Tocqueville, sociólogo, ya alertó en 1840: «Los hombres que solo buscan la felicidad en su propia dicha son los más infelices de todos»
El autor consideraba que el egoísmo es un vicio antiguo, universal y reconocible

Un hombre en un acantilado | ©Pexels
Hay diagnósticos que llegan demasiado pronto para ser escuchados y demasiado tarde para ser ignorados. El de Alexis de Tocqueville sobre la felicidad y el individualismo pertenece a esa categoría. Lo formuló en 1840, cuando la democracia liberal era aún un experimento joven y frágil. Y lo hizo con una precisión que incomoda precisamente porque no ha envejecido. Quien se repliega sobre sí mismo en busca de bienestar, argumentaba, no solo no lo encuentra: acaba siendo, paradójicamente, el más desdichado de los hombres. La felicidad, en su esquema, no es un asunto privado. Es, fundamentalmente, un proyecto compartido.
Lo notable de Tocqueville es que esta conclusión no la extrajo de la filosofía clásica ni de la teología, sino de la observación directa. Pasó nueve meses recorriendo los Estados Unidos en 1831 –oficialmente para estudiar el sistema penitenciario americano, en realidad para entender cómo funcionaba la democracia en la práctica– y lo que vio le provocó una mezcla de admiración y alarma. Admiración por la vitalidad cívica, por la proliferación de asociaciones voluntarias, por la energía colectiva de aquella sociedad joven. Alarma ante una tendencia que ya entonces despuntaba y que consideraba el mayor peligro de las democracias modernas: la retirada del individuo hacia su esfera privada. Sobre todo porque el individuo estaba convencido de que ahí, y solo ahí, reside la felicidad, que Tocqueville sabía imposible encontrar en soledad.
Un aristócrata en el país de la igualdad
Alexis de Tocqueville nació en París en 1805 en el seno de una familia de la vieja nobleza francesa profundamente marcada por la Revolución. Varios de sus parientes habían sido guillotinados. Al punto de que su bisabuelo materno, el magistrado Malesherbes, había defendido a Luis XVI ante la Convención y pagado con su vida ese acto de lealtad. Tocqueville creció con esa historia encima como una losa y como una lección. Consideraba los órdenes sociales que parecen eternos pueden derrumbarse en cuestión de años, y quien no es capaz de leer los cambios de su tiempo acaba aplastado por ellos. Otros autores, además, creen que «la felicidad en las relaciones no depende de la ausencia de conflicto».
Estudió Derecho en París, ejerció brevemente como magistrado y a los veintiséis años convenció a su amigo Gustave de Beaumont para embarcarse juntos hacia América. El viaje fue el acontecimiento central de su vida intelectual. Lo que Tocqueville encontró al otro lado del Atlántico no era el paraíso democrático que algunos imaginaban desde Europa, pero tampoco el caos que otros temían. Era algo más complejo e instructivo: una sociedad que había resuelto el problema de la igualdad formal pero que ya generaba sus propias tensiones internas, sus propias formas de servidumbre disfrazadas de libertad. De esa tensión nació La democracia en América, cuyo segundo volumen –publicado en 1840– contiene su reflexión más profunda sobre la felicidad, el individualismo y sus límites. Algo de lo que hemos hablado de manera recurrente en THE OBJECTIVE.
Cuando la igualdad se convierte en soledad

El segundo volumen de La democracia en América es el lugar donde Tocqueville se aleja del análisis institucional. Ahí, de hecho, entra de lleno en la psicología social. Lo que le preocupaba no era la tiranía política –que las democracias tienen mecanismos para frenar– sino algo más difuso y más difícil de combatir: la tiranía del repliegue. En las sociedades democráticas, observaba, la igualdad de condiciones tiende a romper los vínculos que en las sociedades aristocráticas unían a los individuos por encima de sus intereses inmediatos. Sin esos vínculos, el individuo queda flotando en un espacio social vacío, convencido de que puede y debe bastarse a sí mismo. Y en ese espacio vacío, la felicidad según Tocqueville describía, como genuina resulta inalcanzable.
La distinción que establecía entre egoísmo e individualismo es, en este punto, crucial. El egoísmo es un vicio antiguo, universal y reconocible. El individualismo, en cambio, es un fenómeno moderno y democrático: un repliegue tranquilo y aparentemente razonable del ciudadano hacia su familia cercana y sus intereses privados, convencido de que con eso es suficiente. No hay en él mala fe ni crueldad. Hay algo más peligroso: indiferencia. Y esa indiferencia, sostenida en el tiempo, produce exactamente lo que Tocqueville alertó: «Los que solo buscan la felicidad en su propia dicha son los más infelices de los hombres». No porque sean egoístas en sentido moral, sino porque han cortado las raíces de las que se nutre cualquier bienestar sostenible. No es buenismo, es franqueza. Igual que la que mostraba Thoreau al afirmar que «seríamos felices si viviéramos siempre en el presente».
Lo que Tocqueville vería hoy en nuestras pantallas

Aplicar el pensamiento de Tocqueville al presente no requiere ningún esfuerzo de abstracción. Basta con observar el paisaje social contemporáneo con sus mismos ojos. Comunidades virtuales que simulan vínculos sin generarlos, burbujas de opinión que refuerzan las convicciones propias sin exponerlas a la fricción del desacuerdo real, métricas de popularidad que convierten la validación ajena en sustituto del reconocimiento genuino… Todo eso habría resultado familiar a Tocqueville, aunque las herramientas sean nuevas. El mecanismo es el mismo que describió en 1840: la ilusión de conexión como coartada para el aislamiento real.
El diagnóstico sobre la felicidad que Tocqueville formuló cobra, en ese contexto, una urgencia renovada. Las democracias contemporáneas han perfeccionado la oferta de bienestar privado –comodidad material, entretenimiento a la carta, servicios personalizados– hasta un nivel que el siglo XIX no podía imaginar. Y sin embargo los indicadores de soledad, de desconexión social y de malestar psicológico no dejan de crecer en los países más ricos del mundo. La paradoja no habría sorprendido a Tocqueville. La habría reconocido como la consecuencia lógica de confundir el confort individual con la felicidad colectiva.
