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Dignidad

Como nunca estuvo muy claro qué añade la dignidad a los derechos humanos, con el tiempo, aquélla ha aspirado a ser el fundamento metafísico de estos

Foto: Aastral | Wikimedia Commons

Un policía municipal francés interrumpió abruptamente un espectáculo que se desarrollaba en un recinto privado. Consistía en una competición en la que había que lanzar a un enano llamado Wackenheim sobre unos colchones. Ganaba el que más lejos lo lanzaba. El policía no podía permitir que se utilizase a una persona afectada por una minusvalía como si fuera un proyectil. Wackenheim le aseguró que se ganaba la vida así y que se habían tomado todas las precauciones necesarias para evitar accidentes. Pero para el policía aquella era una cuestión de principios, de dignidad.

Inmediatamente se levantó una viva polémica en Francia. La Asociación nacional de personas de talla pequeña difundió un comunicado en el que decía que, si el lanzado hubiese sido un animal, hubiese habido unanimidad en la condena.

¿Acaso -replicó Wackenheim- hubiera existido polémica si se hubiera lanzado un hombre sin minusvalías? El hombre temía, con razón, que, al final, se quedase con su dignidad intacta… y sin trabajo, por culpa de un militante de la dignidad ajena.

Desde que el artículo primero de la Declaración Universal de Derechos del Hombre de 1948 proclamó que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en derechos y en dignidad”, se inauguró la que Catherine Dupré llama The Age of Dignity. Pero como nunca estuvo muy claro qué añade la dignidad a los derechos humanos, con el tiempo, aquélla ha aspirado a ser el fundamento metafísico de estos. Viene a ser algo así como la afirmación incondicional del hombre como “imago homini” en la que es fácil sospechar la secularización de lo que una vez fue “imago dei”.

Ernst Bloch intentó utilizar el concepto de dignidad para humanizar las sociedades socialistas, pero a estas les interesaba más el indefinidamente postergado “hombre nuevo” que el vecino del 3ºC. Cuando se dio cuenta de la inutilidad de su intento, emigró hacia el oeste justo cuando se ponía la primera piedra del muro de Berlín. Llevaba bajo el brazo un libro titulado Derecho Natural y Dignidad Humana.

Según Skinner (Más allá de la libertad y la dignidad), el concepto de dignidad lo único que hace es ocultar bajo una capa metafísica la circunstancia concreta del vecino del 3ºC.

Javier Gomá (Dignidad) reconoce que existe un hiato “entre la idealidad del concepto y la realidad de la experiencia”. Así es. Por eso la dignidad inalienable de la que todos seríamos portadores, no nos ahorra la búsqueda de un buen abogado si somos acusados de alguna fechoría.

Algunos dicen que el concepto de dignidad está vacío de contenido. Ciertamente si posee alguno, no está bien definido. Es fácil, por ejemplo, escandalizarse por el dolor ajeno y remoto para exigir a los poderes públicos una hospitalidad ilimitada al extranjero; es más difícil abrirle la puerta de nuestra casa al extranjero al que hemos querido hacer próximo.

Los escolásticos sostenían que la existencia de una sustancia es su sustancia. Pero la sustancia de la dignidad parece existir en una ausencia. La dignidad, en sí misma, sería absoluta y no admitiría grados, pero sólo nos interpela -si nos interpela- en la vulnerabilidad del hombre concreto. Es decir, se hace existente como un déficit que parece apuntar a una deuda escamoteada.

Como lo presente en la vulnerabilidad del hombre es su sufrimiento, la dignidad parece animarnos a disolver la política en patología y al “homo politicus” en “homo therapeuticus”. Pero, según el antiespecismo, es precisamente aquí, en la capacidad de sufrir, donde el hombre pierde su diferencia específica con respecto a los animales.

Gomá, guiado, sin duda, por la mejor de las intenciones, afirma que “se podrá violar la dignidad de la mujer, del niño, del obrero o del pobre, pero ya nadie podrá hacerlo sin envilecerse”. Parece querer decir que es el que daña el que rebaja su dignidad con su conducta, no el dañado. ¿Pero es esta una verdad universal, no política? ¿Se lo preguntamos a Daesh? ¿Qué nos contestaría Otegui? Yo no minusvaloraría la capacidad del homo therapeuticus para la autoindulgencia.

¿Hasta qué punto una dignidad hipostasiada nos ayuda a construir una democracia digna? ¿No estará contribuyendo al crecimiento de una democracia emotivista?

¿Es la metafísica de la dignidad la metafísica del eclipse de lo político?

Lo indudable es que la dignidad parece pensarse de manera muy diferente en los juzgados, donde es inseparable de la empírica prudencia, y en la teoría, que suele tener querencia por lo empíreo.

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