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La otra cara del dinero

El PP teme la segunda semana de campaña de Sánchez como los rivales del Real al minuto 93

A los alemanes del Borussia los mató el efecto halo y, como Núñez Feijóo se confíe, le puede pasar igual en las europeas

El PP teme la segunda semana de campaña de Sánchez como los rivales del Real al minuto 93

El centrocampista Luka Modric y el defensa Nacho Fernández exhiben la decimoquinta Champions del Real Madrid desde lo alto de la fuente de la Cibeles, engalanada con los colores del equipo para la ocasión. | TO

En el PP andan inquietos porque igual las elecciones a la Eurocámara no son el paseo militar que esperaban y el PSOE podría incluso mejorar el resultado de 2019.

Parte de la explicación es la coyuntura macro. Con el PIB creciendo un 2,4%, la Seguridad Social encadenando récords de afiliados y el poder adquisitivo de los hogares mejorando de forma «notable», es difícil que Pedro Sánchez se desfonde. «Los ciudadanos se ven fuertemente afectados por las fluctuaciones cíclicas, reales o percibidas», escriben los politólogos Michael Lewis-Beck y Mary Stegmaier. «Un aumento del 1% en la renta disponible [real per cápita] genera una ganancia de seis escaños al partido del presidente [en la Cámara de Representantes]».

Y el fenómeno no se circunscribe a Estados Unidos.

«Con independencia de la democracia en que vivan —sostienen Lewis Beck y Stegmaier—, los votantes evalúan las condiciones económicas nacionales y premian o castigan a sus responsables». Si Sánchez es un ejemplo en positivo, su correligionario José Luis Rodríguez Zapatero lo es en negativo. La Gran Recesión lo sacó de mala manera de la Moncloa y, en la siguiente cita con las urnas, los socialistas perdieron 59 diputados.

La ironía de todo ello es que ni a Sánchez le corresponde el mérito principal en la bonanza presente, ni Zapatero tuvo nada que ver con el colapso financiero.

La dictadura del marcador

La gente tiende a «percibir erróneamente las causas de ciertos acontecimientos», escriben Daniel Kahneman y Dan Lovallo, y ningún ámbito lo ilustra mejor que el deporte.

Por ejemplo, ¿seguiría Carlo Ancelotti en el Madrid si Bernardo Silva y Kovacic hubieran marcado sus penaltis en los cuartos de final de la Champions? Permítanme que lo dude. Y sin embargo, el error puntual del centrocampista del City no lo hace mejor entrenador. Nadie se jacta de tirar un dado y sacar un seis, pero en el fútbol es habitual. Si ganas eres un genio y si pierdes, un paria. A nadie le importa que los citizens tuvieran el doble de posesión, tiraran 33 veces a puerta o sacaran 18 córneres.

Lo que manda es el marcador y todo se adapta a su dictadura.

Si la lotería de los penaltis hubiera sido distinta, las crónicas del día siguiente contarían que los blues les habían pasado por encima a los blancos, que estos podían darse con un canto en los dientes por haber llegado vivos a la tanda de lanzamientos y que la directiva debería introducir cambios en el equipo para afrontar con alguna garantía la siguiente temporada.

Pero Silva y Kovacic fallaron y el relato cambió radicalmente.

El diario As argumentaba en clave numantina que el Madrid había resistido el «brutal asedio» de un «City sádico» gracias a su oficio y su sacrificio, su inteligencia y su perseverancia. Y no dejaba de destacar que el «heroico» guardameta Lunin «detuvo dos» penaltis, aunque lo único que hizo en el primero fue no apartarse a tiempo.

El efecto halo

A los humanos nos gusta vernos como animales racionales que elaboramos teorías para obtener el éxito, pero la mayor parte de las ocasiones el éxito determina las teorías.

Nuestra mente está diseñada para generar interpretaciones coherentes de la realidad. Las disonancias nos incomodan. No puede ser que alguien triunfe y sea un incompetente. O que sea jefe y carezca de talento. Si ha llegado arriba será por algo.

El consultor Philip Rosenzweig bautizó este fenómeno como «efecto halo», y hay pocas disciplinas en las que no se dé.

En el mundo del management, Kahneman cita Empresas que perduran, una obra que lleva a cabo un análisis exhaustivo de 36 firmas. Los autores forman 18 parejas, en cada una de las cuales hay una buena y otra mala, y tratan de extraer conclusiones a partir de este contraste. Su tesis es doble: primero, las prácticas ejemplares pueden identificarse y, segundo, su aplicación conduce invariablemente al éxito.

«Ambos mensajes son exageraciones», sentencia tajante Kahneman.

La prueba es que la superioridad en rentabilidad y comportamiento bursátil que exhibían las empresas que prosperaban en el momento de redactarse el libro desapareció en el período que siguió a su publicación. «La comparación de compañías que han tenido más o menos éxito es en buena medida una comparación entre empresas que han tenido más o menos suerte», concluye Kahneman.

Sísifo redivivo

¿Y qué decir de la política?

Aunque Zapatero ha quedado como el paradigma del administrador incompetente, la verdad es que la Gran Recesión no hubiera sido más leve de haber ocupado la Moncloa Mariano Rajoy. De hecho, la prima de riesgo siguió subiendo a pesar de la victoria del PP en 2011 y únicamente se moderó en julio de 2012, después de que Mario Draghi pronunciara su famoso «whatever it takes».

En cuanto a Sánchez, ¿qué responsabilidad le cabe en la expansión actual?

No demasiada. España crece más que su entorno porque también cayó más antes, y no hay ningún misterio en ello. Nuestra especialidad productiva es el turismo, que sufrió especialmente con el confinamiento y se beneficia ahora de la alegría de vivir y viajar típica de los periodos pospandemia.

También exportamos más porque, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, nuestros empresarios tuvieron que salir a buscar fuera los clientes que no encontraban dentro.

Finalmente, hemos aguantado mejor que Alemania la interrupción del gas ruso porque llevamos décadas diversificando el suministro de energía, y aquí el capítulo de agradecimientos exigiría remontarse no ya a José María Aznar o Felipe González, sino a la dictadura de Franco. Sánchez ha conseguido, sin embargo, que un poderoso halo nimbe su figura, y no solo en lo económico.

Es también el autor del Manual de resistencia, el ave fénix que resurge de sus cenizas, el Sísifo que empuja la piedra colosal una y otra vez hasta la cima.

Ojo al minuto 93

El PP teme la segunda semana de campaña de Sánchez como los rivales del Madrid al minuto 93.

En Wembley, el Borussia hizo una memorable primera parte y no salió mal en la segunda, pero fue encogiéndose a medida que el crono avanzaba. Aunque se ha atribuido el repliegue al cansancio lógico tras una hora de presión, usted y yo sabemos que los alemanes sucumbieron en realidad a la leyenda blanca. Se sabían el guion de memoria. ¿Cuántas veces hemos visto al Madrid contra las cuerdas, impotente, sometido a un bombardeo implacable durante 60, 70, 80 minutos? Da igual. Si no lo apuntillas, le bastan dos chispazos para despacharte. Los negriamarillos habían desperdiciado sus ocasiones y no hay señal más clara, lo dice la profecía. Así que cuando Carvajal peinó al fondo de la red aquel balón de Kroos, supieron que su destino trágico se había consumado y entregaron el partido.

Los mató el efecto halo y, como Alberto Núñez Feijóo se confíe, le puede pasar lo mismo con Sánchez.

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