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Ernesto Baltar

La Roma de Pasolini

«La Roma de Pasolini es una Roma parcial y extrema: la de los pobres, los delincuentes, los marginados, los chaperos, las prostitutas, los analfabetos, la de la supervivencia sórdida en los suburbios»

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La Roma de Pasolini

Pier Paolo Pasolini. | EFE

Pier Paolo Pasolini (1922-1975) llegó a Roma en tren desde Casarsa el 28 de enero de 1950, huyendo de un ambiente que se había tornado opresivo e irrespirable para él: escándalo, denuncias, expulsiones… Desde ese momento hasta su muerte peregrinará por distintas casas y barrios de la capital italiana, hasta morir asesinado en un descampado de la playa de Ostia. Primero habitará en un cuarto de alquiler de la plaza Costaguti del gueto judío, cerca del Tíber; después en una casa por la zona de Ponte Mammolo, no lejos de Rebibbia; años más tarde, cuando mejore un poco su situación económica, se trasladará al barrio de Monteverde, primero en via Fonteiana y después en via Giacinto Carini. 

Poeta, cineasta, novelista, dramaturgo, guionista, ensayista y articulista, Pasolini -de quien el pasado 5 de marzo se cumplió el centenario de su nacimiento- se moverá con especial querencia en el ambiente marginal del subproletariado de los barrios periféricos de Roma (Primavalle, Quarticciolo, Tiburtino, Pietralata), que reflejará con detalle en sus dos primeras novelas, Ragazzi di vita (1955) y Una vida violenta (1959), así como en varias de sus películas, especialmente Accatone (1961) y Mamma Roma (1962). Su amigo el poeta Sandro Penna le sirvió de cicerone por la Roma nocturna y libertina.

La Roma de Pasolini es una Roma parcial y extrema: la de los pobres, los delincuentes, los marginados, los chaperos, las prostitutas, los analfabetos, la de la supervivencia sórdida en los suburbios, la de las madres que friegan escaleras o venden su cuerpo para sacar adelante a sus hijos, pero es también un entorno de franca ingenuidad, de contradictoria inocencia, de una pureza impura que escupe a la cara de los biempensantes. Retiene algo del tono neorrealista de la época precedente, pero se distingue por una mayor crudeza que roza la crueldad, por una fijación casi obsesiva en lo incómodo y lo desagradable, en lo que ofende el buen gusto de la sociedad hodierna. Estamos ya después de lo más duro de la posguerra, pero Pasolini acentúa el blanco y negro de la fotografía, remarca el contraste, la disputa casi criminal, en sus aguafuertes novelados, líricos o de cine. Pasolini es un artista del claroscuro, de la discordancia, del oxímoron que define las cosas por oposición. Un Caravaggio del siglo XX. 

Quizá intuye Pasolini en el horizonte la inminente llegada del desarrollismo económico, el boom de la sociedad de consumo que tanto criticará -sobre todo en Escritos corsarios, Cartas luteranas y Petróleo-, y por eso prefiere centrarse en los márgenes del arroyo donde todo aquello aún no se vislumbra. Quiere retenerlo en su pureza, en su candidez y simplicidad, antes de que se pervierta. En cierto modo, siente nostalgia de ese mundo aun antes de perderlo. Hay un desgarro elegíaco en su canto colérico y celebratorio. Donde unos ven una atracción morbosa y enfermiza por el lodazal de la miseria y los jóvenes descarriados que delinquen o se prostituyen para ganarse la vida, otros descubren la más apasionada y enérgica muestra de amor al débil, al perdedor, al desgraciado, con toda la aspereza de la compasión más violenta (valga la aparente contradicción). Una compasión casi cruel.

Tras una infancia llena de traslados por el norte de Italia -Parma, Conegliano, Belluno, Casarsa, Sacile, Cremona, Scandiano- a causa del trabajo de su padre, oficial de infantería, el boloñés encontró en la Ciudad Eterna la horma de su corazón malherido y en los barrios de la periferia el hogar de su identidad desastrada. Consideraba que esto no había sido tanto una elección personal deliberada como una coacción biográfica o del destino, propiciada por su tendencia a las amistades sencillas y paganas de bajo nivel cultural. Recorría las calles, bares y plazas de los suburbios recogiendo la jerga de sus habitantes con la minuciosidad de un antropólogo. Como explica en el escrito Mi periferia, de la década de los cincuenta, era fácil encontrarlo en cualquier pizzería de Torpignata, de la Borgata Alessandrina o de Torre Maura anotando en un folio modos idiomáticos del romanesco, expresiones vivaces de la zona o el léxico característico de los jóvenes, tomándolos directamente de unos hablantes a los que había empujado a la charla. Necesitaba hacer en persona la experiencia vital de aquel mundo para poder reflejarlo después por escrito o en la pantalla. 

En su artículo Viaje por Roma y alrededores, de la misma época, Pasolini hizo una descripción detallada de los borgate, esa parte de la ciudad que -según él- no aparecía en los mapas, que ni el turista ni el nativo de clase acomodada pisaban o veían nunca y que eran como campos de concentración para pobres, llenos de polvo, basura y escombros. Se pregunta allí Pasolini qué es realmente Roma, dónde empieza y acaba la ciudad, pues resulta muy difícil establecer sus límites. Cúmulo de estilos, épocas y tradiciones superpuestas, Roma es para él la ciudad más bella de Italia, pero a la vez la más fea; la más acogedora y rica, pero también la más dramática y miserable. Los lugares y los personajes de sus películas y novelas se imbrican como dos elementos indisolubles que comparten un mismo destino vital.

Ha quedado ya para siempre una Roma pasoliniana. Y cuando pasa uno por los puentes de Sant’Angelo o del Testaccio no puede evitar acordarse del salto y zambullida de Accatone en el Tíber y de su muerte final, tras resbalar con la moto y golpearse la cabeza en el bordillo. Y cree adivinar los escenarios de los robos en el entorno de la via Marmorata, en alguna plaza del Trastevere y alrededor del cementerio de Campo Verano, a cuyas tumbas se asoma Anna Magnani desde su ventana. Otros escenarios quedan ya más distantes, pero también se respiran o se sueñan o se hacen reconocibles, como las ruinas que salpican aquí y allá el valle de la Caffarella, entre la Via Appia Antica y la Nuova, o las del parque de los acueductos, o la iglesia de San Félix de Cantalice en la plaza del mismo nombre, etc.  

Se trata la de Pasolini, en definitiva, de una Roma excesiva y radical, como todo es excesivo y radical en él. Su mirada sobre la realidad se caracteriza por una visión sacral que envuelve todo en la pátina del milagro: ante sus ojos las cosas adquirían un temblor sagrado o de misterio. «Agradezco a los hombres por ser tan buenos, por haber dado tantas manifestaciones de amor no reconocido», declara emocionado y generoso en uno de sus poemas. Es una compasión que no esconde defectos, que no limpia ni pule ni da esplendor, que no mejora el objeto amado, sino que lo describe de manera descarnada, con sus vicios, lacras y desperfectos, incluso con sus monstruosidades. 

Cuando la homologación social y cultural del Estado de Bienestar acabó -según él- con la inocencia y pureza de los marginados, Pasolini tendrá que buscarlas muy lejos, en el Tercer Mundo, que es algo así como el barrio periférico del globo terráqueo. De ahí sus viajes por la India (que reflejará en su precioso libro El olor de la India), por África (Kenia, Zanzíbar, Egipto, Sudán, Kenia, Ghana, Guinea, Uganda, Tanzania, Tanganica) o por Oriente Próximo (Yemen, Jordania). 

También en la periferia de Roma, con toda lógica, encontraría el poeta su final, un final siniestro y trágico que parece escrito por él mismo. La madrugada del 1 al 2 de noviembre de 1975 fue asesinado por uno de sus personajes en el Idroscalo de la playa de Ostia. Pino Pelosi, de diecisiete años, que podía ser perfectamente uno de sus chaperos-delincuentes o ragazzi di vita tan queridos, lo mató a golpes en compañía de otros «sujetos no identificados», según la primera sentencia judicial. 

Murió Pasolini llamando a gritos a su madre, como en sus pesadillas infantiles. Esta vez no era el niño perdido por los soportales de su Bolonia natal, sino el adulto -Edipo Rey destronado, eterno niño o adolescente- abriéndose paso, moribundo, entre las brumas de la playa de Ostia. 

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