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Carlos Mayoral

Caballero Bonald, la esencia tartésica del Cincuenta

«Se nos ha ido Caballero Bonald, uno de esos poetas que fue capaz de transformar el contexto gris de la posguerra española con una poesía refinada, elegante, de metáfora crítica y verso mordaz»

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Caballero Bonald, la esencia tartésica del Cincuenta

JuanJo Martín | EFE

Se nos ha ido Caballero Bonald, uno de esos poetas que fue capaz de transformar el contexto gris de la posguerra española con una poesía refinada, elegante, de metáfora crítica y verso mordaz. Frente a otros poetas de línea clara, a Pepe se le acusó a veces de cierto barroquismo, heredado quizás de su ascendencia cubana. Pero lo cierto es que esa manera hedonista con la que concebía el mundo le hacía captar la esencia del placer, de la sensualidad, del gusto, en las pequeñas cosas.

Eso tan andaluz que está en Juan Ramón, en Bécquer, en Manuel Machado, en María Zambrano. En sus poemas aparece el amor, aunque el sujeto poético no sea siempre un ser humano, y es entonces cuando refleja ese ars amandi en la desembocadura del Guadalquivir, su beatus ille particular, en la luz de la bahía de Cádiz, en la última botella descorchada antes del amanecer, o en la amistad que con tanta efusión cultivó el maestro.


Se nos marcha como el hombre del Barroco que realmente fue, capaz de desenvolverse con la misma destreza en la novela, en el ensayo, en una conversación improvisada o en una tribuna de periódico. Como prosista deja algunas obras magníficas, siempre apegado a ese abrazo de los sentidos de que hablaba. Véanse Dos días de setiembre, donde el hilo conductor de la trama es la pasión de Baco; o Ágata ojo de gato, donde la obra se funde con ese territorio suyo que es Doñana.

Una lucidez que alcanzaba cualquier soporte, un todoterreno capaz de llegar a cualquier rincón de la literatura. Pese a ello, quien es poeta lo es por encima de todas las cosas, y Caballero Bonald era un poeta de los que quizá ya no queden, de mirilla corta y alcance largo, de profundidad más allá de la elegancia en las formas. Era su fondo, además, contestatario y transgresor, cualidades muy necesarias para la revolución que tras la guerra tanto necesitaba el mundo de la cultura, apagado y marchito, obediente y servil.

El día que le dieron el premio Cervantes, allá por 2012, dijo en una entrevista que su obra se sustentaba en la poesía. Así que definitivamente podemos decir que se marcha un poeta, con todo lo que conlleva esa sentencia para el devenir del panorama cultural de nuestras letras. Más aún si ese poeta miró a la cara a la gran Generación del 50, de la que sólo queda en pie Francisco Brines, aportándoles a ese grupo de patricios catalanes y madrileños una esencia, la de la Andalucía tartésica, la del azahar y el fino, la del lince y la sal, desconocida para los señoritos acostumbrados a beber Armagnac mientras declamaban en francés. Su labor última ha consistido en apoyar a las nuevas generaciones con la creación de su fundación homónima, premiando el talento que ahora nace, y que quizá mañana continúe su legado imprescindible. Nos deja un poeta íntegro, un poeta canónico, un lujo para la estrofa patria. Descanse en paz, don José.

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