The Objective
La otra cara del dinero

El vino, la cerveza y el dolor de cabeza de una economía en decadencia

La caída del consumo de vino muestra las grietas del capitalismo actual. Lo dicen el sentido común, estudios y expertos

El vino, la cerveza y el dolor de cabeza de una economía en decadencia

Una copa de vino. | Freepik

El peculiar carácter de Donald Trump tiene en vilo al comercio mundial. Pero eso usted ya lo sabe. Así que, para variar, prefiero centrarme hoy en la actividad que acompaña (y, me atrevería a decir, canaliza, aunque sea más o menos solapadamente) al comercio: sí, vamos a hablar del bebercio.

Mi profesor de Historia Universal, don Gonzalo Redondo, nos regaló a unos cuantos alumnos con mucha sed de conocimiento la teoría de que las fronteras del Imperio romano respondían a la aptitud del terreno para el cultivo de la vid. Investigando (o sea, buscando en Google), descubro a un compañero de sabrosas tonterías que tuvo similar iluminación, en su caso debida (¿bebida?) por «el Dr. Schwartz». La expone con detalle, buena letra y bastante gracia, por cierto.

Lo cierto es que los que lucharon con gran pundonor contra los bárbaros germánicos (véase la batalla con la que comienza Gladiator, por ejemplo), hasta situar el limes… justo donde acababa la cuenca del Rin y poco más. Más allá no es que hubiera monstruos, como en Finisterre. Peor: había… ¡Cerveza! Max Nelson detalla en The Barbarian’s Beverage: A History of Beer in Ancient Europe el amor de los bárbaros del noroeste europeo por esa bebida tan ordinaria desde tiempos inmemoriales (se remonta hasta el tercer milenio a.C., nada menos), para a continuación explicar el desprecio con el que la trataban los griegos y, después, sus herederos intelectuales romanos.

Menciona Nelson, incluso, ataques de la patrística contra el funesto competidor de la sangre de Nuestro Señor, ya en la época cristiana, hasta que, en el infausto capítulo 7, ¡ay!, llega el revival de la cerveza a partir del siglo V a manos de unos alemanes que empezaban a hacerse con las riendas del imperio, hasta hacerlo caer a base de birra. Nelson desvela la traición de los monjes (las órdenes comenzaron a brotar en el siglo VI), que combatían el aburrimiento y la sed maquinando nuevas formas de elaborar la maldita cerveza.

No vamos a fastidiarle ahora el chiringuito conceptual a Max Weber y su La ética protestante y el origen del capitalismo, pero no perdemos nada (aparte del tiempo) por seguir la pista de las órdenes monásticas (por ejemplo, los agustinos), los alemanes (por ejemplo, Lutero) y demás. Esta página de los franciscanos explica la diferencia en el uso del pan y el vino en las eucaristías católica y protestante: aunque «el acto físico de recibir la comunión es prácticamente el mismo […], la fe que representa esta acción no es la misma», por «la ausencia del sacramento». Para los protestantes, el vino representa, pero no es la sangre de Cristo. 

Más racionales ellos. Y después se van a tomar una cerveza e inventan el capitalismo. Más o menos, para abreviar. Con el capitalismo llegó la globalización, como cuando los romanos, pero en otro estilo. Todo el mundo empezó a tomar cerveza a destajo, por ejemplo. Incluido un servidor, para qué vamos a engañarnos. Pero el amor por el vino se parapetó en nuestros corazones y en los lineales de los supermercados. El capitalismo, tan totalizador, siempre añade, nunca resta. Todo lo que se pueda vender tiene cabida.

El consumidor, mientras, digiere como puede, o sea, a base de cultura popular. Los españoles implementamos el plan de contingencia «Vino y cerveza, dolor de cabeza; cerveza y vino, divino». El orden, el orden… Curiosamente, existe un equivalente en el idioma inglés, gran campeón actual tanto de la cerveza como del capitalismo: «Beer and wine, divine; wine and beer, oh dear». La interculturalidad es posible: solo había que compartir resacas. 

Ahora viene una metáfora mía. Cuidado. El alma del vino debe completar siempre, incluso coronar, el pragmatismo capitalista. Si no… Últimamente nos duele la cabeza. Y viene The Economist, evidentemente, y publica un artículo: «La caída de las ventas de vino refleja un mundo más solitario y atomizado». Y el subtítulo matiza: «No son solo los jóvenes preocupados por su salud los que dicen no al Burdeos». 

Ahora recuerde que se trata de una revista inglesa (chapó) y lea: «La cerveza domina las grandes reuniones: en un estudio, los encuestados en Gran Bretaña y Estados Unidos la eligieron como su bebida preferida para las barbacoas. La cerveza también es la bebida más común en los atracones de bebida en Estados Unidos, seguida de las bebidas espirituosas. El vino es diferente. Las encuestas en Gran Bretaña y Estados Unidos muestran que es la opción predilecta para la mayoría de las personas, especialmente para las mujeres, al cenar con amigos. La gente también tiende a beberlo de forma diferente, prefiriendo tomarlo a sorbos más despacio con la comida en lugar de simplemente beberlo de golpe en las fiestas (aunque muchos también lo han hecho)».

Y citan a una tal Marion Demossier, profesora de la también inglesa Universidad de Southampton, que se queja de que «sus estudiantes se han vuelto notablemente más solitarios. Incluso los pasatiempos saludables se practican cada vez más en solitario: menos jóvenes se apuntan a deportes de equipo (aunque los individuales, como correr o montar en bicicleta, todavía se pueden disfrutar en grupo). «Hay una desconexión en la sociedad», afirma. «La convivencia se está deteriorando».

Y rematan con un poco de evidencia empírica (a ver, la patria de Locke, Hume, Berkeley, Bacon… ¿Qué quería?): «Un metaanálisis de 69 estudios, que abarcó más de 12.000 personas en Estados Unidos, Australia, Canadá y Francia, no encontró evidencia de que las personas bebieran más en los días en que se sentían deprimidas. De hecho, las personas tenían hasta un 28% más de probabilidades de beber, y un 23% más de probabilidades de darse atracones, en los días en que estaban animadas». Aunque la conclusión es de lo más fenomenológica y continental y estupenda: «Para algunas personas, beber es una adicción que las aísla. Pero para la mayoría es una indulgencia social. Y eso es, cada vez más, lo que la gente no percibe». ¡La percepción!

Hay esperanza. Pero, antes, el vino se tiene que liberar. Me explico. Eric Asimov escribía hace poco en un artículo en The New York Times que, «al hablar sobre las protestas contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en ciudades estadounidenses, David Marcus escribió en un artículo de opinión de Fox News la semana pasada que ‘pandillas organizadas de wine moms’ utilizaban ‘tácticas antifa para acosar y obstaculizar’ a los agentes de ICE. También se refirió a estas madres como ‘mujeres blancas engreídas’, un comentario que compartió otra personalidad de Fox News, Will Cain, quien habló de ‘una extraña clase de presunción’ entre ellas».

Explica Asimov (supongo que nada que ver con el de los robots…) que el concepto de wine moms «evoca imágenes ridículas: mujeres sosteniendo bebés en un brazo y blandiendo botellas en el otro, legiones de ellas marchando al paso de zombis». Y leyendo el NYT. Eso último ya lo digo yo, claro, no Asimov. Él dice que, «en lugar de referirse a las madres que aprecian un pequeño respiro, el wine moms se ha unido a otros clichés relacionados con el vino que se utilizan para denunciar el elitismo moralista». ¿Por qué será, amigo Eric, por qué? Y Trump se aprovecha (aunque en 2011 compró una bodega por 13 millones de dólares tras un embargo).

No voy a rescatar ahora lo de la unidad de destino en lo universal. Del nacionalcatolicismo nos libre Dios (nunca mejor dicho; bueno, sí, en el Concilio Vaticano II), pero sí que es cierto que los españoles podemos romper una lanza en la ¿despijización? del vino en el mundo. Los viernes suelo comer con dos buenos amigos en un restaurante de menús al que acuden estudiantes, profesionales con pinta (agobio, gafas, qué sé yo) de liberales y profesionales con pinta (mono azul, por ejemplo) de proletarios. La bebida está incluida. Si pides vino, te traen una botella para ti solito.  

La calidad del vino, anunciada ya por el plástico del tapón, haría desmayarse a una lectora media del NYT. Afortunadamente, acompaña el trance una botella de gaseosa (no digamos Casera para no hacer publicidad gratis, aunque se entendería mejor) para atemperar los taninos asesinos (de nada, Tarantino: ahí tienes la próxima).

Uno de mis dos amigos es ingeniero informático y lo sabe todo de la IA. Se pidió una cerveza. El otro es profesor de empresariales en una prestigiosa universidad. Se pidió vino y casera. Terminamos hablando del atroz, si no de los amigos imaginarios de la gente triste. No podíamos parar de reírnos. Ayer, por lo que sea, no fui muy productivo. Ni falta que hacía.

Vino y casera, globalización de primera. 

Por ejemplo.

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