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El dios de nuestros padres

"El nuevo parlamento, atomizado y roto, que surge del 10 de noviembre ejemplifica esta esclavitud romántica, porque ninguna sociedad va más allá del horizonte que divisan sus dioses"

Foto: EFE

Para Schiller la característica principal de la modernidad consiste en perseguir las ideas abstractas con el impulso de unas emociones sin domesticar. Dicho de otro modo: la falta de realismo y el sentimentalismo exacerbado conformarían el marco de la política romántica. No se trata de un lenguaje anclado en el pasado, sino de una de las melodías dominantes en nuestro tiempo, en el que conviven, por un lado, el auge de los populismos, por el otro, las distintas variantes del iliberalismo. Así el pensamiento mágico que confunde la utopía con lo alcanzable o que cree que el simple deseo puede modelar la realidad. O el atrevimiento de sustituir la racionalidad como criterio moral por un brebaje de pasiones adulteradas, que corroen el cuerpo social. El retorno del romanticismo no constituye una peculiaridad española, al contrario. Aunque, por supuesto, haríamos mal en soslayar nuestra singularidad, ya sea territorial, cultural, económica, política o histórica. En estos casos, frente al peligroso cuñadeo del idealismo, conviene reivindicar la modestia del artesano, ese artífice de lo posible. Se diría que el pensamiento mágico, las guerras culturales y las pasiones sin refinar, los odios y el resentimiento como clave oculta del poder nos han traído hasta aquí. También la estupidez y la frivolidad. Y el nuevo parlamento, atomizado y roto, que surge del 10 de noviembre ejemplifica esta doble esclavitud romántica —la de las abstracciones y la de unas emociones sin depurar—, porque ninguna sociedad —ni ningún país– va más allá del horizonte que divisan sus dioses.

El dios de nuestros padres, que fue también el nuestro, se articuló en el 78 con el gran consenso constitucional: la democracia de las leyes y de las instituciones, la monarquía parlamentaria, la cesión territorial de los poderes y el aliento modernizador de Europa. Se actualizaban así las palabras angustiadas de Manuel Azaña al implorar paz, piedad y perdón en el 38. El dios de nuestros padres era la paz civil, el recuerdo de la piedad que suscita un futuro y el perdón entre hermanos. No tiene sentido hablar aquí de sus frutos, pero sí constatar su concreción humana, en forma de prosperidad, derechos y libertades. Las ideas nos separaban pero no nos enemistaban, las pasiones existían pero no regían la vida pública.

Era otro tiempo, eran —me temo— otros dioses. El tópico sostiene que nadie escapa a su propio destino y es probable que así sea. La falta de cuidado fue deteriorando la estructura institucional del país, mientras un diluvio de azufre iba quemando la tierra bajo nuestros pies. Palpamos sus consecuencias a diario. Como en el sueño de Schiller, los nuevos dioses emplean ideas abstractas y conceptos maniqueos para desnudar las emociones de la ciudadanía. Llamamos emancipación a esta forma renovada de esclavitud que sólo sabe airear su ira.

La grandeza de la democracia reside en que no oculta el malestar que corroe su alma. Este domingo, el resultado de las elecciones lo ha vuelto a demostrar. Podemos discrepar sobre la genealogía de la crisis actual, pero difícilmente lo haremos sobre la gravedad de la situación. Nada es lo que parece y todo resulta real a la vez, como en un caso peculiar de sonambulismo. La frivolidad de Sánchez al convocar unas segundas generales se ha traducido en un país más dividido, menos reconocible, que se deja seducir por la fascinación de los extremos y que reclama, ya mismo, alguna fórmula —directa o indirecta— de gran coalición. Como la exigía antes y como lo exigirán las circunstancias de los próximos años. No para embalsamar sino para recuperar el lenguaje, la convivencia, el espacio público, la confianza en definitiva. Y para no dejarnos a merced de los temibles dioses de la pureza y de la destrucción. Paz, piedad, perdón es el programa de la democracia, el dios de nuestros padres, nuestro dios. Y volver a honrarlos exigirá generosidad y valentía, sacrificios y altura de miras. Es un deber que apela, sobre todo, a los dos grandes partidos; pero no sólo a ellos, porque ellos dos, PP y PSOE, no son ya suficientes. Y quizás tampoco quieran.

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