Aung San Suu Kyi, nobel de la paz, sobre la generosidad: «La felicidad que busco no es solo para mí; si fuera solo para mí no tendría valor»
Activista y escritora, la birmana es más que un referente social, sino una prueba viviente de resistencia activa

Una mujer en playa. | ©Pexels
Puede que el nombre de la activista Aung San Suu Kyi no resuene tanto en nuestro imaginario colectivo como sí lo hace el premio Nobel de la Paz, pero durante la década de los noventa su figura, erguida contra la dictadura militar que gobernaba Birmania, su país, fue un auténtico tótem.
Un tótem, en cierto modo, de penurias personales acumuladas. Hija de un general asesinado –cuando ella contaba con apenas dos años– y con una historia fuera de Birmania a sus espaldas, Suu Kyi hizo su vida casi por completo en Reino Unido desde los años sesenta, donde se casaría con el académico Michael Aris. Sin embargo, todo se trastocaría en 1988.
Suu Kyi volvió a Birmania para cuidar a su madre, pero lo hizo en el momento más crudo de la represión militar, con miles de manifestantes muertos en las calles. Allí permanecería durante años bajo arresto domiciliario, con una condición impuesta por la junta militar que regía el país: si decidía marcharse de Birmania, se libraría de los cargos.
No lo hizo, evidentemente. Nobel de la Paz en 1991, Suu Kyi vería en 1999 cómo su marido moría sin poder despedirse de él, aunque la penitencia era previa. Por eso, aunque la biografía de Suu Kyi tiene algunos pasajes controvertidos, dejó mensajes sobre una felicidad que no conviene olvidar.
El valor de la felicidad compartida
Resulta bastante complicado ponerse en la piel de Suu Kyi. Su trayectoria vital podría decirse que no invita al optimismo ni, mucho menos, a una felicidad plena. Aun así, cuando pudo dar su discurso de aceptación del Nobel en el año 2012, mostró una inmensa gratitud. No solo personal y no solo hacia el pueblo birmano, sino como un mensaje de concordia compartida.
De hecho, fue en esa proclama en Oslo cuando su visión de la felicidad cobró más fuerza, al pedir «unirse para intentar crear un mundo pacífico en el que podamos dormir seguros y despertar felices». Lejos de la literalidad de otros pensadores, algunos con un premio Nobel a sus espaldas, la visión de Suu Kyi se centra más en la vivencia que en la filosofía.
A pesar de su notable formación académica en Oxford, quedarse con Suu Kyi como pensadora sería hacer un flaco favor a su figura. Como líder y activista, la realidad de Suu Kyi queda bien asentada sobre lo que podríamos considerar un mito orteguiano: «Yo soy yo y mis circunstancias».

Suu Kyi hablaba de una felicidad global, no personal. Tampoco la circunscribía a Birmania, sino que pretendía que sus palabras resonasen más allá. Por eso, su apelación a que «la felicidad que busco no es solo para mí; si fuera solo para mí, no tendría valor», aunque sea una paráfrasis, es perfectamente enmarcable en ese discurso.
Aplicable a Birmania… Y aplicable al mundo

Lo que Suu Kyi dijo en Oslo no se puede limitar a una ciudad, región, pueblo o nación. Desde allí pedía que «nuestro pueblo, simplemente, quiere vivir con dignidad y en paz». No era una petición menor, aunque insistió en que «el concepto birmano de paz puede explicarse como la felicidad que surge de cesar los factores que atentan contra la armonía y la salud».
La insistencia de Suu Kyi está muy lejos de pedir una felicidad personal. Evidentemente, esta forma de ver la vida está muy influida por su perspectiva budista de la sociedad, pero es imposible permanecer ajeno a algo así. El autor francés Victor Hugo dijo, más de un siglo antes, que para alcanzar la felicidad «es necesario que los demás también lo sean».
Lo social es, lógicamente, un eje vertebrador de la felicidad. ¿Se puede permanecer ajeno al sufrimiento de otros? Suu Kyi consideraba tal realidad un imposible. Otros pensadores, como Alexis de Tocqueville, habían ido más lejos en el pasado y opinaron que «los hombres que solo buscan la felicidad en su propia dicha son los más infelices de todos».
Es curioso, además, que en sus alocuciones Suu Kyi advirtiera de algo que nos puede parecer raro en sociedades desarrolladas y en paz: una calma adquirida. Pensar en algo tan aparentemente normal como estar «libres de necesidad y libres del miedo», como como dijo. al dar el discurso del premio Sájarov en 2013, quizá sea extraño. Premio, por cierto, que recogió 23 años después de que le fuera concedido. Exactamente por el mismo motivo que no recibió in situ su Nobel en 1991.
Convertir la necesidad en virtud
Aceptar y adaptar el mensaje de Suu Kyi es fácil. Sobre todo porque no necesitamos pasar las mismas penurias que pasó ella para comprender que la felicidad, si es compartida, es más generosa. Si bien es cierto que su trayectoria está forjada en un auténtico sinvivir, su realidad se comprende de manera muy sencilla. Ese «nosotros» es mucho más fuerte que un simple «yo».

Suu Kyi podría haber renunciado a su país y a combatir la dictadura militar. Podría haber tomado un camino personal más asequible: marcharse de allí y seguir viviendo una vida cómoda en Reino Unido. Puede que esa sea la gran pregunta que debamos hacernos al pensar en su mensaje: ¿seríamos capaces de lo mismo?
No hace falta, sin embargo, llegar a ese extremo. Podemos ir a elementos mucho más cotidianos de ayuda y servicio, de fatigas compartidas y de utilidad para quienes nos rodean. No hay que pretender salvar el mundo con cada uno de nuestros gestos. La vida no siempre nos pone –por suerte– ese tipo de pruebas. Aun así, comprender que los vínculos sociales, la pertenencia a un grupo y tener un propósito vital, tal y como apuntaba Viktor Frankl, son las mejores herramientas para lograr esa felicidad cotidiana.
