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El lazo amarillo y las putas de Sevilla

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

En las sociedades abiertas es difícil encontrar símbolos que nos unan a todos, por eso es mejor pecar por defecto que por exceso de ellos en el espacio público. Una de las pruebas más fehacientes de que el nacionalismo suele tender hacia el totalitarismo es lo que ha pasado en Cataluña con el lazo amarillo.

Los totalitarismos siempre intentan hacer creer que sus símbolos son integradores porque representan buenas intenciones. Del lazo amarillo se ha hecho proselitismo. Se han escrito incluso libros para convencer a los pobres agnósticos, a quienes todavía no se les ha revelado la verdad, de que es un símbolo de solidaridad. Un símbolo no independentista, sino de los que creen en los derechos humanos. De las buenas personas.

Pero el lazo amarillo es solo un identificador tribal más, que pretende señalar —por omisión— al que no lo lleva. En el libro No somos fachas, somos españoles, de la amiga Emilia Landaluce, aparece una anécdota que refleja cómo muchos símbolos están hechos para dividir a la sociedad. En 1553 se quiso regular que las prostitutas de Sevilla llevaran una “especie de mantilla azafranada con un imperdible de color amarillo” para identificarlas. Era una costumbre que ya se había impuesto en Venecia y otras partes de Europa para señalar a aquellas mujeres que consideraban de vida poco decorosa.

Muchas sevillanas de “probada honestidad” —prosigue Landaluce— decidieron mostrar su apoyo a las prostitutas poniéndose ellas también ese símbolo excluyente. El objetivo era diluir la insignia para que las inquisidoras de la moralidad no pudieran distinguir a las putas de las esposas sevillanas. Fue un ejercicio de humanismo, de universalidad. Lo exacto opuesto al lazo tribal.

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