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"'Las mejores palabras' es un libro elegante, civilizado (civilizatorio) sobre el ejercicio de la libre expresión y sus implicaciones existenciales, morales y políticas"

Foto: Enric Fontcuberta | EFE

Una de las alegrías de esta primavera ha sido la concesión del premio Anagrama de Ensayo al filósofo Daniel Gamper por Las mejores palabras, que se acaba de publicar. A Gamper le debo la escritura de mi “Autobiografía brasileñista”, y consideré emblemático que participara con una entrevista a Rüdiger Safranski en un librito de este muy importante para mí: Sobre el tiempo (Katz/CCCB). Tiene otras entrevistas en la misma colección a Zygmunt Bauman, Judith Butler, John Gray o Martha C. Nussbaum, ha traducido a pensadores como Friedrich Nietzsche, Max Scheler o Jürgen Habermas, y ha publicado en Trotta La fe en la ciudad secular.

Las mejores palabras es un libro elegante, civilizado (civilizatorio) sobre el ejercicio de la libre expresión y sus implicaciones existenciales, morales y políticas. Es suave y al mismo tiempo contundente, como el autor anuncia en la primera página: “Entiendo este texto como una especie de cascanueces que debe combinar la fuerza con cierta delicada habilidad para lograr sacar el fruto sin herirlo”. Su manera sutil de proceder me ha recordado el aserto de Nietzsche: “Los grandes pensamientos avanzan con pasos de paloma”. Los veintitrés ensayitos que componen el libro van avanzando así en su abordaje del tema, sumando facetas que se van completando, y en ocasiones tensionando, en sus reflexiones sobre la búsqueda (y recepción) de “las mejores palabras”; reflexiones que incluyen las interferencias del contexto ruidoso y de “las peores palabras” que se les oponen.

Sobre esto último Gamper, apoyándose en John Stuart Mill, dice algo que me ha parecido lo más estimulante del libro, y que en cierto modo lo vertebra. Más que el concepto de “libertad de expresión”, que pone su acento en el sujeto que se expresa, prefiere el de “palabra libre” o “discurso libre”, que implica a los oyentes, o a la sociedad en su conjunto: “Lo que se protege, a fin de cuentas, no es el derecho a hablar sino el derecho a escuchar. Se protegen las palabras y sus consecuencias y no a los hablantes o sus opiniones. Se protege, en definitiva, el intercambio a lo largo del cual se acaban discerniendo las mejores palabras”. Lo cual implica, entre otras cosas, “que sea obligación de los oyentes exponerse a la manifestación de las ideas que más detestan”.

Sirva solo como avance de este libro que recomiendo y que incluye además consideraciones sobre la verdad y la mentira, la conversación, la comunidad, la autenticidad, la lengua del Tercer Reich, la represión, la censura, la educación, la política, la democracia, las instituciones, la lengua común, la libertad, el silencio, la risa, las redes sociales, el periodismo, el miedo, la tortura, el amor, la calidez de los mamíferos y hasta una defensa aristotélica del botellón.

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