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La renuencia de Rivera a las banderías no tenía que ver con una supuesta voluntad de consenso, sino con su desafección respecto al debate, digamos, ideológico

Foto: SUSANA VERA | Retuers

A Albert Rivera jamás le interesó la política. En Alternativa naranja (Debate), la apresurada historia de Ciudadanos que escribí con Iñaki Ellakuría entre julio y septiembre de 2015, hay una anotación correspondiente a los albores del partido que prefigura ese desinterés.

Como es fama, en Ciudadanos convivían dos corrientes, la izquierda y la liberal, en un equilibrio que tuvo más de precario que de creativo, y que fue, sobre todo, conceptualmente inexacto. Así como la izquierda lo fue sin ambages (no pretendía sino erigirse en un factor de corrección del PSC), los llamados liberales aspiraban a que la nueva formación superara el eje izquierda-derecha y se guiara, antes que por ideologías, por ideas, tan objetivas o provisionales como dictaran los hechos. Mas la política se escribe con trazo grueso y esos dos bandos fueron bautizados como izquierdista y liberal.

Sea como fuere, esa misma tensión se extendió a las bases, y en la mayoría de las agrupaciones de Ciutadans de Catalunya (“el partido de Boadella”, se decía, aunque en puridad fuera todavía una plataforma cívica) hubo gentes etiquetadas como izquierdistas o liberales. Por decirlo en necio: individuos decepcionados con el PSC e individuos decepcionados con el PP. La inminencia del congreso constituyente (Bellaterra, julio de 2006) agudizó la pugna entre unos y otros hasta extremos ciertamente alarmantes, conforme a la ley que establece que hay amigos, enemigos y compañeros de partido. Por entonces, Rivera, al que Teresa Giménez Barbat había introducido en el círculo de los dirigentes/intelectuales, ya se hallaba entre los llamados a desempeñar una función relevante en la futura formación.

Así lo relatamos Ellakuría y yo en Alternativa naranja:

“La líder oficiosa del sector liberal de C’s [TGB] no sólo ve en Rivera a un más que probable aliado para la defensa de las tesis transversales, sino también al candidato in pectore para presidir el partido. Joven, apuesto, convincente, locuaz… Ninguno de los dirigentes que hasta ese momento han presentado sus credenciales para capitanear C’s resiste comparación alguna con el joven-abogado-de-La-Caixa. […] Así, y con el propósito de ganarse al mirlo blanco, Barbat organiza una cena en el hotel Barceló Sants a la que asisten, entre otros, Espada, Boadella y otra media docena de sospechosos del flanco liberal. Rivera acude con su amigo José María Espejo, abogado, al igual que él, de La Caixa, y al que los asociados a C’s empiezan a identificar como su escudero. […] Barbat, que va haciendo sus pinitos en el arte del protocolo, lo sienta junto a Boadella. Al término de la velada, Boadella y Espada convienen con Barbat en que el muchacho apunta alto. Muy alto. […] Con todo, y para desesperación de Barbat y, en general, de los liberales, Rivera se revela como un dirigente con agenda propia. A decir verdad, tampoco le ha seguido el juego a De Carreras, al que se suponía, dado que había sido su profesor, una mayor influencia sobre él. Con todo, la negativa de Rivera a decantarse por una de las dos corrientes en liza se convierte, desde primerísima hora, en una de sus bazas para escalar posiciones en C’s, donde jamás participa en complot alguno. Al contrario: ante el menor indicio de sectarismo por parte de sus interlocutores, Rivera rodea la cuestión invocando “lo que nos une”, una actitud que, dado el galimatías conspiranoico en que se ha convertido C’s, hace que empiece a ser visto como el hombre de consenso que el partido necesita para salvarse de sí mismo”.

Pero no. La renuencia de Rivera a las banderías no tenía que ver con una supuesta voluntad de consenso, sino con su desafección respecto al debate, digamos, ideológico. ¿Izquierdas? ¿Derechas? Ecs. El sinnúmero de bandazos de Ciudadanos, empezando por Libertas y acabando por su renuncia a dar la batalla frente al feminismo de cuarta ola, no ha sido más que la expresión de esa glacial indiferencia. A Rivera sólo le movió el poder. Y de su ineptitud para encarar esa ambición ha dado pruebas más que suficientes.

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