THE OBJECTIVE
Daniel Capó

La campanilla del leproso

«¿Era Anna Ajmátova la leprosa o más bien había decidido, como san Francisco, dejar este mundo para vivir en otro lugar y con otra gente? Ambas cosas a la vez seguramente, porque en la URSS no había miedo sin culpa, ni poesía sin testimonio»

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La campanilla del leproso

Museo Ruso de San Petersburgo

En el pasado, los leprosos representaban la maldición que podía caer sobre los hombres. Vagaban errantes por las praderas y los bosques, rehuyendo cualquier contacto con la gente. Una campanilla, colgada del cuello, alertaba de su presencia y del aire ponzoñoso que exhalaba su aliento. San Francisco de Asís vio en ellos a sus hermanos y cuenta la leyenda que, al cruzarse con uno, se abrazó a él y lo besó. En su Testamento sugiere que fue ese encuentro el que provocó su verdadera conversión, la que lo condujo –son sus palabras– a «abandonar el mundo», a dejar sus viejas vestiduras y nacer a una nueva humanidad. Era propio de la época creer que la maldición y la culpa iban de la mano, de modo que una justicia desconocida regía la vida de aquellos desgraciados que no merecían vivir con los demás hombres. San Francisco no reconoció esa justicia, sino otra: la del sufrimiento ajeno que nos apela de continuo y nos reclama una respuesta.

A Anna Ajmátova, nos cuenta Eduardo Jordá en la hermosa biografía de la poeta rusa que acaba de publicar Zut Ediciones, le fascinaban las campanillas de leproso. Lo que resonaba en su obra, le dijo un día Nikolái Jardzhiev, no era el amor ni el lirismo, sino precisamente el sonido de esa campana. Ajmátova lo convirtió en un poema, donde se lee la mejor definición de su poesía:

No vengo para seducir a la multitud

con la lira del enamorado;

lo que canta entre mis manos

es la campanilla del leproso.

¿Era ella la leprosa o más bien había decidido, como san Francisco, dejar este mundo para vivir en otro lugar y con otra gente? Ambas cosas a la vez seguramente, porque en la URSS no había miedo sin culpa, ni poesía sin testimonio. En otro poema suyo muy anterior, de 1914, surge también la pregunta:

¿Por qué me ha castigado Dios

cada día y a cada hora?

¿O es un ángel que me muestra

una luz invisible a nuestros ojos?

Al leer su biografía, resulta imposible no pensar que esa luz invisible no reflejase todo el horror de una época y la fidelidad a una lengua y a un pueblo herido por la mentira y la destrucción. Se trata, desde luego, del testimonio de una esperanza que se niega a callar, a pesar de que conoce el signo de su presencia: anunciar la destrucción y presagiar la desgracia, pero también describir aquello que debe ser salvado del olvido: nuestra propia humanidad herida. Así escribe en su Réquiem:

Yo vi marchitarse los rostros,

el miedo asomar bajo los párpados caídos,

el sufrimiento cavar las mejillas

con sus signos cuneiformes,

los bucles oscuros y claros

encanecerse de repente.

Se marchita la sonrisa sobre los labios dóciles

y en la risita seca tiembla el temor.

No ruego sólo por mí,

ruego por todas aquellas que estuvieron conmigo

en medio del frío atroz, en aquel julio tórrido,

bajo el muro rojo y ciego.

Únicamente al final de su vida, nos cuenta Jordá, sintió una voz que le pedía dejar la campanilla, porque ya no era necesaria. Fue una sola vez, antes de morir, mientras escuchaba en la radio una pieza de Prokofiev en las manos de Sviatoslav Richter, el pianista ucraniano que no se gustaba a sí mismo y que paseaba solitario entre la nieve por la periferia de las ciudades, día tras día, sin que nadie supiera dónde se alojaba. Richter, de quien Celibidache dijo en La Scala, mientras interpretaban a Schumann, que había algo luciferino en su personalidad: un extraño aleteo de luz y de sombras, un eco fantasmagórico de la vida y de la muerte. Ajmátova dejó la campanilla, porque ya había hablado y su voz era la del sufrimiento de varias generaciones.

Lean la biografía que ha escrito Eduardo Jordá, si no lo han hecho. Y escuchen también la voz de Ajmátova recitando en ruso su Réquiem.

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