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Auschwitz sin aura

Sentimos que el Holocausto necesita ser representado, pero al hacerlo nos asalta la sospecha de que no hay imagen que lo pueda hacer sin degradarlo.

Foto: RRSS | RRSS

Al idiota que viaja –así llama Jean-Didier Urbain al turista moderno– le han vuelto a abrir expediente. Esta vez se le ha visto en Auschwitz haciendo el mono sobre las vías del tren que llevaba a los prisioneros a la cámara de gas. En un mensaje a través de twitter los responsables de lo que hoy es un museo le afean la conducta: «Cuando venga a Auschwitz, recuerde que está en un lugar en el que fueron asesinadas más de un millón de personas. Respete su memoria. Hay lugares mejores para aprender a andar sobre una viga que en un lugar que simboliza la deportación de cientos de miles de personas». Son palabras cargadas de razón que merece una glosa.

En el turista que confunde la siniestra Judenrampe con la barra de un trapecista se mezclan dos asuntos meditables. Por un lado, el tradicional problema de la irrepresentabilidad de la Shoah. Sentimos que el Holocausto necesita ser representado, pero al hacerlo nos asalta la sospecha de que no hay imagen que lo pueda hacer sin degradarlo. Los resbalones son frecuentes y pueden darse sin intención blasfema. Hace años el escritor Arcadi Espada sintió ganas de vomitar a la vista de un cartel de la oficina turística de Cracovia que retrataba una torre de control de Auschwitz bajo los bonitos colores de un atardecer. Por otro lado, sucede que una cultura visual basada en el narcisismo, como es la nuestra, es incapaz de educarnos en la negación de uno mismo que impone la contigüidad con lo sagrado. Si hacerse un selfie en Auschwitz nos parece irrespetuoso es porque en ese lugar importa todo menos nosotros. Lo sentimos así porque quizá Auschwitz sea el último lugar donde la humanidad protege algo sagrado: la urna que custodia la reliquia del mal radical del que fuimos capaces. Es la misma grosera intromisión del ego, por cierto, que nos insulta en los independentistas catalanes que sugieren (Elsa Artadi, la última) que su causa tiene algo que ver con la persecución racial de los judíos.

Causa melancolía intuir que la sacralidad del lager tenga también su fecha de expiración. Nosotros somos los que hemos vivido después de Auschwitz, pero habiendo nacido sólo unas décadas después, somos también los que hemos visto irradiar, desde un pueblecito de Polonia, el aura que nos indica la presencia de un lugar santo al que solo cabe ir a arrodillarse. Mantener viva esa luz es lo que debemos los vivos a los muertos. ¿Pero por cuánto tiempo será posible? Desespera pensar que, a la postre, estamos programados para el olvido, y de manera particularmente eficaz, para el olvido del sufrimiento pasado, y que cada día sirve, sin quererlo, para sepultar un poco el horror y hacer más débil el brillo que aún nos llega desde esa noche europea de oscuridad prehistórica. Cuando visitamos lugares donde sabemos que ocurrieron cosas terribles, lo que buscamos es precisamente alguna señal que haga aflorar una realidad reprimida por el tiempo. Hace unos días yo mismo me sentía feliz pedaleando entre cipreses y pinos por el paisaje idílico de la vía Appia, a las afueras de Roma. De pronto recordé que fue a lo largo de esta bella calzada donde Craso dispuso crucificar a más de seis mil esclavos prisioneros tras la guerra contra Espartaco. Intenté traer a mi mente esa imagen sanguinaria y bárbara de hace veintiún siglos, intenté rescatar esos aullidos de dolor entre el gorjeo de los pájaros; intenté conmoverme, pero no pude.

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