dotado del grupo con diferencia, había probado con la prosa en dos solventes novelas centradas en personajes femeninos —Jill y Una chica en inverno—, que fueron un fracaso, de modo que se centró en los versos. Publicó cuatro escuetos volúmenes, uno por década, entre los años cuarenta y los setenta. Su obra es sucinta —la edición bilingüe de su poesía reunida en Lumen suma solo 270 páginas—, pero no tiene desperdicio. Debutó con El barco del norte, todavía bajo el influjo de Yeats y Auden. Vino después el crucial descubrimiento de los versos de Thomas Hardy, que cambiaron su modo de entender la poesía. El fruto fueron tres poemarios excelsos: Un engaño menor, Las bodas de Pentecostés y la cumbre final de Ventanas altas. A ellos hay que añadir unos pocos poemas sueltos, entre los que destaca Albada, deslumbrante meditación sobre la angustia de la finitud, que arranca con este verso: «Trabajo todo el día y por las noches empino el codo».

La selección de piezas de Larkin incluida en la edición de Alba, a cargo de Íñigo Lomana (también traductor del volumen), es solvente, aunque se echa en falta algún poema fundamental como Viernes por la noche en el Royal Station Hotel, en el que se describe un hotel que ha quedado vacío, porque los viajantes de comercio han vuelto a casa a pasar el fin de semana con sus familias: «El conserje lee/ un diario vespertino que ha sobrado. Pasan las horas,/ y los viajantes ya se han vuelto a Leeds/ dejando ceniceros llenos en la sala de reuniones.// Las lámparas alumbran pasillos sin zapatos. Qué/ aislado es esto, como una fortaleza…/El papel con membrete, para escribir a casa/ (si tal cosa existiera) cartas desde el exilio».

Si Larkin ahogaba sus penas en whisky, Ted Hughes debía de beber nitroglicerina. Sus primeros poemarios —El azor en la lluvia, Lupercales, Wodwo, Cuervo: la vida y las canciones de cuervo…— exudan una intensidad pagana y chamánica. Ya en su vejez, en 1998, enfermo y sabiendo que no tardaría en morir, dio a la imprenta Cartas de cumpleaños, el libro en el que llevaba toda una vida trabajando. Los 88 poemas que lo componen están dedicados a su relación con Sylvia Plath. Algunos críticos lo vieron como un último acto de cinismo, pero es uno de los más arrebatadores y dolientes poemarios de amor. Por su fuerza —y también por su morbo, para que nos vamos a engañar— tuvo unas ventas inauditas para un libro de poesía: superó el medio millón de ejemplares.

En uno de los poemas, España te horrorizó, evoca la luna de miel con Plath a nuestro país —con la preceptiva asistencia turística a una corrida de toros—: «España te dio pánico. La misma España/ donde yo me sentía tan a gusto (…) España era la fantasía de la que intentabas salir/ y no podías. Te veo a la luz de la luna,/ paseando por el muelle desierto de Alicante,/ como un alma que espera el ferry». En otro, Calle Rugby, 18, escribe: «Mientras caíamos,/ entre los aullidos del alma, tu cicatriz me reveló,/ igual que si se tratase de un alias o de una contraseña,/ que habían intentado suicidarte. Y yo lo escuché/ sin parar un solo segundo de besarte,/ como si una estrella imperturbable murmurase/ en medio del bullicio y del ajetreo urbano: ʻaléjateʽ».

Algunas ausencias

En 1984 los destinos de Larkin y Hughes se cruzaron. El segundo fue nombrado por la reina poeta laureado, a petición de Margaret Thatcher, que primero había tanteado a Philip Larkin, quien, esquivo, declinó la oferta. Estos dos autores mayúsculos ocupan las dos terceras partes de la antología. El resto está dedicado a una mucho más breve selección de otros autores de la época. Como Robert Conquest, hoy recordado por sus magníficos ensayos sobre el periodo del estalinista; el poeta gay Thom Gunn, que emigró a San Francisco y retrató los estragos de la pandemia del sida, o Kingsley Amis, padre de Martin y autor de la novela satírica Lucky Jim, que en el poema Una sorpresa desagradable en la librería se pregunta: «¿Los poetas han de inflamar el corazón humano,/ o tienen que aplastarlo?»

Todos los autores elegidos para complementar a Larkin y Hughes pertenecen a The Movement, lo cual descompensa un poco el panorama de la época. Se echa en falta la presencia de figuras imprescindibles como Charles Tomlinson —que además tuvo un vínculo con nuestra lengua, como traductor al inglés de Antonio Machado, César Vallejo y Octavio Paz— y el arcaico y deslumbrante Geoffrey Hill.

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